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El intelectualismo de Calderón de la Barca

 

Dramaturgo de temperamento apasionado, madrileño hijo de hidalgo asturiano, Pedro Calderón de la Barca estudió leyes y teología, fue soldado y sacerdote; y es una de las figuras señeras de la literatura española de todos los tiempos.

Su producción abarca, aproximadamente, unas ciento veinte comedias, ochenta autos sacramentales y una veintena de piezas menores.

Su teatro es más de concepto que de personaje, más de pensamiento que de experiencia. Calderón es el máximo virtuoso español del instrumento teatral, es un dramaturgo puro. En su obra sintetiza el dinamismo con la exuberancia y la íntima tensión del barroco.

Cultivó diversos tipos de drama: filosófico, teológico-histórico, popular, de honor marital; la comedia de enredo; la zarzuela en su doble vertiente mágica, la una, mitológica o simbólica, la otra; y los autos sacramentales, sin contar las loas complejas construcciones en miniatura que preceden a algunos de ellos.

El auto sacramental es un drama alegórico que se representaba a las puertas de las catedrales con motivo de la festividad del Corpus Christi. Calderón aborda diversos temas en sus autos sacramentales, correspondiendo a aspectos teológico-antropológicos, evangélicos, marianos, mitológicos, históricos y legendarios, morales, etc. El más conocido de sus autos es El gran teatro del mundo, en el que la vida humana no es sino una comedia representada en ese gran escenario que es el mundo.

En su obra maestra, La vida es sueño, drama filosófico, se aplica al desmenuzamiento de los principios mismos de la naturaleza humana:

Mas sea verdad o sueño

Obrar bien es lo que importa:

Si fuera verdad, por serlo;

Si no, por ganar amigos

Para cuando despertemos.

 

Un apunte de su biografía muestra a Pedro Calderón de la Barca estudiando en el colegio Imperial de los jesuitas a la edad de nueve años; en él curso humanidades y se familiarizó con los poetas clásicos latinos.

    En 1614 se matriculó en la universidad de Alcalá y a no tardar se trasladó a la de Salamanca a estudiar cánones y Derecho. En 1620 abandonó la carrera eclesiástica, a la que parecía predestinado, y volvió a Madrid.

    Vida desenvuelta y de lances siguió a este regreso a su ciudad natal, pero también dio inicio su actividad literaria tomando parte en certámenes poéticos. Escritor, poeta, dramaturgo y soldado en el norte de Italia y en Flandes fue Calderón de la Barca, entregado a cada una de las profesiones en cuerpo y alma, extrayendo de ellas un legado que recogen sus obras.

 

A la Milicia

Ese ejército que ves

vago al yelo y al calor,

la república mejor

y más política es del mundo,

en que nadie espere

que ser preferido pueda

por la nobleza que hereda,

sino por la que él adquiere;

porque aquí a la sangre excede

el lugar que uno se hace

y sin mirar cómo nace

se mira cómo procede.

 

Aquí la necesidad no es infamia;

y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mayor calidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho,

no adorna el vestido al pecho,

que el pecho adorna al vestido;

 

Y así, de modestia llenos,

a los más viejos verás,

tratando de ser lo más,

y de parecer lo menos.

 

Aquí la más principal

hazaña es obedecer,

y el modo cómo ha de ser

es ni pedir ni rehusar.

 

Aquí, en fin, la cortesía,

el buen trato, la verdad,

la fineza, la lealtad,

el honor, la bizarría;

el crédito, la opinión,

la constancia, la paciencia,

la humildad y la obediencia,

fama, honor y vida son,

caudal de pobres soldados;

que en buena o mala fortuna,

la milicia no es más que una

religión de hombres honrados.

 

Pedro Calderón de la Barca

Pedro Calderón de la Barca

 

En 1636 el rey Felipe IV le concedió el hábito de Santiago, cuya investidura tuvo efecto un año después, momento en que pasa al servicio del duque del Infantado y prosigue en tierra española su actividad militar. En 1642, tras continuas campañas, pide su retiro.

    Retomando un destino interrumpido, se ordena sacerdote en 1651 y fue nombrado capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, por lo que se trasladó a la ciudad imperial. En 1633 recibió el nombramiento de capellán de honor de su majestad, retornando a la villa y corte; e ingresó en la congregación de Sacerdotes naturales de Madrid llegando a ser capellán mayor.

    El cambio de monarca no significó una menor estimación regia; Carlos II le otorgó idéntico favor que su padre. Y así hasta la fecha de su muerte, en 1681, habiendo conservado su carácter el gusto por la concentración y la soledad, y el disgusto por las confidencias y murmuraciones.

 

Sinopsis de El alcalde de Zalamea

Drama en tres actos.

En el pueblo de Zalamea de la Serena se alojan unos soldados durante la campaña del duque de Alba contra Portugal, al mando del capitán Lope de Figueroa.

    Pedro Crespo, rico campesino, aloja en su casa al capitán don Álvaro de Ataide, quien se encapricha de Isabel, la bella hija de su anfitrión. Nada conseguirá de ella, vigilada en toda ocasión por su padre y su hermano Juan.

    Cuando los destacamentos parten de Zalamea y con ellos Juan Crespo que se ha alistado en el Ejército, el capitán Álvaro de Ataide, con la complicidad del sargento Rebolledo y de su enamorada Chispa, rapta a Isabel, y después de haber reducido a su padre se la lleva para poseerla. Isabel huye y refiere a su padre su vergüenza. Mientras Pedro Crespo vuelve al pueblo meditando su venganza, el concejo municipal lo ha nombrado alcalde.

    Valiéndose de su nueva autoridad manda arrestar a don Álvaro y a sus secuaces, y cuando éste se halla en su presencia le suplicará que se case con Isabel. Pero ante el desprecio del noble capitán le condena a muerte empuñando la vara de la autoridad municipal.

    Al enterarse don Lope de Figueroa de la condena manifiesta su oposición a que un noble sea juzgado por un plebeyo y, frente a la obstinación del alcalde por llevar a término el proceso, intenta que sus soldados liberen al capitán. Pero Pedro Crespo le presentará a don Álvaro ajusticiado ya en el garrote.

    Para resolver el conflicto de autoridad tomará cartas el propio rey Felipe II, quien se decanta por dar la razón a agraviado padre, al que, además, nombra alcalde perpetuo de Zalamea.

 

 

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