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Reinado de Felipe II: La pedagogía del humanista Juan Huarte de San Juan

 

Humanista y médico del siglo XVI, Juan Huarte de San Juan es autor de una obra didáctica en la que destaca su Examen de ingenios para la ciencia, que recogió gran éxito nacional e internacional.

La obra, más bien tratado, es precursora de tres ciencias, ampliamente desarrolladas y valoradas posteriormente: la psicología diferencial, la orientación profesional y la eugenesia. De igual modo aportando campo con incipiente destreza a la Neurología, la Pedagogía, la Antropología, la Patología y la Sociología. En este tratado Juan Huarte se propuso mejorar la sociedad seleccionando la instrucción adecuada a cada persona según las aptitudes físicas e intelectuales derivadas de la constitución física y neurológica específicas de cada una, tomando en consideración los lugares de residencia y los hábitos de conducta alimentaria y social.

He aquí las primeras páginas de la edición de 1884.

 

Examen de ingenios para la ciencia

Advertencia preliminar de los editores

Es achaque de los españoles, dicen, no haber sabido nunca encarecer el propio mérito, ignorantes del arte de ponerlo a clara luz y en alto pedestal, donde todos lo vean, que importa tanto como poseerlo.

Mientras otras naciones, particularmente Francia, hicieron de cada una de sus glorias símbolo y compendio de las ajenas, y elevan a la categoría de maestros de la humanidad a sus hombres ilustres, aquí los olvidamos lastimosamente y hasta nos admira luego hallar sus nombres en libros extranjeros, tratados con la justicia que merecen. Allí se publican, incluso de los autores medianos, estudios, biografías, memorias y aun sus cartas; aquí sólo conocemos de los mejores o los más famosos (que no siempre es lo mismo) las obras más leídas.

A nuestros inventores o primeros padres de una idea o hipótesis, que tomó luego carta de naturaleza en los dominios dela verdad, no sólo les alcanza este olvido sino que con frecuencia su invento pasa a otro país, y allí se engalana con su paternidad el primer ocupante y lo muestra al mundo. Para ello le basta encaramarse al proscenio de su nación, donde, como está más alto,, cualquier idea nueva se hace más visible y parece mayor. Este es el principal prestigio que comunica al éxito el arte de saber exhibirlo y que concede a sus hijos la mayor grandeza y notoriedad de una nación.

¿Qué duda tiene que hoy un descubrimiento hecho por un alemán será más sonado y más prontamente encarecido que si se hiciera en España? Si algún día gozamos de esta ventaja la verdad es que hoy la hemos perdido, y aun es dudoso que la hayamos aprovechado nunca gracias a nuestra natural negligencia.

 

El Examen de ingenios para las ciencias, del Dr. D. Juan Huarte, famoso fisiólogo español del siglo XVI, sugirió, al decir de algunos, los elementales principios del sistema del célebre Gall, fundador de la frenología moderna, y por tanto fue nuestro autor de los primeros que, anticipándose algunos siglos a los modernos fisiólogos, pretendieron basar en el íntimo consorcio de lo físico con lo moral el conocimiento de lo físico con lo moral, el conocimiento de las aptitudes morales e intelectuales de los individuos. El mismo Gall cita a Huarte en su Craneoscopia, y no obstante, mientras en todas las naciones es conocido el ilustre doctor alemán, pocos serán los que hayan oído hablar del español.

Los estudios fisiológicos aplicados a la psicología, aunque tan antiguos como la misma observación del hombre, han tomado asombroso desarrollo en nuestros tiempos; grandes e ilustres nombres se hallan inscritos en los mojones del camino que conduce paso a paso al conocimiento de nuestra naturaleza: ¿se halla en alguno de ellos el de Huarte? Y, sin embargo, su mérito fue mucho mayor que el de los sabios contemporáneos nuestros, puesto que el doctor español disponía de un caudal de observaciones muchísimo menor y de una ciencia casi rudimentaria, de modo que debió construir el edificio con sólo el esfuerzo de su poderosa inventiva y con materiales de propia cantera.

