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1 de julio de 1898 en las Lomas de San Juan, Canosa y El Caney

 

Las guerras de Cuba y Filipinas ofrecieron grandes ejemplos de valor, aunque al final el resultado en una y otra fue la derrota. Nuestro ejército mal armado y entrenado, en exceso distante de la metrópoli, con unos mandos y una oficialidad capaces, pero con soldados de leva, no obstante aguerridos y en no pocas ocasiones temerarios. El conjunto militar carecía de la debida estructura y dotación para mantener las posesiones patrias en aquellos lugares, por otra parte últimas joyas de la otrora inmensa y opulenta corona. Pese a los imponderables, se derrochó valor, honestidad e inteligencia en las acciones que jalonaron ambas contiendas.

 

Monumento a los soldados y marinos muertos en las campañas de Cuba y Filipinas.

Monumento en honor a los soldados y marinos muertos en las campañas de Cuba Y Filipinas, erigido en 1913 en el madrileño Parque del Oeste.

Imagen de El Mundo Militar y de ICHM

 

Este artículo trata de la guerra en Cuba en su etapa final de 1898, contra el ejército de los Estados Unidos y la considerable suma de rebeldes cubanos en alianza. Sirva de ilustración a lo expuesto, e imperecedero motivo de orgullo nacional, las batallas de la Colina de San Juan, o Lomas de San Juan, y El Caney.

 

Mapa de El Caney y la colina de San Juan.

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El Caney

La pequeña localidad de El Caney está situada aproximadamente a siete kilómetros de Santiago de Cuba, a través de la cual pasa el Camino Real de Santiago a Guantánamo, y a unos tres kilómetros al este sobresale una línea de colinas denominada Lomas de San Juan. Alrededor de El Caney se establecieron posiciones defensivas ordenadas por el general Arsenio Linares y Pombo, jefe de la guarnición española en la capital cubana, donde se atrincheraron tres compañías del Regimiento de la Constitución, una guerrilla a pie, un destacamento del Regimiento Cuba y otro de movilizados, protegidos por dos piezas de artillería de montaña Plasencia, de 8 cm; para un total de 550 hombres, ejército regular y paisanos movilizados, al mando del general Joaquín Vara de Rey y Rubio.

 

Trincheras en El Caney.

Trincheras en El Caney

Imagen de es.wikipedia.org

 

Frente a los efectivos españoles se situaba la División del general Henry H. Lawton estadounidense al completo, más la artillería divisionaria.

    Poco después de amanecer el 1 de julio de 1898, avanzaron hacia las posiciones de El Caney las brigadas de los coroneles Ludlow y Chafee, cada una con dos regimientos desplegados en vanguardia y otro en reserva, presto a intervenir si fuera necesario reforzar el ataque; aproximadamente 3.950 soldados en primera oleada. A la expectativa quedaron las otras dos brigadas de la División: las de los coroneles Miles y Bates. El total de los efectivos estadounidenses era de 6.653 hombres.

    Las trincheras situadas en las alturas que dominan El Caney eran de difícil observación, por haberse empleado la técnica de esparcir la tierra hacia atrás en vez de constituir parapeto, llamada "Carlista". Complemento de las trincheras eran de cuatro a seis blocaos (el blocao es un fortín de madera transportable), una iglesia de piedra a la que se habían practicado aspilleras, y un pequeño fuerte en la loma de El Viso, a 450 metros en dirección Sureste.

 

Fuerte de El Viso, en El Caney.

Fuerte de El Viso.

Imagen de www.spanamwar.com

 

Comienza el asalto al amanecer. La infantería estadounidense se lanza impetuosa en pos de los defensores. Pero no consiguen vencer la resistencia. Ordena Lawson la entrada en línea de la reserva, y aunque los atacantes llegaron a coronar las alturas de inmediato fueron rechazados; el resto de la tropa movilizada se refugió en el bosque próximo negándose a continuar avanzando sobre ese terreno arduamente defendido.

    Lawson recurrió a la brigada Miles, con sus 1.457 hombres, y prosiguió el ataque a las 12 horas. Y como el anterior, también frenado a cincuenta metros de los blocaos.

    A todo eso, el general  mayor William Rufus Shafter, al mando de la invasión de la isla, esperaba la confirmación de la toma de El Caney para liberar hombres en su objetivo de conquistar Santiago, previo la toma de las colinas de San Juan; otra acción fallida en los días anteriores. Como no eran buenas las noticias para su causa, pidió a Lawton que cejara en su intento de doblegar la resistencia de la guarnición española y se incorporara a la toma de las colinas, o al menos que le cediera una brigada. Pero Lawton, empecinado en su propia guerra, furibundo por no poder doblegar a tan exiguos efectivos, ordenó a la brigada Bates, unos 1.100 hombres, que se uniera al ataque entre las tropas de Miles. Eran las trece horas.

    Pero los españoles aguantaron a base de coraje y descargas voceadas por los oficiales, maximizando los 150 cartuchos de fusil por soldado.

    Hasta que a las 16 y treinta horas, los numerosos restos de las cuatro brigadas, apoyados por las piezas de artillería en constante actividad, coronaron las codiciadas alturas defendidas por un batallón incompleto; aunque la resistencia no decayó.

    El general Vara de Rey, aun herido en las dos piernas y habiendo visto morir a sus dos hijos en las trincheras, siguió dirigiendo la lucha que se encaminó a las calles de El Caney.

