Esunmomento.es - Artículos sobre Literatura, Historia, Pensamiento, Arte, Pedagogía, Ciencia,...

esunmomento.es

Estás en... M.R.

1934: Conspiración, alzamiento y guerra (III)

 

El frente catalán

Aunque el de 1934 se trata de un alzamiento doble y en paralelo, para la independencia en Cataluña y para la revolución social en Asturias, el Gobierno procedió como si se tratara de uno solo. Aunque preparado y dotado de propaganda, insurgencias y armamento desde bastante tiempo atrás, hubo vacilaciones de última hora que incidieron negativamente en los propósitos de los alzados. En la noche del 4 de octubre todavía muchas delegaciones socialistas carecían de las instrucciones precisas para acometer los objetivos inmediatos. Sin embargo, eludiendo la descoordinación y obviando las indecisiones, la llegada a Mieres de Teodomiro Menéndez aquella misma tarde desencadenó la acción. Fue Lluís Companys, el 5 de octubre, quien se adelantó a la supuesta maniobra conjunta con los socialistas, proclamando la República independiente de Cataluña; admitiendo, por si acaso el resultado no era por completo el apetecido, la posibilidad de negociar posteriormente un acuerdo federal con otras repúblicas ibéricas entre las que incluía Portugal. Azaña estaba en Barcelona, instalado en el hotel Colón, tratando de evitar con sus gestiones no precisamente el alzamiento contra el Gobierno, que le convenía y avalaba, sino la ruptura, la secesión, lo que fue interpretado como apoyo a los nacionalistas-separatistas.

    La insurrección de Cataluña, organizada y promovida enteramente por las propias autoridades catalanas, tuvo más de ópera bufa que de verdadera revolución, aunque ocasionó víctimas y amenazaba con graves consecuencias políticas de no haber actuado el Gobierno Lerroux con rapidez y firmeza. Desde el primer instante del nuevo régimen, abril de 1931, los separatistas de Esquerra Republicana andaban buscándole las cosquillas a la República. Así, en la madrugada del 6 al 7 de octubre de este 1934 dieron su propio golpe de Estado para declararse independientes, repitiendo el envite de Maciá del cercano en el tiempo y la memoria 14 de abril de 1931.

    Aproximadamente a las ocho de la tarde el presidente Companys apareció en el balcón principal del palacio de la Generalidad proclamando, según la fórmula impuesta por Azaña en negociaciones a distancia de calles y contrarreloj, el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. El gobierno español reaccionó según la exigencia con prontitud, ordenando al general Domingo Batet, jefe de la IV División Orgánica de Cataluña, antes Capitanía General, que proclamase el estado de guerra y procediera de inmediato a sofocar la rebelión. Sobre las diez de la noche llegaron a la plaza de la República (plaza de San Jaime) dos piezas del 1.º Regimiento de Artillería de Montaña, al mando del comandante Fernández Unzúe. Más tarde se unieron a las fuerzas del Ejército una compañía de Infantería y otra de ametralladoras del 10.º Regimiento. Enrique Pérez Farrás, también comandante de Artillería, nombrado por el Gobierno central jefe de los Mozos de Escuadra, salió a parlamentar con Unzúe, pero en lugar de atender los requerimientos de este último, Pérez Farrás mandó hacer fuego contra las tropas gubernamentales, hiriendo mortalmente al comandante Suárez y a un soldado, y dejando heridos a un capitán y seis soldados. Los agresores se retiraron al interior de la Generalidad donde se atrincheraron.

    Los comandos o partidas (escamots) miles según la propaganda política difundida ampliamente por los promotores que había dispuesto el médico Josep Dencás, consejero de Gobernación del gobierno catalán, a las órdenes de Miquel Badía, comisario de Orden Público, en cuanto oyeron los cañonazos, emplazadas las piezas frente a la Generalidad y las ráfagas de ametralladoras, situadas en algunas azoteas próximas, no esperaron a "morir como héroes" según la versión enfática recogida anteriormente por los medios de comunicación afectos al alzamiento y emprendieron la desbandada sin ofrecer apenas resistencia. La batería disparó dieciséis cañonazos a lo largo de toda la noche, pero once de los proyectiles estaban vacíos o no llevaban espoleta, por lo que no podían estallar. En definitiva, se trataba más de hacer ruido, de un artificio o simulacro para asustar al enemigo, que de fuego real. La pirotecnia bastó para someter a los amotinados. Cerca de las seis de la madrugada, después de diez horas de "flamante" Estado catalán, Companys radiaba el mensaje de la rendición; él y sus colaboradores fueron detenidos y encarcelados.