Es indudable que estas condiciones rebajan por una parte el valor científico de su obra en nuestros días, como no puede menos de ser, pero en cambio la adornan por otra con mayores atractivos literarios, que son los que principalmente nos mueven a publicarla en nuestra BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA. La ciencia no parece en este libro ni árida y cejijunta ni ajustada al rigor de sus preceptos, sino que se permite amenas excursiones por los dominios de la hipótesis y la paradoja, acompañada del sutil ingenio del autor y de su viva imaginación, que da cuerpo y color a agudísimas observaciones, y con sólo su fuerza poderosa construye todo un sistema que puede derribar la crítica pero que admira por su incomparable belleza.

La materia, además, es interesantísima, puesto que se trata de averiguar por las señales del temperamento y la complexión física de los individuos su aptitud intelectual y la educación y el ejercicio que más les convienen, y hasta hallar entre las ruinas del sistema algunas e innegables verdades, aparte del encanto del estilo, para que merezca el libro el respeto y estudio de los contemporáneos.

Daniel Cortezo y C.ª, editores, 1884

* * *

A la Majestd del Rey nuestro señor D. Felipe II
Proemio

 

Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la república, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una ley.

Que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sólo aquel arte para el que tenía talento natural y dejase los demás.

Dice Platón en De Legibus: "Nemo aerarius simul et lignarius faber fit: duas enim artes, aut studia duo, diligenter exercere humana natura non potest."

Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase; y porque no errase en elegir la que a su natural estaba mejor, había de haber diputados en la república, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía y no dejarlo a su elección. De lo cual resultaría en los estados y señoríos de vuestra Majestad haber los mayores artífices del mundo y las obras de mayor perfección, no más de por juntar el arte con naturaleza.

Esto mismo quisiera yo que hicieran las academias de estos renos, que pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas ciencias ha menester, porque si no, fuera del daño que éste tal hará después en la república usando su mal arte mal sabido, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología, y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina, y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte.

El estudiante que aprende la ciencia que no viene bien con su ingenio se hace esclavo de ella. Y así dice Platón en su Diálogo del justo: "Non decet liberum hominem cum servitute disciplinam aliquam discere; quippe ingentes corporis labores vi suscepti, nihilo deterius hábeas aficint; nulla vero animae violenta disciplina establis est."

Pero ninguno ha dicho con distinción y claridad qué naturaleza es la que hace al hombre hábil para una ciencia y para otra incapaz; ni cuántas diferencias de ingenio se hallan en la especie humana; ni qué artes y ciencias corresponden a cada uno en particular; ni con qué señales se había de conocer qué era lo que más importaba. Estas cuatro cosas (aunque parecen imposibles) contienen la materia sobre la que se ha de tratar, fuera de otras muchas que se tocan a propósito de esta doctrina, con intento que los padres curiosos tengan arte y manera para descubrir el ingenio a sus hijos, y sepan aplicar a cada uno la ciencia en que más ha de aprovechar; "que es un aviso que Galeno cuenta haberle dado un demonio a su padre, al cual le aconsejó, estando durmiendo, que hiciese estudiar a su hijo medicina porque para esta ciencia tenía ingenio único y singular"; de lo cual entenderá vuestra Majestad cuánto importa a la república que haya en ella esta elección y examen de ingenios para las ciencias, pues de estudiar Galeno medicina resultó tanta salud a los enfermos de su tiempo y para los venideros dejó tantos remedios escritos.

Y si como Baldo (aquel ilustre varón en derecho) estudió medicina, y la usó, pasara adelante con ella, fuera un médico vulgar (como ya realmente lo era) por faltarle la diferencia de ingenio que esta ciencia ha menester, y las leyes perdieran una de las mayores habilidades de hombre que para su declaración se podía hallar.

Cicerón sentencia en lib. I. Offic.: "Qui igitur ad nature suae non vitiosae genus consilium vivendi omne contulerit; id constantiam teneat; id máxime decet, nisi forte se errase intellexerit in diluyendo genere vitae."