 

Joaquín Vara de Rey y Rubio.

Joaquín Vara de Rey y Rubio

Imagen de ICHM

 

Los españoles llevaban ocho horas luchando contra ese enemigo mejor armado, mucho mejor apoyado y muy superior en número, con las municiones en trance de agotarse y ya batidos desde posiciones dominantes, pues El Viso, con sus escasos defensores, había sucumbido a las 15 horas ante la embestida de las tropas del coronel Chafee y la falta de munición, pero sobre todo ante la inapelable eficacia del fuego artillero.

    Más cañonazos y concatenación de asaltos para empujar a los españoles en pie hacia las calles del poblado. Peleando bravamente oficiales y tropa, la última herida que acertó en la cabeza del general Vara de Rey, en todo momento alentando a la tropa desde la extrema vanguardia, más una descarga simultánea que acabó con la vida de sus camilleros y de su hermano, el capitán Antonio Vara de Rey, precipitó el final para la heroica guarnición. Eran las 17 horas. Casi doce horas de continuo sacrificio.

    Con un centenar de hombres todavía útiles, el teniente coronel Puñet, por una senda que ignoraba el enemigo, logró llegar a Santiago para reforzar aquella guarnición. Otros españoles que pudieron escapar, regresaron a las líneas propias o fueron capturados por los insurrectos cubanos en el camino a Santiago.

    La obstinada resistencia de El Caney demoró el avance hacia la Loma de San Juan por parte del ejército invasor.

 

 

La iglesia de El Caney.

La iglesia de El Caney tras la batalla.

Imagen de www.fotosmilitares.org

 

La actuación de los españoles mereció el más encendido elogio por parte de los militares de Estados Unidos.

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 Reconocimientos

 

De los norteamericanos

Si el general Vara de Rey hubiera tenido fuerzas de reserva o recibido refuerzos (cuando Lawton recibió la orden de cesar el asalto, que incumplió), tomando la ofensiva hubiera obtenido la victoria.

 

El valor de los españoles fue magnífico. Mientras las granadas estallaban sobre la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable héroe Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras estaban llenas de muertos y heridos, pero, con una determinación y un valor más allá de todo elogio resistieron los ataques y, durante ocho horas, mantuvieron a raya más de diez veces su número de tropas tan valientes como nunca recorrieron un campo de batalla.

 

De observadores neutrales

Crónica del capitán Wester, agregado militar a la legación de Suecia y Noruega en Washington, testigo presencial de los hechos.

 

El 1 de julio, al punto del día, la división Lawton comienza su movimiento de avance hacia El Caney. La confianza reina en el campo americano, donde el único temor consiste en que el enemigo se escape sin combatir. Pero en El Caney, como se verá, están muy lejos de pensar así.

     Las casas del pueblo han sido aspilleradas, se han abierto trincheras en un terreno pedregoso y el fuego de unas y de otras es rasante sobre un espacio de 600 a 1.200 metros: en la punta Nordeste de la posición, el fuerte de El Viso, guarnecido con una compañía, ocupa una colina desde la cual se dominan todos los aproches.

    Los americanos se proponían envolver la posición española, para lo cual la Brigada Chafee se dirigió desde el Noroeste hasta El Viso; la de Ludlow, desde el Sudoeste hacia la desembocadura del camino que une El Caney con Santiago, mientras que una batería se colocó en posición al este del pueblo, y la Brigada Miles ocupa al sur Ducoureau, formando el ala izquierda.

    Hacia las seis de la mañana comenzó el fuego de las trincheras españolas. De improviso se descubre sobre ellas una línea de sombreros de paja. Inmediatamente el ruido de una descarga, seguido de la desaparición de los sombreros; esta operación se repite cada minuto, observándose una gran regularidad y la acción de una voluntad firme, lo que no deja de producir una profunda impresión en la línea de exploradores americanos. Las balas cruzan el aire, rasando el suelo, hiriendo y matando.

    Poco tiempo después toda la Brigada Chafee se encontró desplegada, pero sin poder avanzar un paso, y la de Lodlow se vio también detenida.

    Mientras el fuego de la Infantería aumenta progresivamente, la batería americana comienza a disparar. Como los españoles no cuentan en El Caney con un solo cañón, el fuego puede hacerse con la misma tranquilidad que en un campo de maniobras; las piezas pueden hacer daño sin peligro alguno de recibirlo.

    A los pocos momentos las granadas estallan por encima de las trincheras, alcanzaban las casas del pueblo y perforaban los muros de El Viso, proyectando los cañones su lluvia de plomo sobre la posición; mas, a pesar de todo, en el fuego español se observa igual continuidad e igual violencia.

    Delante de El Viso se descubría un oficial paseando tranquilamente a lo largo de las trincheras. Fácil es comprender que el objeto de este peligroso viaje en medio de los proyectiles de que el aire está cruzado no es otro sino animar con el ejemplo a los bravos defensores. Se le vio, de cuando en cuando, agitar con la mano su sombrero y se escuchaban aclamaciones: ¡Ah, sí! ¡Viva España! ¡Viva el pueblo que cuenta con tales hombres!

    Las masas de infantería americana se apretaban contra el suelo hasta el punto de parecer clavadas a él, no pudiendo pensar en moverse a causa de las descargas que la pequeña fuerza española les enviaba a cada instante. Se hizo preciso pedir socorros, y hacia la una del mediodía avanzó Miles desde Ducoureau, entrando en línea a la derecha de Ludlow, y hacia las tres la cabeza de la Brigada de reserva se desplegaba a la derecha de Chafee. Pero en lo alto de las trincheras el chisporroteo de los Mauser se escuchaba siempre.