    Más grotesca aún fue la actuación del "Estado mayor del Ejército catalán" instalado en la consejería de la Gobernación, antigua sede del Gobierno Civil. Estaba integrado por el consejero, Dencás; el comisario general de Orden Público, Badía; el capitán de Artillería y piloto de la Aeronáutica Militar, Arturo Menéndez, director general de Seguridad en tiempos de Azaña y en aquellas fechas oficial de los Guardias de Asalto a las órdenes del teniente coronel Ricart; el comandante también artillero, Jesús Pérez Salas, comisario general de Somatenes de Cataluña y Jefe Superior de Policía de Barcelona, cargos ambos de designación por el Gobierno central; José María España y el paisano Daniel Domingo Montserrat, miembro del BOC (Bloque Obrero y Campesino) pasado al esquerrismo (ERC). Dencás y Badía se habían vestido al estilo militar, más que como parodia para solemnizar tan magna ocasión por interpretar con atavío acorde el papel de altos estrategas. Al conocer el anuncio radiado de Companys proclamando la independencia lo celebraron con festín y alborozo. Entre tanto, por parte del Ejército, a la puerta de Capitanía se instaló un cañón que enfilaba y batía la consejería de Gobernación donde corría el licor y los parabienes; el cañón disparó poco pero el ruido que hizo sembró el pánico entre los participantes de la "victoria". Creyéndose perdidos, demandaron inmediato socorro a todos los comandos y partidas de Barcelona, a los acuartelados en poblaciones vecinas también, pero nadie acudió a liberarlos de los disparos de intimidación.

    Josep Dencás, otrora el más vibrante y exaltado de los insurrectos separatistas, se agarró al micrófono de Radio Barcelona e hizo un llamamiento desesperado pidiendo la ayuda de todos los españoles para que acudiesen en auxilio de Cataluña, el último y más firme baluarte de la República; terminó la temblorosa arenga con un tonante ¡Viva España!, que todos los allí reunidos corearon estruendosamente entre aplausos. Seguramente era la primera vez que de la boca de Dencás y amigos afloraba el por ellos considerado repugnante nombre de España, además acompañado de vítores y aplausos. Pero como su demanda de auxilio no fue recogida por nadie y su falaz recientísima conversión al españolismo tampoco, los atrincherados optaron por huir a través de las alcantarillas con el dinero previsto para una contingencia desfavorable; siempre previsores ellos. Poco antes o poco después cesaron en su actitud levantisca todos, claudicando con acelerada disposición el resto de los focos subversivos: Ayuntamiento, Comisaría General de Orden Público, centros de Estado Catalán, etc. Sólo hubo dos posiciones que ofrecieron cierta resistencia: el Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y la Industria, y la Comandancia general de Somatenes; en los dos lugares se utilizó la artillería para reducirlos.

    En el resto de Cataluña se registraron algunos hechos de corte revolucionario, en determinadas lugares y a manos mayormente de anarquistas. Sin embargo, en Barcelona la CNT se mantuvo al margen al no recibir armas. En otras poblaciones, pese a la organización previa por parte de determinados políticos, policías municipales y jueces de paz ni los obreros ni los arrendatarios agrícolas, muy trabajados políticamente desde años atrás, se adhirieron a la huelga general ni a la correlativa subversión. Hubo episodios localizados de violencia callejera, desmanes, persecución y asesinatos. La rebelión, a pesar de sus limitadas proporciones y su rápido sofocamiento, produjo sólo en Barcelona capital 46 muertos y 117 heridos, de ellos 18 muertos y 75 heridos pertenecían a la fuerza pública. En el aspecto material las pérdidas fueron muy elevadas, entre otras razones porque la huelga afectó a 400.000 trabajadores que pararon del 5 al 9 de octubre, además del daño producido a los transportes públicos y a las infraestructuras viarias.

    Entre todos los cómplices de la Esquerra separatista destaca Azaña. Él fue el paladín más decidido del Estatuto. Por los votos de la Esquerra, indispensables para el quórum parlamentario, hizo caso omiso del unánime clamor del resto de España y buena parte de los catalanes que no deseaban alistarse a las pretensiones de la izquierda. No en vano, y Azaña lo tenía muy presente, se trataba de llevar hasta sus últimas consecuencias el cumplimiento del pacto de San Sebastián con los separatistas.

 

El frente asturiano: Los primeros días

Luego del estallido revolucionario en Asturias el día 6, definidas las primeras acciones por los revolucionarios: desmantelar las casas-cuartel de la Guardia Civil, bloquear al Ejército y las Fuerzas de Orden Público, adueñarse de las fábricas de armamento y poner en pie de guerra a la población adicta o más o menos  afecta a la insurrección, fueron los sacerdotes y religiosos el paso siguiente: 33 en las dos semanas que duró la dominación revolucionaria.

    El autoproclamado "Ejército Rojo", tras apoderarse de las cuencas mineras y de la fábrica de armas de Trubia, asediaba con fuerzas diez veces superiores a las guarniciones de Gijón y Oviedo.

