Esunmomento.es - Artículos sobre Literatura, Historia, Pensamiento, Arte, Pedagogía, Ciencia,...

esunmomento.es

Estás en... M.R.

Memoria recobrada (1931-1939) XXXV

 

Continuación de las entregas XXXII, XXXIII y XXXIV.

 

El despliegue comunista enviado por Stalin en apoyo de Juan Negrín

Procedente de Moscú, y a la orden de Moscú, como ya se ha indicado en una entrega anterior, llegó a España a mediados del mes de febrero de 1939 el triunvirato comunista integrado por Stepanov (el jefe), Togliatti y Pasionaria. Y ya entre los días 18 y 20 de febrero, probablemente en la madrugada del 20, que es la fecha aportada por Manuel Tagüeña en su libro de memorias Testimonio de dos guerras (que no pocas veces contradice al libro enciclopédico con la versión oficial del comunismo titulado Guerra y revolución en España, firmado por varios autores), viajan de Toulouse al aeródromo de Los Llanos en Albacete, él mismo, Enrique Líster, Mateo Merino, jefes de las Grandes Unidades militares; Enrique Castro, alto dirigente comunista; Manuel López Iglesias, jefe del Estado Mayor; y los comisarios políticos José Fusimaña Fábregas y Luis Delage García; según Tagüeña, el general Juan Modesto Guilloto León, alias Modesto, había regresado a España anteriormente, mientras que Etelvino Vega y Francisco Galán aterrizarían con posterioridad.

    Negrín ya contaba con el respaldo de la mano armada comunista y en presencia.

    Líster se desplazó a Madrid para visitar a los tres jefes de Cuerpo de Ejército comunistas en el Centro, Luis Barceló, Antonio Ortega y Emilio Bueno; eludiendo la visita al cuarto jefe, el anarquista Cipriano Mera; protocolariamente también se presentó al gobernador militar, Toribio Martínez Cabrera, al general José Miaja y al coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro.

    Por su parte, y en paralelo, Antonio Cordón (explicado por él en su libro Trayectoria) visitaba a Negrín, Casado y al comisario superior y hombre de confianza de Negrín Bibiano Fernández Osorio y Tafall; éste, según Cordón, le manifestó que el pesimismo de los generales Matallana y Menéndez era real pero matizado, "aunque no ocultaban la gravedad de la situación, opinaban que la resistencia podía prolongarse durante meses, y que entre tanto podían cambiar favorablemente las condiciones exteriores".

    Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la Aviación del Frente Popular republicano, se entrevistó con Casado para confirmar su opinión de que la resistencia era inútil imprescindible la rendición y desde ella alcanzar una paz trazada por los militares; luego con Miaja, al que encontró "enigmático" (expresado así en su libro Memorias); y por último se desplazó a Elda, "Posición Yuste", para informar a Negrín de cuanto había visto y escuchado.

    Manuel Tagüeña se presentó ante Negrín junto con el resto de llegados para mantener su causa. Puntualiza Tagüeña que Negrín "agradeció que hubiéramos regresado y tuvo para nosotros palabras amables, pero nada concreto nos dijo sobre la forma en que pensaba utilizarnos".

    Al margen de estas reuniones al más alto nivel, se desarrollaban otras en los cuarteles generales, las sedes de los partidos políticos y sindicatos, extendiendo una actividad política agitada e impaciente destinada a situar a cada cual en uno u otro de los bandos enfrentados, ambos conspiradores, prontos a entablar una lucha de aniquilamiento.

 

La cuestión de si el socialista del PSOE Juan Negrín era el adalid de los comunistas en España o, poniendo la oración en pasiva, era el político en España dilecto para el proyecto soviético de conquista y expansión, menudea en ambos bandos, con especial significación en el frentepopulista. Al respecto, el también miembro del PSOE Julián Zugazagoitia se pregunta con sorna y desconcierto, si Negrín servía a los comunistas o se hacía servir de ellos. La respuesta del propio Negrín fue calculadamente ambigua: "Si alguna organización me da lo que pido, esa era la comunista". Como el crédito de Negrín iba en función de los acontecimientos, además de su desmesura y ambición, el hispanista Stanley Payne en La revolución española expone que "pese a que faltan datos exactos, hay indicios de que los comunistas ejercieron una presión extrema sobre el primer ministro para convencerle de que era absolutamente indispensable y advertirle, por otra parte, que, simplemente, no se le dejaría dimitir".