   Por fin, a las tres y treinta y seis minutos, la Brigada Chafee se lanza al ataque contra El Viso; pero al principio queda detenida al pie de la colina y no invade el fuerte sino después de un segundo y violento empuje.

    Los españoles ceden lentamente el terreno, demostrando con su tenacidad en defenderse, lo que muchos militares de autoridad no ha querido admitir nunca: que una buena Infantería puede sostenerse largo tiempo bajo el fuego rápido de las armas de repetición. ¡El último soldado americano que cayó fue herido a 22 pasos de las trincheras!

    Aunque la clave de la posición estaba conquistada, la faena continuaba. Yo seguí, con el corazón oprimido por la emoción todas las peripecias de esta furiosa defensa y de este brusco ataque.

    Desde El Viso, una vez ocupado, las tropas americanas comienzan a tirar sobre el pueblo, que es también en este momento el objetivo de la Brigada Ludlow. Pero la ocupación no se efectuó hasta las cuatro y media, hora en que los últimos españoles abandonaron las casas para recomenzar el fuego desde una colina situada 600 metros al Oeste.

    ¡Admirable obstinación de resistencia, a la que todos contribuyen hasta el último instante!

    Detrás de la línea de batalla americana se arrastraban los cobardes chacales de esta guerra: los cubanos.

    Desde los bosques de palmeras situados al este de El Viso habían tomado alguna parte en la acción. ¡Allí fui y presencié una escena repugnante!: dos hermosos muchachos catalanes estaban tendidos y medio desnudos entre las altas yerbas, sus negros cabellos manchados de sangre, sus ojos abiertos y vidriosos, y debajo de estos pálidos y desfigurados rostros sus gargantas estaban abiertas por esas heridas delgadas y profundas que el machete produce. Mi misión inactiva y neutral no me permitía sino huir de allí para sustraerme a este horrible espectáculo. Y así lo hice, dirigiéndome a las tropas americanas que en aquel momento daban el asalto a El Viso, y a sus jefes me acerqué rogándoles el envío de centinelas que cuidaran de los heridos españoles que quedaban detrás de las trincheras conquistadas.

    Generosos como siempre para los desgraciados, los americanos escucharon mi súplica y, ¡curiosa circunstancia!, mientras me ocupaba de salvar a mis camaradas españoles una bala de sus compatriotas en retirada me alcanzó. Pero felizmente sólo llegó a atravesar mi capote.

    El ruido del combate no cesó si no cuando el Sol estaba a punto de ponerse. Durante cerca de diez horas, 500 bravos soldados resistieron unidos y como encadenados sin ceder un palmo de terreno a otros 6.500 provistos de una batería, y les impidieron tomar parte en el principal combate contra las alturas del monte San Juan.

    ¡Después de esto ni una palabra más se escucha en el campo americano sobre la cuestión de la inferioridad de la raza española!

    Y esta lucha de El Caney ¿no aparecerá siempre ante todo el mundo como uno de los ejemplos más hermosos de valor humano y de abnegación militar?

    ¿Quién haya tomado parte en ella no es bien digno de una honorífica recompensa?

    ¡Contemplad ese pueblo! Las casas están arruinadas por las granadas, las calles cubiertas de muertos y heridos. El General Vara de Rey está allá, muerto; sus ayudantes al lado suyo, muertos; en derredor de multitud de oficiales y soldados.

    Todos han llenado su deber, desde el primero hasta el último.

    ¡Dichoso el país que es tan querido de sus hijos!

    ¡Dichosos los héroes que han sucumbido en un combate tan glorioso!

    ¡Con su sangre han escrito en la historia el nombre de El Caney como uno de los más brillantes episodios guerreros, y con letras de oro deben inscribirse también en las banderas de las tropas que allí combatieron!

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La batalla de las Colinas de San Juan (o Lomas de San Juan)

Preámbulo y situación

El 1 de julio de 1898, seis compañías de los Regimientos Talavera y Provisional de Puerto Rico más dos escuadrones de Caballería del Regimiento del Rey, en retaguardia, aproximadamente 1.072 españoles al mando directo del general Arsenio Linares,  con el apoyo de dos piezas de artillería ligera Krupp de 7,5 al mando del general de Artillería Ordóñez, se enfrentaron a casi 11.000 soldados estadounidense reforzados con 4.000 mambises (insurrectos cubanos contra España), y la disposición de 12 cañones más 4 ametralladoras.

    La posición de San Juan, en la colina homónima, protege el acceso a Santiago de Cuba. Los norteamericanos pensaron que sería fácil tomarla dado el número de efectivos en la defensa y lo mal protegida por otros accidentes orográficos y tropas de reserva; pero la heroica defensa del Teniente general Arsenio Linares y sus hombres, propició una enconada lucha, derroche de munición y táctica y abundantes bajas a los asaltantes.

 

Arsenio Linares y Pombo.

Imagen de www.grabadoantiguo.com

 

Las lomas de San Juan se integraban en el sistema defensivo de Santiago de Cuba. Expone el historiador Antonio Carrasco García que en la cima de San Juan había un blocao de ladrillo y en la posición llamada Kettle se encontraban los edificios pertenecientes a una plantación de caña; en ambas se excavaron trincheras y pozos de tirador, además de haber tendido alambradas.

