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Victoria de los Tercios en Groningen y Jemmingen

 

El 10 de mayo de 1567, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba, embarcó en Cartagena con su ejército de 10.500 hombres (8.800 a pie y 1.250 a caballo) para dirigirse a Flandes por la ruta de Italia.

    Llegó la expedición militar a Bruselas el 22 de agosto, siendo recibida con fría hostilidad.

    El 25 de junio de 1568, partió de Bruselas camino de Malinas el duque de Alba. Un mes antes, las tropas españolas habían sufrido una derrota en las cercanías de Groninga, pese a que los hombres del Tercio de Cerdeña se batieron valerosamente y el conde de Arembergh, a las órdenes del monarca español, Felipe II, dio muerte a Adolfo de Nassau, un cabecilla de los rebeldes.

    Llegó a Groninga el duque de Alba, territorio de Frisia, el 15 de julio. Tras un breve reconocimiento decidió atacar el campamento enemigo al día siguiente, alcanzando la victoria que supuso 8 bajas propias frente a más de 300 rebeldes. Al cabo, mientras se aparejaban puentes e barcas para que pasara el ejército español, el de los rebeldes se retiraba en busca de acomodo y defensa.

    El relato de los hechos sigue y complementa los estudios de los historiadores Juan Giménez Martín y Julio Albi de la Cuesta.

 

En Groningen y Jemmingen, los españoles del duque de Alba literalmente aplastan a las tropas aliadas de Luis de Nassau, aun siendo la mitad que sus enemigos.

    En Groningen, Luis de Nassau ocupaba una posición fuerte, con buena disposición defensiva entre otros puntos por un canal que cruzaban dos puentes; en un flanco de la posición se situaba una casa que había sido fortificada. Alba destaca cuatrocientos arcabuceros españoles, montados en carros para agilizar la maniobra; al cabo, manda al coronel Gaspar de Robles que con doscientos arcabuceros tome la casa. Lograba la misión, Robles pide refuerzos para explotar el éxito, a lo que atiende Alba enviando doscientos arcabuceros españoles del Tercio de Cerdeña, con un capitán al frente.

    El enemigo cede ante la presión de la fuerza atacante; ocasión que aprovecha Alba para lanzar otros cuatrocientos arcabuceros con cuarenta caballos, también españoles, del Tercio de Nápoles, guiados por cinco capitanes. La artillería rebelde es ineficaz ante el veloz asalto y aunque prenden fuego a uno de los puentes, los españoles lo atraviesan "quemándose las babas y vestidos". El enemigo se da a la fuga y entonces también son los jinetes, asidos a las crines de sus caballos para atravesar la corriente de agua, quienes los persiguen. Nada puede oponerse a la destreza y arrojo de los españoles, que acompasan las cargas de caballería con certeras de arcabuz. El resultado es que Nassau pierde trescientos hombres y Alba diez, ganando la posición.

 

En las cercanías de Jemmingen se hizo fuerte el ejército de Luis de Nassau, con aproximadamente 12.000 efectivos. Este ejército numeroso ha sido emplazado en una península, rodeada por los ríos Ems y Dollard. Como en episodio precedente, planean hacerse fuertes con la ayuda de la apertura de los diques, pretendiendo anegar los caminos de aproximación. No obstante, y pese a la intención de Nassau, las tropas de Alba se anticipan a la ejecución apareciendo a las ocho de la mañana del 21 de julio, y una oportuna carga de 30 jinetes fuerza al enemigo a retirarse de la esclusa antes de que hubiera penetrado demasiada agua.

    El duque reconoce el terreno dos veces con un pequeño destacamento. Decidido en su plan de acción, reanuda el avance de su ejército: dos maestres de campo con trece capitanes al frente de quinientos arcabuceros y trescientos mosqueteros, más otros quinientos arcabuceros españoles reforzados con treinta particulares (tropa selecta), al mando directo del duque de Alba; los Tercios participantes son: de Lombardía, Sicilia, Nápoles y Cerdeña. Cierran el despliegue en vanguardia dos compañías de jinetes. A continuación marchan tres escuadrones: uno de españoles, otro de valones y el tercero de alemanes.

