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El Imperio en Norteamérica: La extensa descubierta de Hernando de Soto

 

Nacido en Jerez de los Caballeros (o en la actual localidad de Villanueva de Barcarrota), provincia de Badajoz ambas, el año 1500, Hernando de Soto mostró siempre una inamovible determinación en sus proyectos, por adversos que se evidenciaran, por estériles en cuanto a la consecución de fortuna material. El biógrafo Luis Villanueva y Cañedo describe a Hernando de Soto en su publicación de 1929 como un personaje tan grande como Hernán Cortés y tan valiente como Francisco Pizarro. Es el protagonista de una de las mayores exploraciones del territorio de los actuales Estados Unidos de Norteamérica, también plagada de dificultades, que acabó por costarle la vida en la población de Guachoya a orillas del río Mississippi, que él descubrió y temerariamente cruzó.

 

El inicio de la aventura americana de Hernando de Soto tiene lugar en las conquistas de Panamá y Nicaragua, al integrarse en la expedición de Pedro Arias (Pedrarias) Dávila de 1514; en ella, a las órdenes de Gaspar de Espinosa y Hernández de Córdoba ganó fama como baquiano (experto o versado en algo como rutas) y amasó fortuna. Después, en 1530, se ofreció a Francisco Pizarro para conquistar Perú, y participó en la captura de Atahualpa, el año 1532; luego regresó a Panamá con fray Tomás de Berrlanga, y a España en 1537 con riquezas. También estuvo en Honduras.

    Casó con Isabel de Bobadilla, la hija de Pedrarias, época por la que fue informado de que Cabeza de Vaca había aparecido tras permanecer ocho años en cautiverio y perdido por el sur norteamericano. Enseguida obtuvo de la Corona una capitulación (concierto, pacto) en la que se le nombraba Gobernador de Cuba y Adelantado de Florida. De Sanlúcar de Barrameda, el 6 de abril de 1538, a Cuba. Y a no tardar, en la isla, juntó un buen número de solicitantes a seguirle donde fuera, embarcando en ocho navíos, dos bergantines y una carabela, para acabar recorriendo territorios de los actuales estados Norteamericanos de Florida, Georgia, Carolina del Sur y Carolina del Norte, Tennessee, Alabama, Arkansas, Misisipi (Mississippi), Luisiana y Texas.

 

Hernando de Soto

Imagen de www.floridamemory.com

 

La gran exploración

Con fecha 18 de mayo de 1539 partió de La Habana la expedición de Hernando de Soto. De este puerto a uno en la bahía de Tampa que bautizaron Espíritu Santo, en la península de Florida, donde tras ordenar a sus enviados la vuelta a la isla de Cuba para obtener refuerzos, esperó la llegada de los mismos barcos con seiscientos hombres de armas y doscientos caballos.

    Todo dispuesto para adentrarse hacia los dominios del jefe Paracoxis en el interior cenagoso y lacustre de la península de la Florida. En septiembre llegaron a Ocale, donde se enfrentaron al cacique Vitacucho, tras la ruta pantanosa desde Tampa. Un mes después hollaban las tierras de Apalachee, aposentándose en Ivihaico (cerca de la actual ciudad de Tallahasee, punto final de la expedición de Pánfilo de Narváez), en la última posta de Florida. Aquí decidió Hernando de Soto incorporar al retén que había dejado en Tampa y que por mar el capitán Diego Maldonado explorara la costa; las noticias aportadas por éste permitieron dar hacia el oeste, en la desembocadura del río Alabama, en la bahía de Pensacola, con un buen abrigo en la localidad de Achuse. Este sería el lugar donde seis meses después, según las previsiones del Adelantado Hernando de Soto, se reunirían con ellos los internados hacia el actual territorio de Georgia por él mandados.

    Más zonas pantanosas y proliferación dañina de insectos en el recorrido hasta Ichisi, población alcanzada a finales de marzo de 1540; la siguiente fue Ocute, y en ninguna de las dos hubo problemas con los nativos; al contrario.

    La siguiente posta, cruzado el río Savannah, se situó al norte, en territorio de Carolina del Sur, concretamente la ansiada ciudad de Cofitachequi, gobernada por una mujer. La relación entre la cacica y el adelantado fue amistosa, incluso cordial, y por la información ofrecida por los nativos supieron del paso precedente de la expedición de Lucas de Ayllón, comprobando los restos materiales de la misma.

    Los expedicionarios continuaron travesía en dirección a Carolina del Norte hasta el poblado de Xuala, puerta de los montes Apalaches, también conocidos como Montañas Azules, límite geográfico de la exploración de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Hernando de Soto iba superando etapas y colegas anteriores de exploración.

    Quedaba atravesar la imponente cordillera de los Apalaches por primera vez para los que no eran nativos, y lo consiguieron entre mayo y junio de 1940. Al otro lado recalaron un mes en Chiaha, capital de otro territorio, hoy perteneciente al estado de Tennessee, abundante en perlas.

 

Mapa de las exploraciones de Hernando de Soto y Luis Moscoso.