    San Juan era el punto de anclaje de una cadena de fortificaciones de aproximadamente 3.600 metros de longitud, desde Dos Caminos al fuerte Punta Blanca. Al iniciarse el movimiento de asalto norteamericano la madrugada del 1 de julio, el Teniente general Linares estableció su Cuartel General en la bifurcación de los caminos de El Pozo y El Caney, a unos 700 metros por detrás de la colina de San Juan.

 

Disposición de la fuerza propia

Las lomas de San Juan estaban defendidas por los 137 hombres de una Compañía del Batallón de Cazadores de Talavera, al mando del Coronel José Vaquero del Regimiento Simancas. Estos efectivos fueron reforzados ante la amenaza invasora por una Compañía del Batallón Provisional de Puerto Rico n.º 1 y otra de Talavera, con el apoyo de dos cañones Krupp de 75 mm. de tiro rápido. El Coronel José Vaquero se hizo cargo de la primera línea defensiva compuesta por un total de 521 hombres: dos Compañías del Batallón de Talavera, una del de Puerto Rico en el blocao, 60 voluntarios y las dos piezas de artillería al mando del Coronel Salvador Díaz Ordóñez.

    La segunda línea se establece en la localización del Cuartel General, constituida por tres Compañías del Batallón de Talavera, traídas a tal efecto. Distribuida la tropa convenientemente para evitar los envolvimientos y cruzar fuegos con el enemigo, totalizaba 411 hombres.

    En tercera línea y como reserva, un escuadrón de guerrilleros montados del Batallón de Puerto Rico, situado cerca del Fuerte Canosa, protegidos por una depresión del terreno; el mando correspondía al Coronel de Ingenieros Francisco Caula.

    En Santiago de Cuba, rodeándola desde el cementerio en el lado Noroeste hasta Las Cruces en la bahía, en el sector Suroeste, se contaban unos 4.300 hombres del Ejército, la Marina, voluntarios y bomberos, al mando del General Toral, Gobernador Militar de la plaza. Debían vigilar los movimientos enemigos por el Norte y disponer si fuera preciso de toda la fuerza para contrarrestar la posible acción de asalto o cerco. Un millar de los efectivos citados convalecían en los hospitales.

 

Recreación de la defensa de las colinas de San Juan.

Recreación de las posiciones defensivas en las colinas de San Juan.

Imagen de www.zonamilitar.com.ar

 

La fuerza enemiga

Los norteamericanos desplegaron en la zona a conquistar un total de 11.000 hombres al mando del Mayor General William Shafter. La composición era: 1 División de Infantería (General Jacob Kent), 1 División de Caballería (General Joseph Wheeler) y 2 Baterías de cuatro piezas de 81 mm. cada una.

 

A las 8 horas 20 minutos del día 1 de julio de 1898 comienza el ataque con el fuego de las piezas de artillería sobre el objetivo.

    Los jinetes del general Wheeler se vieron frenados por el certero fuego español, mientras los infantes del general Kent se ven duramente hostigados y deben replegarse y variar la ruta de acceso a la colina. El movimiento de flanqueo, solución táctica del atacante, es contrarrestado por la débil pero eficaz artillería española que, incluso, en fuego de contrabatería destruye piezas enemigas.

    El fuego español de artilleros e infantes, abrasa las oleadas de asalto. Pero es justo reconocer el arrojo por la conquista de unos tanto como la tenacidad heroica en la defensa de los otros. La tropa norteamericana queda diezmada y son sucesivos los cambios de jefatura en las unidades participantes por baja de los respectivos titulares. Las posiciones alcanzadas son insostenibles e imposible la espera a una resolución de la simultánea batalla por la posesión de El Caney, defendida con el habitual coraje por los españoles allí apostados. No tiene otra alternativa el mando norteamericano que ordenar el avance a pesar del fuego, aprovechando la enorme superioridad numérica y la certeza de la no aparición de refuerzos para aliviar la presión de los defensores. Al valor de los atacantes se opone el de los defensores, determinados a la resistencia a pesar de las cuantiosas e insustituibles bajas.

    La diferencia numérica decide el resultado, por lo que los pocos defensores todavía útiles en el manejo de las armas abandonan la posición para no ser tomados de revés y hechos prisioneros.

    El resto de la línea está empeñado en el mismo duro combate.

    En vista de la resistencia, de todo punto inesperada, sobre las 13:00 horas se desencadena el fuego artillero de los americanos y las fuerzas avanzan, pero son barridas por el fuego español, matando e hiriendo incluso al general Wikoff y otros dos jefes de columna y poniendo en fuga al primer batallón del 17 regimiento.

    El número manda. El Teniente general Linares observa el penoso estado de la defensa y los defensores, barridos por los cañones y el empuje de tanto atacante. Ordena a los guerrilleros montados que avancen para proteger la retirada y salvar las piezas que tan bien se han desempeñado en el combate. La mayoría de jinetes cae en el intento, pero al fin logran su propósito.