    La vanguardia ataca tomando al enemigo cinco piezas de artillería. Nassau cree que no hay más tropas españolas que las vistas, por lo que ataca para hacer mella en el grueso y yerra; mandó a 4.000 hombres a recuperar el puente sobre la esclusa, creyendo que era la única forma de frenar a los españoles que seguían avanzando incluso con el agua a las rodillas. Llegaron los arcabuceros rebeldes a la altura del puente a la par que los soldados del duque se aprestaron a su defensa. Resistieron los españoles hasta que acudió el refuerzo de la arcabucería y entonces cargaron contra los rebeldes poniéndolos en fuga.

    Este refuerzo estaba mandado por don Sancho de Londoño y por Julián Romero, que siguieron a los rebeldes en su huida hasta que la artillería enemiga los tuvo a su alcance. Aguantaron la posición, enviando tres mensajes al duque de Alba, que con el grueso del ejército venía por otro camino, solicitando el envío de piqueros para resistir una posible contraofensiva enemiga. Pero los refuerzos fueron negados, porque el duque maniobraba estratégicamente para, incitando al enemigo en el envite a la avanzadilla, envolverlo y derrotarlo.

    La crónica de Bernardino de Mendoza, Comentarios de las guerras de los Países Bajos, en su libro III, capítulo VII, recoge lo siguiente: "Haciéndose fuertes en el puente [los españoles] y apeándose en él los capitanes Marcos de Toledo, don Diego Enríquez y don Hernando de Añasco y ocho caballeros que allí se hallaron y quince arcabuceros de a caballo de la compañía de Montero, lo defendieron más de media hora bien arriesgadamente peleando con los enemigos, que cargaron todo aquel tiempo con terrible furia e ímpetu, disparando tan gran golpe de arcabucería sobre ellos, que la mayor seguridad que se tuvo de no recibir mucho daño fue la de ser tan pocos los que defendían el paso, porque los golpes de las pelotas se sentían batir apresuradamente en dos casas que había a nuestras espaldas."

    Luis de Nassau atacó, dando validez a la estratagema del duque de Alba. Cuando sus hombres habían avanzado poco más de trescientos pasos, los disparos de los españoles les obligaron a retroceder.

    Describe el hecho Bernardino de Mendoza en su citada crónica, libro III, capítulo XIII: "El capitán don Lope de Figueroa, que no perdió la ocasión, a quien tocaba aquel día ir con los mosqueteros de su Tercio de vanguardia, cerró con pocos soldados resolutísimamente y con grande determinación con los enemigos por el mismo camino donde estaban sus cinco piezas de artillería, ganándoselas y los dos revellines que a los lados tenían con arcabucería para la guarda de ellas. Con don Lope de Figueroa cerraron los treinta caballos de caballeros y personas particulares, siguiéndoles la demás arcabucería, con tanto ímpetu, que no se dio lugar a otra cosa a los enemigos más que a huir, sin hacer rostro, volviendo las espaldas, dejando mucha parte de ellos las picas, arcabuces y otras armas al ponerse en huida, haciendo lo mismo su caballería."

        Los holandeses pliegan y es el turno definitivo para Alba que culmina el asalto.

    A resultas del asalto se produjo una matanza, que prosiguió la jornada siguiente. Nassau perdió más de siete mil combatientes, veinte de sus veinticuatro banderas y dieciséis cañones. Alba contó ocho muertos.

    Fue tal la victoria que, leguas abajo, podía adivinarse quienes habían ganado por la cantidad de sombreros alemanes que flotaban en el río, pues el pánico les hizo sobrecargar las barcas en las que intentaban escapar. Pero Luis de Nassau escapó, cambiando su traje para no ser reconocido y nadando por el río.

    La victoria de Alba fue celebrada públicamente en Roma con procesiones durante tres días.

    Poco después, cumplidos los homenajes, el duque de Alba ordenó a Alonso de Ulloa el asedio del castillo de Hulst, el cual tomó casi de inmediato. Y tras poner en orden los asuntos de gobierno de la provincia de Frisia, el duque partió hacia Utrech.

 

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba.

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba.

 

 

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