Queriendo, pues, reducir a arte esta nueva manera de filosofar y probarla en algunos ingenios, luego me ocurrió el de vuestra Majestad, por ser más notorio, de quien todo el mundo se admira, viendo un príncipe de tanto saber y prudencia, del cual aquí no se puede tratar sin hacer fealdad en la obra. El penúltimo capítulo dónde se declara a qué diferencia de habilidad pertenece el arte militar y con qué señales se ha de conocer el hombre que alcanzare esta manera de ingenio es su conveniente lugar, donde su Majestad verá la manera de su ingenio y el arte y letras con que había de aprovechar la república, si como es rey y señor nuestro por naturaleza fuera un hombre particular. Vale.

* * *

Proemio al lector

Cuando Platón quería enseñar alguna doctrina grave, sutil y apartada de la vulgar opinión, escogía de sus discípulos los que a él le parecían de más delicado ingenio y a sólo estos decía su parecer, sabiendo por experiencia que enseñar cosas delicadas a hombres de bajo entendimiento era gastar el tiempo en vano, quebrarse la cabeza y echarse a perder la doctrina. "La misma elección hacía Cristo, nuestro Redentor, entre sus discípulos, cuando quería enseñarles alguna doctrina muy alta. Como pareció en la transfiguración, que eligió a san Pedro, a san Juan y a Santiago. La razón por qué a éstos y no a los otros él lo sabía."

Lo segundo que hacía Platón, después de la elección, era prevenirlos con algunos presupuestos claros y verdaderos y que no estuviesen lejos de la conclusión, porque los dichos y sentencias que de improviso se publican contra lo que el vulgo tiene persuadido no sirven de más, al principio (no haciéndose tal prevención), que alborotar al auditorio y enojarle; de manera que viene a perder la pía afección y aborrecer la doctrina.

Esta manera de proceder quisiera yo poder guardar contigo, curioso lector, si hubiera forma para poderte primero tratar y descubrir a mis solas el talento de tu ingenio porque si fuera tal cual convenía a esta doctrina, apartándote de los ingenios comunes, en secreto te dijera sentencias tan nuevas y particulares cuales jamás pensaste que podían caer en la imaginación de los hombres. Pero como no se puede hacer, habiendo de salir en público para todos esta obra, no es posible dejar de alborotarte, porque si tu ingenio es de los comunes y vulgares bien sé que estás persuadido que el número de las ciencias y su perfección ha muchos días que por los antiguos está ya cumplido, movido con una vana razón que pues ellos no hallaron más que decir, argumento es que no hay otra novedad en las cosas; y si por ventura tienes tal opinión no pases de aquí ni leas más adelante, porque te dará pena ver probado cuán miserable diferencia de ingenio te cupo. Pero si eres discreto, bien compuesto y sufrido, decirte he tres conclusiones muy verdaderas, aunque por su novedad son dignas de grande admiración.

La primera es que de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sólo una te puede, con eminencia, caber, si no es que naturaleza, como muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos o tres, o por más no poder te dejó estulto y privado de todas.

La segunda, que a cada diferencia de ingenio le corresponde, en eminencia, sólo una ciencia no más; de tal condición, que si no aciertas a elegir la que corresponde a tu habilidad natural tendrás de las otras gran remisión aunque trabajes días y noches.

La tercera, que después de haber entendido cuál es la ciencia que a tu ingenio más le corresponde, te queda otra dificultad mayor por averiguar, y es si tu habilidad es más acomodada a la práctica que a la teórica, porque estas dos partes (en cualquier género de letras que sea) son tan opuestas entre sí y piden tan diferentes ingenios que la una a la otra se remiten como si fuesen verdaderos contrarios.

Duras sentencias son (yo lo confieso), pero otra cosa tiene de más dificultad y aspereza, que de ellas no hay a quién apelar ni poder decir de agravios, porque siendo Dios el autor de naturaleza y viendo que esta no da a cada hombre más que una diferencia de ingenio (como atrás dije), por la oposición o dificultad que de juntarlas hay, se acomoda con ella, y de las ciencias que gratuitamente reparte entre los hombres por maravilla da más que una en grado eminente.