    El día 7 de octubre, la totalidad de los seminaristas de Oviedo, seis, fue pasada por las armas al descubrirse su presencia, siendo el más joven de ellos un muchacho de dieciséis años. Lo mismo sucedió con los ocho hermanos de las Escuelas cristianas y un padre pasionista que se ocupaban de una escuela en Turón, un pueblo en el centro de un valle minero. Concentrados en la casa del pueblo, un comité los condenó a muerte considerando que al ocuparse de la educación de buena parte de los niños de la localidad tenían una influencia indebida sobre ellos; dos días después eran asesinados. Los habitantes de Turón que habían sido testigos de los esfuerzos educativos de los religiosos y de la manera en que se había producido su muerte, los consideraron mártires de la fe desde el primer momento; serían beatificados en 1990 y canonizados el 21 de noviembre de 1999. Formarían así parte del grupo de los diez primeros santos españoles canonizados por martirio. Los partidarios de la revolución -como en Rusia- habían decidido exterminar a sectores enteros de la población y para llevar a cabo ese objetivo no estaban dispuestos a dejarse limitar por garantías judiciales de ningún tipo.

    En la tarde del 7 de octubre y en escenario opuesto, el general Francisco Franco, el ministro Diego Hidalgo y el presidente Alejandro Lerroux tuvieron noticia de que el general López Ochoa estaba con sus fuerzas entre Trubia y Grado, casi al alcance de Oviedo, pero que los revolucionarios habían derrotado y detenido en Vega del Rey a la columna del general Bosch, procedente de León, de modo que la situación podía invertirse. Consejo fulminante de Franco: sustituir a Bosch por el general Balmes y encargar al coronel Antonio Aranda el mando de la retaguardia. Lo importante para la estrategia gubernamental era que López Ochoa conservase sus posiciones mientras se le enviaban refuerzos capaces de desnivelar los poderes enfrentados. El crucero Libertad, que desde Galicia traía las primeras ayudas, telegrafió que resultaba imposible desembarcar en Avilés; sin consultar en este caso con el ministro, Franco le indicó que fuese al puerto gijonés de El Musel pues lo importante era disponer de una cabeza de puente.

    Gijón vivió la tarde del 7 de octubre bajo tensión de guerra. Silbaban por encima de las casas los proyectiles disparados desde el crucero contra las barricadas de El Llano y Cimadevilla; en pocas horas la lucha había terminado y los dos puertos gijoneses, interior y exterior, quedaron disponibles para los soldados de la República. Pero el día 8 llegaron a Madrid malas noticias: calle a calle los revolucionarios se estaban apoderando de Oviedo, que presentaba ya muchas destrucciones. La Telefónica, el cuartel de Santa Clara y el de los Carabineros se habían perdido y la resistencia cesaba. En ese momento el Comité de la "República de obreros y campesinos de Asturias" lanzando un manifiesto con frases como las siguientes: "el avance progresivo de nuestro glorioso movimiento"; "son muchísimas las poblaciones españolas en donde el movimiento está consolidado con el triunfo de los trabajadores, campesinos, obreros y soldados"; "el enemigo fascista se va rindiendo, así como se van entregando los componentes mercenarios con su aparato represivo"; "las fuerzas del Ejército de la derrotada República del 14 de abril se baten en retirada y en todas nuestras avanzadillas se van sumando los soldados para enrolarse a nuestro glorioso movimiento".

    El día 8, el coronel jefe del 10.º Tercio de la Guardia Civil, previa consulta con el comandante militar de la plaza, dispuso la evacuación del cuartel de la Benemérita hacia el acuartelamiento de Pelayo, alegando que la presencia de las familias de los guardias dificultaba la defensa de la casa cuartel. Entre tanto, muchos puestos de la Guardia Civil en las cuencas mineras resistían con heroicidad hasta el último hombre, y los que caían prisioneros de los facciosos eran fusilados sin pérdida de tiempo. Por su parte, el coronel director de la Fábrica de Armas de Oviedo, al conocer la decisión del Jefe de la Guardia Civil, dispuso también la retirada al cuartel de Pelayo de los cien hombres que componían la guarnición de la fábrica. En el repliegue abandonó 21.115 fusiles, 198 ametralladoras y 281 fusiles ametralladores. El mando le había ordenado que quietara los cerrojos de tan inmenso arsenal, pero no lo hizo. La oficialidad propuso con insistencia prender fuego al almacén, pero tampoco hizo caso.  Al final, únicamente ordenó el traslado de las municiones, unos dos millones de cartuchos, no obstante, como dejó intacta la fábrica, los revolucionarios la pusieron inmediatamente a funcionar. Los hechos narrados demuestran la dejación del Ejército, reflejada en la conducta cobarde de sus jefes, desmotivados por las reformas de Azaña.