    La segunda línea española entra en duelo de fusilería con la vanguardia norteamericana. La falta de hombres es tal que se recurre al concurso de cien convalecientes de los hospitales. Es preciso rehacerse, y lo hacen los nuestros con inusitado valor dadas las circunstancias adversas. Y se contraataca a la desesperada: con una carga a la bayoneta a la orden del heroico capitán Patricio de Antonio, de la que únicamente sobrevivirán 6 hombres; y otra carga suicida para reconquistar las cimas llevada a cabo por el Capitán de Navío Joaquín Bustamante (jefe de E.M. de la escuadra del almirante Cervera y el de las defensas submarinas de Santiago) al frente de sus casi 500 hombres, rechazada con sensibles pérdidas, entre ellas las del heroico jefe, que de herida en el vientre morirá el 19 de julio; por su gesta se le concede la Cruz Laureada de San Fernando individual. Sin embargo, el ataque posibilitó que la defensa española se reorganizara en la posición de La Canosa, en al contrapendiente de las Colinas de San Juan, y allí quedó estancado el avance estadounidense.

    A todo eso, la defensa de El Caney debe ser recordaba como el otro episodio heroico que demoró la toma de la colina y, de alguna manera, permitió salvar de la muerte o el cautiverio a los españoles que alcanzaron en primera instancia la protección de la capital cubana.

    El combate prosiguió los dos días siguientes, profuso en tiroteos, y aunque las dotaciones de la escuadra debieron reembarcar para afrontar su propia lucha, se consiguió reforzar la línea española incorporando a 150 enfermos de los hospitales.

 

Blocao en las colinas de San Juan.

Fortín en las colinas de San Juan.

Imagen de www.zonamilitar.com.ar

 

La batalla se hizo famosa en EE.UU., disimulando la propaganda oficial las más de 1.700 bajas infligidas por los españoles, un desgaste tremendo. El futuro presidente Theodore Roosevelt, voluntario al frente de la unidad de los Rough Riders, reconoció que "en este día los españoles han demostrado ser unos bravos enemigos, dignos de honor por su bizarría".

    Los combates del 1 de julio produjeron en las filas americanas una profunda desmoralización. La durísima defensa de los españoles en aquellas posiciones supuso un golpe brutal el entusiasmo norteamericano al poner pie en la isla. La realidad de la guerra se abrió a sus ojos con toda crudeza. Tal es que el 3 de julio, Roosevelt escribe al senador Henry Cabot Lodge: "Diga al presidente que, por amor del cielo, nos envíe cada regimiento y, sobre todo, cada batería que sea posible, Hasta ahora hemos ganado con un alto coste, pero los españoles luchan muy duramente y estamos muy cerca de un terrible desastre militar; debemos recibir ayuda, miles de hombres, baterías y comida y munición."

 

Las colinas o lomas de San Juan.

Colinas o lomas de San Juan.

Imagen de www.zonamilitar.com.ar

 

No esperaban los norteamericanos tamaña proeza en los defensores, y así les costó muy caro la toma de esta colina y las posiciones de la línea defensiva de Santiago de Cuba, orgullosa de sus héroes.

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El fuerte y las trincheras de Canosa

Relato de un militar español que tomó parte en los combates de San Juan y Canosa.

 

Estos dos combates fueron verdaderamente terribles.

    Sólo puede compararse la defensa heroica que de las trincheras situadas en las lomas de San Juan y Canosa hicieron un puñado de valientes, con la que del poblado de El Caney llevaron a cabo con un coraje y un denuedo que asombraron al enemigo otros cuantos valerosos soldados.

    Ambos importantes combates, los principales que en la campaña hubo, ocurrieron un mismo día.

    Divididos los norteamericanos en dos numerosas divisiones, atacaron simultáneamente El Caney y a las trincheras de San Juan, en compactas masas, con tropas de refresco y abundante artillería.

    Las colinas de San Juan dominaban Santiago y constituían con las del fuerte de Canosa, su principal, en verdad su única defensa.

    Roto el fuego a las seis de la mañana en El Caney se corrió a San Juan. A las diez de la mañana comenzó aquí el ataque. Sólo había emplazadas en estas trincheras dos piezas de montaña, de tiro rápido.

    Estaban allí Ordoñez y el general Linares con su ayudante señor Arraiz, y defendían las trincheras la 3.ª compañía de Puerto Rico, la 2.ª de Talavera y 18 caballos de este último cuerpo.

    Comenzó el ataque. Por una parte y por otra se hacía un fuego horroroso. Los yanquis avanzaban casi a paso ligero, baja la cabeza y con el fusil preparado; los que iban a vanguardia disparaban; los demás adelantaban sin soltar un tiro, apresuradamente dando estentóreos ¡hurras! Les hacen nuestros soldados la justicia de reconocer que se batieron entonces como unos valientes.

    La defensa de la trinchera fue heroica. El fuego de fusilería era nutridísimo, incesante, pero no bastaba sin embargo a contener la violenta e impetuosa arremetida de los norteamericanos. Estuvieron éstos a raya sin poder avanzar un paso, revolviéndose inútilmente y sufriendo no pocas bajas merced a los certeros disparos que con las dos piezas de montaña se les hacían. Dirigía personalmente el fuego en estas baterías el coronel Ordóñez.

    Tenían los yanquis entonces, admirablemente situadas, seis piezas rodadas de 12 y hacían con ellas mortífero fuego. Su deseo era desmontar nuestros dos cañones, mas no lo consiguieron. Mataron, sin embargo, a capitán y a los dos oficiales que allí estaban, quienes cayeron al pie de los cañones sin dejar de excitar a los soldados y de repetir aún en el estertor de la agonía: ¡Fuego! ¡Fuego!