    Dado que Stalin y la Internacional Comunista (la III Internacional o Komintern o Comintern), iniciado el año 1939, habían renunciado a considerar a España un factor esencial en la política soviética de imposición y expansión, los movimientos estratégicos en la Zona Centro suponían, en la versión del anarquista José García Pradas (La traición de Stalin: Cómo terminó la guerra de España) derivaban de la importancia de los documentos, los valores cuantiosos, los dirigentes civiles y militares, comunistas muy destacados, miembros de la G.P.U. (servicios secretos soviéticos), material de guerra recuperable y, sobre todo, aunque lo anterior sea fundamental, al disponer de los resortes de mando se aseguraba los medios de evacuación y ulterior propaganda. El dirigente comunista Enrique Castro Delgado (Hombres made in Moscú), posteriormente convertido en un activo anticomunista, abunda desde su libro en ello: "Hay que organizar la retirada, una retirada lenta y costosa para el enemigo, un retirada que nos dé tiempo a preparar el Partido [Partido Comunista] para su paso a la ilegalidad, una retirada que nos permita dejar organizado el movimiento de guerrillas".

    Los comunistas deseaban continuar en el poder que habían acaparado al inicio de la contienda. Pero la influencia del PC en Madrid, lugar clave por ser la capital de España, era débil y atacada por los antaño aliados políticos y ahora enemigos declarados; y entre la población civil el sentimiento era no sólo de hastío sino también de franca hostilidad, ansiosa de romper con la imposición soviética y declarar a los comunistas enemigos de España y la República.

 

Entrevistas de Segismundo Casado con José Centaño en la "Posición Jaca"

Desde el primero de febrero hubo comunicación diaria entre el Servicio de Información de la zona nacional y Segismundo Casado, con su cuartel general en la "Posición Jaca".

    El día 5, con Manuel Azaña, presidente de la República, en Francia, y establecidas las líneas de coordinación del coronel Casado con el general Bernal, jefe de la Base Naval de Cartagena, el gobernador militar de Madrid Toribio Martínez Cabrera, y los generales en Valencia Miaja y Matallana, se produce una toma de contacto, un preliminar por así calificarlo, entre el teniente coronel José Centaño (de quien Casado había sido alumno) y Segismundo Casado para tratar el tema de la capitulación.

    Los comunistas reactivaron su mecanismo de propaganda y movilización por esas fechas ante el creciente rechazo que provocaba su sectarismo y sus métodos en la población civil de la denominada zona republicana y también en las facciones del Ejército y la Marina que no controlaban a través del comisariado político y de los mandos militares de obediencia soviética. Entre el 8 y el 11 de febrero, los comunistas en Madrid celebraron una conferencia provincial con la asistencia de 355 delegados presididos por Dolores Ibárruri, la Pasionaria; en ella se proclamó la resistencia como eje de actuación pese a la mencionada falta de respaldo social y militar. Tal inconveniente había que conjurarlo por el procedimiento habitual.  

 

Segismundo Casado seguía confundiendo su ficción con la realidad: ni controlaba ni adjudicaba. A medida que pasaban los días y las semanas, desde el bando nacional se desconfiaba de la capacidad de maniobra, y aun la voluntad cierta y demostrable, de Casado para erigirse no sólo como portavoz de la zona republicano-frentepopulista, sino para llevar a cabo una negociación en condiciones aceptables con protagonistas solventes.

    No obstante, y pese a la señalada incredulidad en los nacionales, el gobierno de Burgos encomendó el trato directo con Casado al teniente coronel José Centaño de la Paz, acompañado del también agente del Servicio de Información y Policía Militar (S.I.M.P.) Manuel Guitián. Detalla el historiador militar José Manuel Martínez Bande en Los cien últimos días de la República, que la primera entrevista entre Casado y los dos agentes del S.I.P.M. se celebró en la "Posición Jaca" el día 20 de febrero, y que el anfitrión recibió a sus invitados "con extraordinario afecto" y desatado "en el afán de sincerarse como enemigo implacable de los procedimientos viles seguidos por los directivos soviéticos y masas crueles e injustas que les han seguido". Casado también les refirió con énfasis que él era un liberal, ferviente republicano, adversario acérrimo de Manuel Azaña, Julio Álvarez del Vayo y, por encima de todo, de los comunistas, a los que cubre de dicterios.

    Casado se muestra optimista, más que eso, convencido, de haber recabado el apoyo de los jefes militares en Valencia, Miaja y Matallana, con lo que da por inminente la conclusión deseada de su proyecto; y a partir de ahí, confía en la voluntad de Franco y sus generales por finalizar la guerra con una capitulación honrosa para los que la han logrado, por él dirigidos. Centaño y Guitián, al hilo de esta postura, presentan a Casado las concesiones que contempla el general Franco a los militares que se rindan:

La España Nacional mantiene cuantos ofrecimientos de perdón tiene hechos por medio de proclamas y la radio, y será generosa para cuantos, sin haber cometido crímenes, hayan sido arrastrados engañosamente a la lucha.