Este repartimiento de ciencias yo no dudo que lo hace Dios, teniendo cuenta con el ingenio y natural disposición de cada uno; y pensar que estas ciencias sobrenaturales no piden ciertas disposiciones en el sujeto antes que se infundan es error muy grande. Para Aristóteles, lib. II, De anima. Eccles., 17: "La razón de esto es que las ciencias sobrenaturales se han de sujetar en el ánimo racional, y el ánima está sujeta al temperamento y compostura del cuerpo como forma sustancial." Porque cuando Dios formó a Adán y Eva, es cierto que primero los llenase de sabiduría, les organizó el cerebro de tal manera que la pudiesen recibir con sabiduría y fuese cómodo instrumento para con ella poder discurrir y raciocinar.

Y así dice la divina Escritura: "Et cor dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos." Y que según la diferencia de ingenio que cada uno tiene se infunda una ciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas es cosa que se deja entender en el mismo ejemplo de nuestros primeros padres.

En las sustancias angélicas hallaremos también la misma cuenta y razón; porque para dar Dios a un ángel más grados de gloria y más subidos dones, le da primero más delicada naturaleza; y preguntando a los teólogos de qué sirve esta naturaleza tan delicada, dicen que en el ángel que tiene más subido entendimiento y mejor natural se convierte con más facilidad a Dios y usa del don con más eficacia, y que lo mismo acontece en los hombres. De aquí se infiere claramente que pues hay elección de ingenios para las ciencias sobrenaturales, y que no cualquiera diferencia de habilidades es cómodo instrumento para ellas, que las letras humanas con más razón le pedirán pues la han de aprender los hombres con las fuerzas del ingenio. Saber, pues, distinguir y conocer estas diferencias naturales del ingenio humano y aplicar con arte a cada una la ciencia en que más ha de aprovechar es el intento de esta mi obra.

Si saliere con él (como lo tengo propuesto) daremos a Dios la gloria de ello, pues de su mano viene lo bueno y acertado; y si no, bien sabes, discreto lector, que es imposible inventar un arte y poderla perfeccionar, porque son tan largas y espaciosas las ciencias humanas que no basta la vida de un hombre a hallarlas y darles la perfección que han de tener. Harto hace el primer inventor en apuntar algunos principios notables, para que los que después sucedieren con esta simiente tengan ocasión de ensanchar el arte y ponerla en la cuenta y razón que es necesaria. Aludiendo a esto Aristóteles, dice que los errores de los que primero comenzaron a filosofar se han de tener en gran veneración, porque como sea tan dificultoso el inventar cosas nuevas y tan fácil añadir a lo que ya está dicho y tratado, las faltas del primero no merecen, pro esta razón, ser muy reprendidas ni al que añade se le debe mucha alabanza.

Yo bien confieso que esta mi obra no se puede escapar de algunos errores por ser la materia tan delicada y donde no había camino abierto para poderla tratar. Pero si fuesen en materia donde el entendimiento tiene lugar de opinar, en tal cosa te ruego, ingenioso lector, antes que des tu decreto, leas primero toda la obra y averigües cuál es la manera de tu ingenio, y si en ella hallares alguna cosa que a tu parecer no esté bien dicha, mira con cuidado las razones que contra ella más fuerza te hacen; y si no las supieres soltar, torna a leer el capítulo XIII donde se prueba que la teoría de la teología pertenece al entendimiento y el predicar, que es su práctica, a la imaginativa, que en él hallarás la respuesta que puede tener. Vale.

 

Una duda me ha traído fatigado el ingenio muchos días ha, pensando, curioso lector, que su respuesta era muy oculta al juicio y sentido de los hombres. Lo había siempre disimulado, hasta que ya (molestado de ocurrirme tantas veces a la imaginación) propuse en mí de saber su razón natural, aunque me costase cualquier trabajo. Y es de dónde puede nacer que siendo todos los hombres de una especie indivisible y las potencias del alma racional, memoria, entendimiento y voluntad, de igual perfección en todos, y lo que más aumenta la dificultad es que siendo el entendimiento potencia espiritual y apartada de los órganos del cuerpo, con todo eso vemos por experiencia que si mil hombres se juntan para juzgar y dar su parecer sobre una misma dificultad, cada uno hace juicio diferente y particular, sin concertarse con los demás, por donde se dijo:

Mille hominum species et rerum discolor usus

Velle suum cuique est, nec voto vivitur uno.