    Desgraciadamente los cañones callaron. Entonces las dificultades que tenían los yanquis para avanzar fueron menores. Se habían acabado las municiones de las dos bocas de fuego, que quedaron ya inútiles. Ocurrió esto a las tres de la tarde.

    Fácil es suponer la rabia, la desesperación de los soldados, sobre todo de los artilleros. Los yanquis cargaron furiosamente. Comenzaba a evacuar la trinchera la compañía de Puerto Rico que estaba mermadísima; habían muerto el capitán y los dos oficiales que la mandaban, por lo cual se dispuso que pasase a la segunda línea de fuego, o sea, a las trincheras del fuerte Caney, que estaban detrás de la de San Juan.

    De un balazo fue muerto entonces el teniente de Talavera señor Valle.

    Quería el enemigo apoderarse de los dos cañones, que ya no disparaban. Nuestros soldados se lanzaron sobre uno de los cañones, lo desmontaron presurosos y abriéndose paso escaparon con él, llevándolo sobre sus hombros no obstante estar rendidos de fatiga. El otro cañón quedó en poder de los norteamericanos. Fue imposible hacer más.

    Los yanquis ocuparon la trinchera medio destruida ya, y llena de cadáveres de uno y otro ejército, clavando sobre un muro una bandera.

    Continuó luego el ataque en la segunda línea de fuego, en las trincheras de Canosa, donde murió el coronel Bustamante y el comandante Manso, y salieron heridos Linares, su ayudante Arraiz y otros. La trinchera de las lomas de Canosa era muy extensa. La defendían dos compañías de Talavera y hasta mucho tiempo después no se envió allí ningún refuerzo. A la primera descarga murió el comandante señor Manso de un balazo en un ojo, mandando dos oficiales y ochenta soldados. Del hospital de Santiago se enviaron entonces a la trinchera 185 soldados que apenas se hallaban convalecientes de sus heridas, y una guerrilla movilizada.

    Cayeron heridos sucesivamente el comandante señor Busto y el teniente señor Bolívar. El general Linares se paseaba examinando el campo desde una meseta de la trinchera y de pronto se acercó a unos oficiales, a pie, y les dijo:

    Estoy herido, pero no importa; vosotros seréis los defensores de la plaza.

    Cuando estábamos quebrantados en absoluto y habíamos gastado dos grandes cajas de municiones, llegaron una compañía de Puerto Rico y una sección de Marina desembarcada de la escuadra y mandada por el señor Bustamante. Anocheció y se suspendió el fuego, que se hizo al siguiente día más horroroso. La sección de marinos se batió con verdadero coraje: de 600 hombres de que constaban sólo quedaron unos treinta. Había ordenado el jefe Bustamante al capitán González que llevase la fuerza de Marina en ayuda de Talavera. Cuando González se acercó a él poco tiempo después y le decía: Mi coronel está cumplida la orden, recibió Bustamante un balazo.

    El coronel del batallón de Simancas D. José Baquero Martínez, jefe de un sector de trinchera, desapareció entre los escombros al estallar allí una granada. No ha vuelto a saberse de él.

    La trinchera de Canosa no llegó a rendirse; se suspendió el fuego en virtud de órdenes del general Toral al hacerse la capitulación; sólo entonces pudieron ocuparla los yanquis.

    Por la noche, antes de entregarla, quisieron tomarla sorprendiendo a sus defensores algunas fuerzas de caballería, y aunque lograron penetrar fueron rechazadas a bayonetazos.

    Cuando toda lucha hubo terminado, los soldados yanquis se acercaban a los nuestros a saludarles y felicitarles, dándoles al propio tiempo ron, pan y otros víveres.

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En El Caney y las lomas de San Juan los españoles sufrieron 94 muertos, incluidos Vara de Rey y 15 jefes y oficiales, 376 heridos, incluidos Linares y 36 jefes y oficiales, y 123 prisioneros, con 7 jefes y oficiales. A lo que hay que sumar las 71 bajas en las dotaciones de la Escuadra.

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La columna Escario

El ánimo de los estadounidenses estaba seriamente afectado ante la contrariedad que suponía la resistencia española. De seguir el curso de las operaciones como hasta entonces, el cuerpo expedicionario se desangraría a las puertas de Santiago. Con el penoso añadido de las enfermedades, el calor, la mala alimentación y el agotamiento físico, la insuficiencia de los servicios sanitarios y la vergüenza ocasionada a la opinión pública y a las autoridades de su país.

    Así las cosas, el inseguro Shafter consultó a sus mandos respecto a una retirada hacia Siboney, e informó a Washington donde la consternación fue notoria. También insistió en el forzamiento a cualquier precio de la entrada del puerto por la escuadra de Sampson; una maniobra descabellada.

    Temían, además, que los españoles recibieran refuerzos de manzanillo y Holguín, lo que agravaría su situación.

    De hecho, y al mando del coronel Santiago Escario (posteriormente ascendido a brigadier), una columna compuesta por 5 batallones, parte de una compañía de Ingenieros, tres compañías de guerrilleros, una de trasporte a lomo y algunos sanitarios, junto a dos piezas de montaña, totalizando 3.752 hombres, partió de Manzanillo el 22 de junio para socorrer Santiago.

    Los estadounidenses sospechaban que la columna contaba con 8.000 efectivos, lo que precipitó su plan bélico para anular el efecto de estos refuerzos, y, en consecuencia, las batallas de El Caney y las Lomas de San Juan.