Para los que depongan voluntariamente las armas, sin ser culpables de la muerte de sus compañeros ni responsables de otros crímenes, aparte de la gracia de la vida, la benevolencia será tanto mayor cuanto más significados y sean eficientes los servicios que en estos últimos momentos presten a la Causa de España o haya sido menor su intervención y su malicia en la guerra.

Los que rindan las armas, evitando sacrificios estériles, y no sean reos de asesinatos y otros crímenes graves, podrán obtener un salvoconducto que los pondrá fuera de nuestro territorio, gozando entretanto de plena seguridad personal.

Ni el mero servicio en el campo rojo, ni el haber militado simplemente y como afiliado en campos políticos extraños al Movimiento Nacional, son motivos de responsabilidad criminal.

De los delitos cometidos durante el dominio rojo entienden los Tribunales de Justicia.

Las responsabilidades civiles se humanizan en favor de los familiares de los condenados.

La España Nacional ha establecido la redención de las penas por el trabajo, con disfrute de jornal para ayuda a los familiares de los penados.

Nadie será privado de libertad por actividades criminosas más que el tiempo necesario para su corrección y reeducación.

El nuevo régimen asegura el trabajo para todos los españoles sin desentenderse del dolor ajeno.

A los españoles que en el extranjero rectifiquen su vida se les dispensará protección y ayuda.

El retraso en la rendición y la criminal y estéril resistencia a nuestro avance, serán causa de graves responsabilidades que exigiremos en nombre de la sangre inútilmente derramada.

    Estas denominadas condiciones de paz, entusiasman a Segismundo Casado que manifiesta su aprobación explícita y las califica de magníficas.

    Los agentes de la España Nacional apremian a Casado para que detalle su plan de rendición y el plazo de entrega; pero Casado no concreta, menciona su inmediato viaje a Valencia, aproxima la fecha a los quince días y añade: "Comprendo la prisa de ustedes, a mí me sucede lo mismo, para mí un día es un mes".

    A continuación de la entrevista, José Centaño envió un informe destacando la actitud favorable del coronel Casado: "No siente la causa nacionalista, por ello piensa expatriarse cuando se haya liquidado la guerra; pero está dispuesto a servirla porque comprende que es el único camino digno, lógico, humano y español". Un mensaje del S.I.M.P. recibido en Burgos el día 21 de febrero rezaba: "Casado prometió a nuestro agente Centaño para el sábado día 25 Gobierno Besteiro o Militar, que desarrollará plan entregando armamento y municiones de todo el Ejército rojo al nacional y pasando después unidades rojas, sucesivamente, a la Zona Nacional."

 

El día 21, el siguiente a la primera entrevista entre los agentes del S.I.M.P. y el coronel Casado, uno de aquéllos, Manuel Guitián, marchó a Valencia; y a consecuencia de las conclusiones que extrajo del viaje se adelantó al día 22 la segunda entrevista con Casado, que estaba fijada para el 24.

    Casado insistió en que "el comunismo en la zona de mi jurisdicción no constituye ya un peligro". Una afirmación pronto desmentida por los hechos.

    Se le apremia, de nuevo, para que determine con exactitud el plan y los plazos. A lo que Casado anuncia que enviará el 24 a su jefe de Estado mayor para coordinar las acciones en Valencia; aventura que a fin de mes "comenzará la liquidación del asunto".  Y pide encarecidamente que no se de inicio a la ofensiva nacional porque no podrá responder a los desmanes  sangrientos que ocurrirán en Madrid y porque, en ese caso, "el tendrá que actuar como militar republicano que cumple con su deber de tal hasta el último momento". Reitera, finalmente, su solicitud de tiempo y confianza para que no se derrame "una sola gota más de sangre".

    Los agentes remitieron el informe de esta segunda entrevista y una impresión optimista en cuanto a la realización exitosa del plan propuesto por Casado. En Burgos no percibían dicha confianza y seguridad en el mismo, temiendo una ofensiva de comunistas y negrinistas contra las intenciones del coronel Casado, Julián Besteiro y otros que con mayor o menor decisión iban incorporándose.    

     

Fuentes

Ricardo de la Cierva y Hoces, La victoria y el caos. Ed. Fénix

José Manuel Martínez Bande, La lucha por la victoria. Vol. II. Monografías de la Guerra de España n.º 18. Servicio Histórico Militar. El final de la Guerra Civil. Monografías de la Guerra de España n.º 17. Servicio Histórico Militar.

Luis Suárez Fernández, Franco. Crónica de un tiempo. Tomo. I. Ed. Actas

Pío Moa Rodríguez, Los mitos de la guerra civil. Ed. La esfera de los libros.

César Vidal Manzanares, La guerra que ganó Franco. Ed. Planeta.