Ningún filósofo antiguo ni moderno, que yo haya visto, ha tocado esta dificultad, asombrados, a mi ver, de su gran oscuridad, aunque todos los veo querellosos del vario juicio y apetito de los hombres, por donde me fue forzado echar el discurso a volar y aprovecharme de la invención, como en otras dificultades mayores que no han tenido primer movedor. Y discurriendo hallé por mi cuenta que en la compostura particular de hombres hay una causa natural, que involuntariamente los inclinaba a diversos pareceres, y que no es odio ni pasión ni ser los hombres detractores y amigos de contradecir (como piensan los que escriben cartas nuncupatorias a sus Mecenas, pidiéndoles contra ellos ayuda y favor); pero cuál fuese esta causa en particular y de qué principios pueda nacer aquí estuvo el dolor y trabajo. Para lo cual es de saber que fue antigua opinión de algunos médicos graves que todos los hombres que vivimos en regiones destempladas estamos actualmente enfermos y con alguna lesión, aunque por habernos engendrado y por haber nacido con ella, y no haber gozado de otra mejor templanza, no lo sentimos.

Pero advirtiendo en las obras depravadas que hacen nuestras potencias, y en los descontentos que cada hora pasan por nosotros, sin saber de qué ni por qué, hallaremos claramente que no hay hombre que pueda decir con verdad que vive sin achaque ni dolor. Todos los médicos afirman que la perfecta salud del hombre estriba en una conmoderación de las cuatro calidades primeras, donde el calor no excede a la frialdad, ni la humedad a la sequedad, de la cual declinando es imposible que pueda hacer tan bien sus obras como antes solía. Y está la razón clara: porque si con la perfecta temperatura hace el hombre sus obras con perfección, forzosamente con la destemplanza, que es su contrario, las ha de hacer con alguna falta y lesión; pero para conservar aquella perfecta sanidad es necesario que los cielos influyan siempre en unas mismas calidades y que no haya invierno, estío ni otoño, y que el hombre no discurra por tantas edades y que los movimientos del cuerpo y del alma sean siempre uniformes; el velar y dormir, las comidas y bebidas, todo templado y correspondiente a la conservación de esta buena temperatura. Todo lo cual es caso imposible así al arte de medicina como a naturaleza: sólo Dios lo pudo hacer con Adán, poniéndolo en el paraíso terrenal y dándole a comer del árbol de la vida, cuya propiedad era conservar al hombre en el punto perfecto de sanidad en que fue criado.

Pero viviendo los hombres en regiones destempladas, sujetas a tantas mudanzas de aire al invierno, estío y otoño, y pasando por tantas edades cada una de su temperatura, y comiendo unos manjares fríos y otros calientes, forzosamente se ha de destemplar el hombre y perder cada hora la buena templanza de las primeras calidades; delo cual es evidente argumento ver que todos cuantos hombres se engendran nacen unos flemáticos y otros sanguíneos, unos coléricos, otros melancólicos y por gran maravilla uno templado, y a este no le dará la buena temperatura un momento sin alterarse. A estos médicos reprende Galeno en su De sanitante, libro I, diciendo que hablan con mucho rigor porque la sanidad de los hombres no consiste en un punto indivisible sino que tiene anchura y latitud, y que las primeras calidades pueden declinar del perfecto temperamento sin caer luego en enfermedad.

Los flemáticos se apartan notablemente por frialdad y humedad, y los coléricos por calor y sequedad, y los melancólicos por frialdad y sequedad, y todos viven salvos y sin achaque de dolor, y aunque es verdad que estos no hacen tan perfectas obras como los templados pero pasan con ellas sin notable lesión y sin llamar al médico que se las corrija. Por la cual razón, el arte de medicina los guarda y conserva como disposiciones naturales, aunque con esto confiesa Galeno que son destemplanzas viciosas y que se han de tratar como si fueran enfermedades, aplicando a cada una sus calidades contrarias, para reducirlas si fuese posible a la perfecta sanidad donde no hay dolores ni achaques. De lo cual es evidente argumento ver que nunca naturaleza con sus irritaciones y apetitos trata de conservar el destemplado con causas semejantes, sino siempre procura reducirlo con contrarios, como si estuviese enfermo, y así vemos que el colérico aborrece el estío y se huelga con el invierno, el vino le abrasa y con el agua se amansa. Que es lo que dijo Hipócrates: Calidade naturae, qui est aquae potus et refrigeratio.