    La columna tuvo que atravesar un territorio quebrado y cubierto de vegetación, teniendo a trechos que abrir paso con el machete y avanzar en fila india, acechado por las guerrillas cubanas, con las que llegaron a enfrentarse en combate abierto, y aunque las derrotaron aquello supuso un considerable retraso para el socorro previsto. Tras sufrir 27 muertos y 71 heridos, la agotada tropa entró en Santiago; pero ya era tarde: el desastre se había consumado con la salida de la escuadra. De no ser por la demora de veinticuatro o cuarenta y ocho horas en la llegada de los refuerzos provocada por el acoso de los insurrectos cubanos, puede que hubiera variado el curso de la historia.

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Por Real orden de 11 de julio de 1900 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 152) se concede la Laureada Colectiva (Cruz Laureada de San Fernando) al 1.º Batallón del Regimiento de la Constitución núm. 29, por la defensa de El Caney el 1 de julio de 1898.

    Relato de los hechos:

Un disparo de cañón seguido de otros varios hechos por el enemigo a las seis y media de la mañana del 1 de julio, anunció su presencia en las cercanías de El Caney, distinguiendo al cabo la fuerza española grandes masas de tropas americanas dispuestas a atacar el poblado.

    El Batallón constaba en este día de 436 hombres, más 45 que componían la Compañía de Guerrillas del Primer Tercio, formando un total de 481 individuos.

    Dispuesta convenientemente la fuerza para la defensa y ocupados todos los puestos que tenían señalados, empezó el ataque, en tal forma, que a las siete se había generalizado, siguiendo el enemigo sus movimientos de avance con nutridísimo fuego de fusilería y artillería que causaba gran daño a las tropas, sin que a pesar de la abrumadora superioridad numérica, que se supone pasaba de 5.000, hasta las doce de la mañana poca o ninguna ventaja pudieron alcanzar, no obstante nuestras bajas que a la hora dicha pasaban de 80.

    La imposibilidad de reforzar los fuertes con personal combatiente y el hecho de ser atacados por todas partes por fuerzas tan numerosas, permitió al enemigo coronar todas las alturas y dominar perfectamente este poblado, desde cuyo momento se hizo casi imposible la defensa por quedar enfiladas todas las trincheras; sin embargo, se continuó con gran denuedo y entusiasmo a pesar de las dificultades grandísimas que se presentaban para atender al municionamiento y retirada de los muertos y heridos, puesto que los pocos disponibles para esta importante operación eran en el acto bajas por las balas enemigas.

    Tres veces hubo necesidad de reforzar el fuerte de mampostería de El Viso, guarnecido por un oficial y fuerza del regimiento de Cuba que quedó allí sepultada, y al poco tiempo este refuerzo resultaba ilusorio por ser muertos o heridos todos los que se destinaban a la defensa de dicho fuerte.

    A las tres se agravó la situación de un modo considerable: el enemigo, dominando todas las alturas y a menos de 500 metros del poblado, el General que mandaba las fuerzas herido, y las bajas que a esta hora eran numerosas sin poder ser recogidas. A las cuatro de la tarde, considerando imposibles la defensa por haberse agotado las municiones, se ordenó la retirada a Santiago de Cuba, produciéndose bajo un fuego abrumador.

    En este hecho de armas, en el que a pesar del entusiasmo, valentía arrojo y abnegación de los jefes, oficiales y tropa, fue preciso ceder a la numerosa superioridad del enemigo y falta absoluta de municiones con que seguir combatiendo, tuvo que lamentar este Batallón 5 oficiales y 31 de tropa muertos; 6 oficiales y 80 de tropa heridos; y cinco oficiales desaparecidos (con relación de nombres).

 

La Real Orden de concesión expone:

En vista de la acordada del Consejo Supremo de Guerra y Marina, de 23 de mayo último, relativa al expediente de juicio contradictorio formado al primer batallón del regimiento de la Constitución número 29 para esclarecer el derecho que pudiera tener a la Corbata de San Fernando por la defensa que hizo del poblado de El Caney, el 1 de julio de 1898; considerando que dicho batallón, compuesto de 436 plazas, rechazó con energía al enemigo que, en número de 6.000 hombres y dotado de excelente artillería, atacó vigorosamente el poblado en la mañana del mencionado día, que se sostuvo aquél valerosamente en su puesto, sufriendo nutridísimo fuego de fusil y continuo de cañón, experimentando grandes y dolorosas pérdidas, impidiendo con su resistencia que el contrario consiguiese ventaja alguna, hasta que, por la tarde, en la imposibilidad de reforzar los fuertes por falta de personas, viéndose atacado por todas partes, coronadas las alturas, agotas las municiones y luchando con grandísimas dificultades para retirar las bajas sufridas, que excedieron a la tercera parte de la fuerza combatiente, se ordenó al retirada, que efectuaron ordenadamente bajo un fuego abrasador.

    El Rey (q.D.g.), y en su nombre la Reina Regente del reino, de acuerdo con lo informado por el referido Consejo Supremo de Guerra y Marina, ha tenido a bien conceder al expresado batallón el uso de la Corbata de San Fernando por considerar comprendido el hecho que llevó a cabo en tan gloriosa jornada en el artículo 32 de la Ley de 18 de mayo de 1862. Es asimismo la voluntad de S.M. que tan honroso distintivo se coloque en sus banderas con todas las formalidades prevenidas para estos casos.