Imagen de www.historiadelnuevomundo.com

 

El plazo acordado con Diego Maldonado estaba cerca de expirar y la distancia hasta la costera Achuse era inmensa. Por eso Hernando de Soto decidió virar la descubierta hacia el sur. Nuevamente en Georgia, acamparon en Coosa, pero el recibimiento del cacique Tuscaluza fue refractario a las pretensiones de los españoles, lo que motivó una escaramuza y la retención del cacique que los acompañó por la orilla del río homónimo visitando en ruta los poblados de Piachi y Atahachi, ambos en Alabama, hasta divisar la fortaleza de Mabila, en la margen izquierda del río Alabama, que da nombre al actual estado norteamericano.

    Habían llegado a los dominios de los indios choctaw, fieros guerreros y buenos edificadores de poblaciones amuralladas con casas sólidas y torres de vigilancia. Y mientras los españoles derrochaban fatiga y penalidades, los nativos lucían fortaleza y habilidad. Aun así, la aparente inferioridad de unos respecto a los otros no fue óbice para entablar batalla; la más cruenta de las sucedidas en el periplo viajero.

    La estancia en Mabila posterior a la batalla fue con los ánimos desfallecidos. En esas, de la costa llegaron unos nativos con noticias del capitán Maldonado arribado a Achuse, que, probablemente, de poder alcanzar todos los oídos con la certeza de abrigo y comida ahora sí a una distancia relativamente corta, ellos hubieran dado por finalizada la expedición; por lo que Hernando de Soto mandó al traductor Juan Ortiz (superviviente de la expedición de Pánfilo de Narváez, prisionero de los indios en la zona de Tampa) que callara la noticia y seguir viaje hacia el Oeste para invernar en Chicaza, ya en territorio de Mississippi. En esta población los expedicionarios sufrieron otros ataques nativos, bien organizados y efectivos aunque lejos del cuerpo a cuerpo, y lo que era peor, la falta de alimentos y de sal.

    Continuaron la ruta hacia el noroeste, llegando a la población de Quizquiz (o Quiquiz), donde fueron recibidos con miedo pero sin violencia. Allí supo Hernando de Soto que el cacique del territorio vivía a kilómetros de ciénagas y pantanales y cruzado el río que llamaban Padre de las aguas (Chucagua o Misisepe). Este río era el Mississippi, que los españoles bautizaron Río Grande y también Río del Espíritu Santo.

    El río Misisipi, río Grande o Mississippi, tuvo en Álvar Núñez Cabeza de Vaca y, entre otros, a Lope de Oviedo, a los primeros españoles y, por lo tanto, europeos que conocieron su delta "la desembocadura de un gran río", y definieron al río.

    La zona que les acercó al río era quebrada, con barrancos altos de espesa vegetación que impedían tocar la orilla; necesitaron cuatro días de itinerario río arriba para hallar una especie de vado, en lo que hoy es la ciudad de Memphis, pues la profundidad del río en ese punto superaba los veinte metros de fondo, y enfrente, lejos, la orilla opuesta con indios al acecho o ni siquiera divisando la otra orilla.

    Empeñados en atravesarlo construyeron unas rudimentarias piraguas con las que iniciaron la travesía el 8 de junio de 1541. Tras lidiar con las dificultades de la enorme anchura y las terribles corrientes, los españoles prosiguieron viaje hacia el norte hasta la población de Casqui, a orillas de otro río, habitada por indios kaskakias, y en territorio del actual estado de Arkansas; aliándose con los nativos. Todos juntos siguieron hasta Pacaha, cuyo cacique era enemigo de los kaskakias, lo que facilitó la posesión del poblado, una reserva de sal y las abundantes capturas de pesca en los cursos de agua alrededor.

    Satisfechas las necesidades básicas, había que descubrir riquezas para dar sentido a tan prolongada exploración mientras el tiempo acompañara. El nuevo tramo de viaje se dirigió al norte, descubriendo las inmensas praderas y las espectaculares manadas de bisontes, y luego hacia el oeste, cruzando los ríos San Francisco y Negro, hasta llegar a Coligua, población fronteriza entre Oklahoma y Arkansas, lugares de los indios tula y caddoan. Fue el cacique de los tula quien propuso a un fatigado y enfermo Hernando de Soto que los españoles siguieran hacia el sur para invernar. Consejo aceptado.

    Los expedicionarios eligieron la población de Autiamque para mejor soportar el frío y las penalidades en esa época del año y en esos lugares carentes de metales preciosos; aquí falleció Juan de Ortiz, el traductor, y con su muerte dejaba aún más solo a Hernando de Soto, cuya última decisión soñaba fundar una ciudad al otro lado del Río Grande.

    Regresó a Guachoya (hoy Lake City, en Arkansas) para realizar tal propósito, pero era tal su deterioro que convocó a sus leales para que buscaran entre ellos a un sucesor digno de la empresa. Al cabo, bien mayo bien junio de 1542 (pudiera ser el 21 de mayo), Hernando de Soto fallecía a orillas del Río Grande o del Espíritu Santo, y en sus aguas fue sumergido para que cuantos le creían inmortal, como los caddo, tuviera noticia del óbito. El sustituto en el cargo de Hernando de Soto, Luis Moscoso, fue el encargado del sepelio acuático.

 

Mapa de la expedición de Hernando de Soto.

Imagen de www.pueblosoriginarios.com

 

Más de cuatro años después de la partida, los supervivientes del grupo, apenas trescientos, arribaron a Tampico, en México.

    El cronista Inca Garcilaso narró la historia de Hernando de Soto después de su muerte gracias a la versión del ya viejo soldado Gonzalo Silvestre, participante en la extensa descubierta.

 

 

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