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La tribulación nacional de Larra

 

Un adagio que por ilustrativo y acusador, como otros que buscando se encuentran, padece severo confinamiento en la inducida ignorancia, tan del agrado al común de los mortales dirigidos y sus dirigentes. Reza lo siguiente: Se es como se piensa.

Variadas y numerosas son las formas léxicas, coloquiales o menos, cultas o a la zaga, menudeando cerca del impulso a escribir, de la firme y consciente intención de comunicar en todas y cada una de sus públicas expresiones. Hay que ser discrecional en la admisión y en el uso; también severo y exclusivista.

No todo cabe ni todo es asumible en el espacio concreto de la inteligencia.

Viene a cuento de se es como se piensa esta apostilla: Para ser hay que pensar.

Quizá más que apostilla, acotación.

Los mecanismos para ejercer el dominio fáctico de una sociedad, entendida como el conjunto de los individuos que la constituyen, sirven eficazmente también para destruir un sistema de valores. A nadie con dos dedos de frente se le escapa u oculta que la supresión de voces, palabras y frases, y la eliminación o adulteración de conceptos, ideas y significados, conduce a la descomposición intelectual del conjunto, primero, a la alienación servil a los promotores, después.

Es una tarea metódica, instrumentalizada desde los ámbitos de poder y difusión, ejercida durante años para conseguir la casi total implantación siempre hay que dar opción estadística a los irreductibles, pero de resultados visibles desde el inicio y contagiosos a nivel de pandemia.

Incidamos en el emético este país caballo de batalla antiguo, que motivó a Mariano José de Larra, con su alias Fígaro, uno de sus característicos artículos, expresión cumbre de la posmodernidad, fusión cultural y cultual cimera del nuevo orden, frase pronunciada de carrerilla y con sonoridad biliosa y engolada, enseña reiterativa del desarraigo, la soberbia, el menosprecio y la cesión incontinente a los ideólogos del relativismo.

Destila acomodo y estulticia titulada la frase validada en palabra: estepaís. Rezuma desprecio y descrédito obvios a lo nacional; probablemente porque es nacional. Nacional suena a Nación, a Nacionales, a España, a español, a Historia de España, a sentimiento nacional, a tradición, a raíz. Asunto, el nacional, que reconcome a los otrora derrotados y siempre enemigos de fuera y dentro, en mayor número dentro, medrando en el interior.

 

Lo apuntado en las líneas precedentes no es caso aparte. Más quisiéramos los españoles ejercientes que nuestros males acabaran en un modismo que, con suerte y mucho empeño, fuera en definitiva pasajero.

Abundan los iletrados (dicho en género neutro) en el gabinete ministerial en este principio del siglo XXI que a punto está de cumplir su primera década y su segundo lustro, y en otras instancias aledañas, dependientes, asimiladas o enrocadas al poder ejecutivo, al omnímodo poder político. Y por ende, como consecuencia, al conjunto de una sociedad a lo que le dicten aquellos que ocupan todos los espacios desde todos los ámbitos.

 

Casi doscientos años antes, en 1833, un artículo titulado En este país, de Mariano José de Larra, denuncia actitudes semejantes a las que hoy confunden y alienan. Lástima que la sociedad española, en el presente que se cuenta, no haya heredado la crítica, el buen juicio, la valentía y el despliegue intelectual del denunciante. He aquí el artículo completo.

 

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buen hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que halagando las pasiones de los partidos han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escenas y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; estas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto patrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

En este país..., esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarlo perfectamente con la frasecilla: ¡cosas de este país!, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce; de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía, ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Este es acaso nuestro estado, y este, a nuestro entender, el origen que la fatuidad en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos, para dar a entender a los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: ¡Cosas de este país!

Solo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el Salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden, de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

Este cuarto está hecho una leonera me dijo. ¿Qué quiere usted? En este país... y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

"Vive Dios dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo a la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champaña."

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio; de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme su desgracia.

Ciertamente le respondí, sonriéndome de su injusticia, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

¡Cosas de España! me repitió.

"Sí, porque en otras partes colocan a los necios", dije yo para mí.

Llevóme en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

Ni uno.

¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo; ¿lo ve usted. En este país no se puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez ediciones.

Ciertamente le contesté yo, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean ni autores necios que se mueran de hambre.

Desengáñese usted; en este país no se lee prosiguió diciendo.

"Y usted que de eso se queja, señor don periquito, usted ¿qué lee? le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos."

¿Lee usted los periódicos? le pregunté, sin embargo.

No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!!!

Es de advertir que don periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

¡No hay limpieza en España exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo.

¡Ah! ¡País de ladrones! vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre.

¡En este país no hay más que miseria! exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro y:

¡Oh, qué horror! decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida. ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

No entremos. ¡Qué cafés los de este país! gritaba.

Se hablaba de viajes.

¡Oh! Dios me libre. ¡En España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país, que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquito que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del hijo pródigo; o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y polacos repartían a navajazos los premios al talento dramático y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o Mambruc, como dice el vulgo) cantando a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y, en fin..., en que...

Pero acabemos este artículo demasiado largo para nuestro propósito; no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, sino la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

En el día es menos que nunca acreedor este país a nuestro desprecio. Hace años que el Gobierno, granjeándose la gratitud de sus súbditos, comunica a muchas ramas de prosperidad cierto impulso benéfico, que ha de completar por fin algún día la grande obra de nuestra regeneración.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarlo; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámoslo capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan maltratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él le damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Mariano José de Larra

Mariano José de Larra

 

 

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