Pero para el fin que hoy pretendo, impertinente es que estas templanzas sean enfermedades, como dijeron aquellos médicos antiguos, o sanidades imperfectas como confiesa Galeno, porque de la una y de la otra opinión se infiere claramente lo que yo quiero probar, y es que por razón de las destemplanzas que los hombres padecen, y por no tener entera su composición natural, están inclinados a gustos y apetitos contrarios, no solamente en la irascible y concupiscible, pero también en la parte racional. Lo cual se ve claramente discurriendo por todas las facultades que gobiernan al hombre destemplado: el que es colérico, según las potencias naturales, desea alimentos fríos y húmedos, y el flemático alientes y secos. El colérico, según la potencia generativa, se pierde por mujeres y el flemático las aborrece; el colérico según la irascible adora en la honra, en la vanagloria imperio y mando y ser a todos superior, y el flemático estima más hartarse de dormir que todos los señoríos del mundo. Y donde se echa de ver también los varios apetitos de los hombres es entre los mismos coléricos, flemáticos, sanguíneos y melancólicos, por razón de las muchas diferencias que ya hay de cólera, flema y melancolía. Pero para que más claro se entienda que las varias destemplanzas y enfermedades que los hombres padecen, es la causa total de hacer varios juicios (en lo que toca a la parte racional) será bien poner ejemplo de las potencias exteriores, porque lo que fuere de ellas será también de las interiores.

Todos los filósofos naturales convienen en que las potencias con que se han de hacer algún conocimiento han de estar sanas y limpias delas calidades del objeto que han de conocer, so pena que harán juicios varios y todos falsos. Finjamos, pues, cuatro hombres enfermos en la compostura de la potencia visiva, y que el uno tenga en el humor cristalino una gota de sangre empapada y otro de cólera y otro de flema y otro de melancolía: si a éstos (no sabiendo ellos de su enfermedad) les pusiésemos delante un pedazo de paño azul para que juzgasen del color verdadero que tenía, es cierto que el primero diría que era colorado y el segundo amarillo y el tercero blanco y el cuarto negro. Y todos lo jurarían y se reirían unos de otros como que erraban en cosa tan manifiesta y notoria. Y si estas cuatro gotas de humores las pasásemos a la lengua y les diésemos a beber un jarro de agua, el uno diría que era dulce, el otro amarga, el otro salada y el otro ácida. Veis aquí cuatro juicios diferentes en dos potencias, por razón de tener cada una su enfermedad, y ninguna atinó a la verdad.

La misma razón y proporción tienen las potencias interiores con sus objetos, y si no pasemos aquellos cuatro humores en mayor cantidad al cerebro, de manera que lo inflamen, y veremos mil diferencias de locuras y disparates, por donde se dijo: cada loco con su tema. Los que no llegan a tanta enfermedad parece que están en su juicio y que dicen y hacen cosas convenientes, pero realmente disparatan sino que no se echa de ver por la mansedumbre con la que algunos proceden. Los médicos de ninguna señal se aprovechan tanto para conocer y entender si un hombre está sano o enfermo como mirarle a las obras que hace, y si éstas son buenas y sanas es cierto que tiene salud, y si lesas y dañadas infaliblemente está enfermo.

En este argumento se fundó aquel gran filósofo Demócrito Abderita, cuando le probo a Hipócrates que el hombre desde que nace hasta que se muere no es otra cosa más que una perpetua enfermedad, según las obras racionales. Hipócrates aceptó la sentencia y la trasladó a su amigo Damageto. Hipócrates siguió visitando y aprendiendo de Demócrito Abderita que contaba sobre los varios apetitos de los hombres y las locuras que hacen y dicen por razón de estar todos enfermos. Y concluyendo le dijo que este mundo no era más que una casa de locos representada para hacer reír a los hombres. Alegaba Hipócrates ante ello que si los hombres fuéramos todos templados y viviéramos en regiones templadas y usáramos de alimentos templados, todos, aunque no siempre, pero por la mayor parte, tuviéramos unos mismos conceptos, unos mismos apetitos y antojos.