 

La Corbata fue impuesta en Pamplona el 2 de agosto de 1901, ante las fuerzas de la guarnición, autoridades y numeroso público, por el general gobernador de la plaza don Luis de Santiago Menescau, en representación  del capitán general de la región, recibiendo el Cuerpo entre otras numerosas felicitaciones el siguiente telegrama de S.M. la Reina Regente:

S.M. la Reina interpretando los sentimientos de admiración y cariño que la inspiran los bravos del primer Batallón de la CONSTITUCIÓN, les felicita y saluda en el día de hoy, y en el momento solemne de ser colocada en la bandera de ese batallón la Corbata de la Real y Militar Orden de San Fernando como premio al heroísmo con que lucharon en el combate del Caney el 1 de julio de 1898. S.M. la Reina no duda que cuantos tienen el honor de pertenecer al Regimiento de la Constitución se inspirarán siempre en el ejemplo de aquellos valientes, que tan alto dejaron el honor de las armas.

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Por Real decreto de 18 de diciembre de 1923, firmado por el rey Alfonso XIII y el Presidente del Directorio Militar, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, se concede el distintivo señalado en el artículo ochenta y uno del vigente reglamento de la Real y Militar Orden de San Fernando, y creando otro para conmemorar los gloriosos combates sostenidos por nuestras tropas en las defensas de El Caney y Lomas de San Juan.

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Por su actuación en el combate, al General Joaquín Vara de Rey y Rubio le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando, al igual que al 1º Batallón del Regimiento de Infantería de la Constitución, número 29.

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El 11 de junio de 1915, con asistencia de los reyes de España, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, de Francisco Vara de Rey, hermano del general, de otros miembros de su familia y de nueve supervivientes del combate de El Caney, se descubrió en el madrileño Paseo de Atocha un grandioso monumento dedicado a perpetuar la memoria de aquella epopeya. Tiene doce metros de altura y es obra de Gonzalo Pola.

 

Monumento a Joaquín Vara de Rey en Madrid.

Imagen de www.esculturaurbana.com

 

El pedestal, apoyado sobre tres gradas, es un cono truncado de forma egipcia, de piedra caliza de Sepúlveda, amarilla y rojiza. La inscripción de su frente es: A los héroes del Caney. En el plano posterior, bajo unas manos enlazadas, que al propio tiempo sustenta dos ramas de olivo y que simbolizan la unión fraternal de España y Cuba, se leen estos dos nombres. En los otros frentes campea la Cruz Laureada de San Fernando entre la palma y el roble. Sobre este cuerpo va otro sencillo donde están grabadas las palabras-conceptos: Valor, Patriotismo, Abnegación y Honor; a su vez sustenta unas rocas sobre las que se alza la figura de Joaquín Vara de Rey. En el frente surge un tronco de roble desgajado, como la fuerte vida de aquellos héroes.

    El grupo es de bronce; en él se integra la figura del general cayendo herido en brazos de su ayudante y rodeado de sus soldados que no dejaron de disparar hasta caer mortalmente heridos también.

 

Monumento a Joaquín Vara de Rey en Madrid.

Imagen de www.grandesbatallas.es

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Nacido en Ibiza, el homenaje de sus paisanos al general Vara de Rey se inmortalizó en 1904. Se trata de una obra que conjuga con acierto la arquitectura que le da soporte, obra de don Augusto Forn, con la imaginería estrictamente escultórica de don Eduard B. Alentorn. Y que más allá de la manifiesta exaltación del personaje, mantiene en su composición una clara intención narrativa.

 

Monumento a Joaquín Vara de Rey en Ibiza.

Imagen de www.labitacoradeltigre.com

 

Sobre un ensolado circular clausurado por ocho cañones utilizados como pilotes y unidos por una gruesa cadena, se levanta la piedra modulada en tres cuerpos que da soporte a cinco bronces de incuestionable potencia expresiva. El primer nivel lo conforma una triple y escalonada peana octogonal, en la que encontramos una severa corona memorial y la escultura de la reina que prefigura a la nación y que sobre la piedra escribe y dedica el monumento «A Vara de Rey». El segundo nivel es un macizo cuerpo troncocónico al que, con las alas todavía abiertas, se arrima un ángel o la Fama, que en la diestra lleva una trompeta de convocatoria y en la siniestra un laurel que ofrece al general que, más arriba, en la última grada, levanta su espada en arenga. Mientras, por la espalda, un guerrillero agazapado se prepara para ensartarle su machete.

 

Monumento a Joaquín Vara de Rey en Ibiza.

Imagen de www.agrega.educacion.es

 

El acierto del escultor estuvo en inmortalizar ese preciso instante en el que el general, ajeno a su suerte, mantiene todavía un gesto épico y desafiante. Y fue también un acierto la visión anticipada que ofrece el escultor: la muerte no ha sucedido pero está cantada, tanto es así que la reina y el ángel son ya representaciones ‘posteriores' a lo que sabemos que sucederá, pues ensalzan la muerte heroica del general.

(Crónica de Miguel Ángel González en www.diariodeibiza.es)

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Fuentes

Antonio Carrasco García, En guerra con Estados Unidos, publicación de Almena Ediciones.

Agustín Ramón Rodríguez González, Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica, publicación de Editorial Actas.

José Luis Isabel Sánchez, Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), publicación del Ministerio de Defensa.

Enrique Mendoza Vizcaíno, Historia de la guerra Hispano-Americana, A Barral y Compañía Editores (México, 1898).

Archivo del historiador Carlos Juan Gómez Martín.

 

 

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