Y si alguno tomara la mano a razonar y dar su parecer en alguna dificultad, todos, de la misma manera, casi a una mano, lo firmarán de su nombre, pero viviendo como vivimos en regiones destempladas y con tantos desórdenes en el comer y beber, con tantas pasiones y cuidados del alma y tan continuas alteraciones del cielo, no es posible dejar de estar enfermos o por lo menos destemplados; y como no enfermamos todos con un mismo género de enfermedad, no seguimos comúnmente todos una misma opinión ni tenemos comúnmente un mismo apetito y antojo, sino cada uno el suyo conforme a la destemplanza que padece.

Con esta filosofía viene muy bien aquella parábola de san Lucas, que dice: Homo quidam descendebat ab Ierusalem in Ierico, et incidit in latrones qui etiam despoliaverunt eum et plagis impositis abierunt semivivo relicto. La cual declaran algunos doctores diciendo que aquel hombre así llagado representa la naturaleza humana después del pecado; porque antes lo había Dios creado perfectísimo en la compostura y temperamento que naturalmente se debía a su especie, y le había dado muchas gracias y dones sobrenaturales para mayor perfección suya; especialmente le dio la justicia original, con la cual alcanzó el hombre toda la salud y concierto que en su compostura se podía desear. Y así la llamó san Agustín sanitas naturae, porque de ella resultaba la armonía y concierto del hombre, sujetando la porción inferior a la superior y la superior a Dios.

Todo lo cual perdió en el punto que pecó; porque luego le despojaron de lo gratuito y en lo natural quedó herido y llagado. Y si no, miremos a sus descendientes cómo están y qué obras hacen, y se entenderá claramente que no pueden proceder sino de hombres enfermos y llagados, a lo menos de su libre albedrío está determinado que después del pecado quedó medio muerto, sin las fuerzas que solía tener; porque en pecando Adán, luego lo echaron del paraíso terrenal (lugar templadísimo), y lo privaron del árbol de la vida y de los demás amparos que había para conservarle su buena compostura; la vida que comenzó a tener fue de mucho trabajo, durmiendo por los suelos al frío, al sereno y al calor; la región donde habitaba era destemplada y las bebidas y comidas contrarias a su salud; él andaría descalzo y mal vestido, sudando y trabajando para ganar de comer, sin casa ni abrigo, vagando de región en región; un hombre que se había criado en tanto contento y regalo con tal vida forzosamente había de enfermar y destemplarse, y así no le quedó órgano ni instrumento corporal que no estuviese destemplado, sin poder obrar con la suavidad que antes solía, y con tal destemplanza conoció a su mujer y engendró tan mal hombre como Caín, de tan mal ingenio, malicioso, soberbio, duro, áspero, desvergonzado, envidioso, indevoto y mal acondicionado.

Y así comenzó a comunicar a sus descendientes esta mala salud y desorden; porque la enfermedad que tienen los padres al tiempo de engendrar, esa misma, dicen los médicos, sacan sus hijos después de nacidos; pero una dificultad grande se ofrece en esta doctrina y pide no cualquiera solución, y es: si todos los hombres estamos enfermos y destemplados, como lo hemos probado, y de cada destemplanza nace juicio particular, ¿qué remedios tendremos para conocer cuál dice la verdad de tantos como opinan? Porque si aquellos cuatro hombres erraron en el juicio y conocimiento que hicieron del paño azul, por tener cada uno su enfermedad particular en la vista, lo mismo podría acontecer en otros cuatro si cada uno tuviese su particular destemplanza en el cerebro, y así quedaría la verdad ocultada o ninguno la alcanzaría por estar todos enfermos y destemplados.

A esto se responde: que la sabiduría humana es incierta y caduca por la razón que hemos dicho; pero fuera de esto, es de saber que nunca acontece enfermedad en el hombre que debilitando una potencia por razón de ella, no se fortifique la contraria o la que pide contrario temperamento, como si el cerebro templado se destemplase por humedad es cierto que crecería la memoria y faltaría el entendimiento, como adelante probaremos; y si por sequedad subiría el entendimiento y bajaría la memoria; y así en las obras tocantes al entendimiento mucho más sabría un hombre de seco cerebro que uno muy sano y templado, y en las obras de la memoria mucho más alcanza un destemplado por humedad que el hombre más templado del mundo; porque, según opinión de los médicos, en muchas obras exceden los destemplados a los templados. Por donde dijo Platón, en su Sentent, que por maravilla se halla hombre de muy subido ingenio que no pique algo en manía (que es una destemplanza caliente y seca del cerebro).

De manera que hay destemplanza y enfermedad determinada para cierto género de sabiduría y repugnante para las demás, y así es necesario que el hombre sepa qué enfermedad es la suya y qué destemplanza y a qué ciencia corresponde en particular (que es el tema de este libro); porque con ésta alcanzará la verdad y con las demás hará juicios disparatados.

Los hombres templados (como adelante probaremos) tienen capacidad para todas las ciencias, con cierta mediocridad, sin aventajarse mucho en ellas; pero los destemplados, para una y no más, a la cual si se dan con certidumbre y la estudian con diligencia y cuidado, harán maravillas en ella, y si la yerran sabrán muy poquito en las demás. De lo cual es evidente argumento ver por las historias que cada ciencia se inventó en la región destemplada que le cupo, acomodada a su invención.

Si Adán y todos sus descendientes vivieran en el paraíso terrenal, de ninguna arte mecánica ni ciencia (de las que agora se leen en las escuelas) tuviera necesidad, ni hasta el día de hoy se hubiera inventado ni puesto en práctica; porque andando desnudos y descalzos no eran necesarios sastres, calceteros, zapateros, cardadores, tejedores, carpinteros ni domificadores, porque en el paraíso terrenal no había de llover ni correr aires fríos ni calientes de que se hubieran de guardar. También no hubiera esta teología escolástica y positiva, a lo menos tan extendida como agora tenemos; porque no pecando Adán no naciera Jesucristo, de cuya encarnación, muerte y vida, y el pecado original, y del reparo que tuvo, está compuesta esta facultad. Menos hubiera jurispericia; porque para el justo no son necesarias leyes ni derecho; todas las cosas fueron comunes y no hubiera mío ni tuyo, que es la ocasión de los pleitos y del reñir. La medicina fuera ciencia impertinente porque los hombres fueran inmortales, no sujetos a corrupción ni alteración que les causara enfermedad, comieran todos de aquel árbol de la vida cuya propiedad era repartirles siempre mejor húmedo radical que antes tenían.

En pecando Adán, luego tuvieron principio práctico todas las artes y ciencias que hemos dicho; porque todas fueron menester para remediar su miseria y necesidad. La primera que comenzó en el paraíso terrenal fue la jurisprudencia, donde se sustanció un proceso por el mismo orden judicial que agora tenemos, citando la parte y poniéndole su acusación, y respondiendo el reo, con la sentencia y condenación del juez. La segunda fue la teología; porque cuando dijo Dios a la serpiente: et ipsa conteret caput tuum, entendió Adán, como hombre que tenía el entendimiento lleno de ciencias infusas, que para su remedio el Verbo divino había de encarnar en el vientre virginal de una mujer, y que ésta, con su buen parto, había de poner debajo de un pie al demonio con todo su imperio; en la cual fe y creencia se salvó. Tras la teología salió luego el arte militar, porque en el camino por donde Adán iba a comer del árbol de la vida fabricó Dios un presidio, donde puso un querubín armado para que le impidiese el paso. Tras el arte militar salió luego la medicina; porque en pecando Adán se hizo mortal y corruptible, sujeto a mil enfermedades y dolores.

Todas estas ciencias y artes tuvieron su principio práctico aquí, y después se perfeccionaron y aumentaron cada una en la región destemplada que le cupo, naciendo en ella hombres de ingenio y habilidad acomodada a su invención.

Y así concluyo, curioso lector, confesando llanamente que yo estoy enfermo y destemplado y que tú lo podrás estar también, pues nací en tal región, y que nos pudiera acontecer lo que a aquellos cuatro hombres que siendo el paño azul, el uno juró que era colorado, y el otro blanco, el otro amarillo, y el otro negro, y ninguno acertó por la lesión particular que cada uno tenía en su vista.

 

Juan Huarte de San Juan

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