    El 9 de octubre Franco fue advertido de que el teniente coronel López Bravo, al mando de las tropas embarcadas en el cañonero Segarra, había comentado con sus compañeros que no iba a dar la orden de disparar contra hermanos. El general pasó una nota al ministro y éste ordenó el retorno del barco a La Coruña y el arresto de López Bravo. Inmediatamente un autogiro fue enviado a San Leonardo de Soria donde veraneaba el teniente coronel Juan Yagüe, para trasladarlo a Gijón, en cuya plaza de San Lorenzo desembarcó en la mañana del día 10. Todavía dentro del día 9 de octubre, González Peña hizo volar las cajas fuertes del Banco de España en Oviedo para proveerse de fondos; demasiado tarde porque López Ochoa que a través del puerto de Pajares había penetrado audazmente en el interior de Asturias consiguiendo romper el cerco minero sobre Oviedo, donde la mayoría de la población civil apoyaba al Ejército y a la Guardia Civil, pese a las indecisiones por parte de algunos mandos ya contaba con 15.000 hombres e iba a tomar la iniciativa.

    En el momento de publicarse el manifiesto arriba esbozado, los socialistas tenían una fuerte moral de victoria, si bien la posesión de Avilés y Gijón daba ya al Ejército una superioridad decisiva. Pero el día 11 la revolución entró en un proceso acelerado de declive; aislado, el núcleo asturiano carecía de virtualidad. A partir del 12 empezó a notarse la presencia en los alrededores de las avanzadillas de las tropas desembarcadas en Gijón, procedentes de Ceuta, que se abrían paso con dificultad a causa de la fuerte resistencia de los mineros. Integraban estas fuerzas dos banderas de la Legión, un tabor de Regulares y un batallón del Regimiento de Cazadores de África. (La decisión de utilizar el ejército de África ya había sido tomada por Manuel Azaña para sofocar las revueltas anarquistas, y el conato de golpe de estado protagonizado por el general Sanjurjo, "la sanjurjada" sin que en este caso fuera precisa ninguna intervención, durante los gobiernos entre republicanos de izquierda y socialistas en los años precedentes).

    Al llegar con su columna al alto de la Corredoria, desde donde dominaba los accesos a Oviedo, Yagüe telefoneó a López Ochoa, que estaba al otro lado de la ciudad, para informarle de que las tropas estaban ya entrando en la capital, sembrada de ruinas, envuelta en humo y polvo, a fin de liberar los escasos defensores que aún se mantenían en algunos reductos.

    Oviedo fue liberada el 14 de octubre; su defensa había sido deplorable. Cuando López Ochoa llegó al cuartel de Pelayo, refugio del mando militar de la plaza, encontró encerrados allí a 940 hombres con dos coroneles, dos tenientes coroneles y nueve comandantes, a pesar de lo cual nadie mandaba de hecho. El informe del general García Álvarez, designado por el Gobierno para esclarecer los sucesos, decía: "Si los jefes que tenían a su cargo el mando de las fuerzas del cuartel de Pelayo hubieran actuado como requerían las circunstancias, la revolución no hubiese tomado las proporciones que alcanzó en Asturias".

 

El frente asturiano: Los últimos días

En sus proclamas, los revolucionarios hablaban de reducir Oviedo a cenizas antes de entregarla: "Sepamos, antes que entregarla al enemigo, confundir a éste entre sus escombros, no dejando piedra sobre piedra". En buena medida lo cumplieron. En aquellos días incendiaron manzanas de casas enteras; mediante una gran explosión de dinamita destruyeron en buena parte la biblioteca de la universidad y el edificio mismo, dañaron seriamente la catedral y dinamitaron la Cámara Santa, una joya del románico europeo. Otra acción que iba a reprochárseles largamente fue el saqueo de las cajas de la sucursal del Banco de España y otros, que dotaría al PSOE con fondos cuantiosos para la huida de sus dirigentes, la propaganda apologista posterior e incluso la campaña electoral de febrero de 1936.

    Los dirigentes de la revolución alentaban a los revolucionarios de a pie con noticias falsas de que la rebelión se extendía por toda España y de que la Unión Soviética iba a enviar fuerzas para consolidarla. Y era verdad que la Internacional Comunista hacía un gran esfuerzo de movilización internacional a favor de los revolucionarios españoles, aunque sin el anunciado envío de barcos o tropas, mientras que la Internacional Socialista actuaba con pies de plomo a pesar de ser el PSOE miembro de ella.

    De todas formas, al concluir la primera semana de combates dio inicio el reflujo del movimiento revolucionario en Asturias, mientras iban imponiéndose las tropas gubernamentales enviadas por Franco, a la vez que entre los propios dirigentes y facciones de la insurrección aumentaban las diferencias y sabotajes mutuos. Al primer comité insurreccional le sucedió, el día 12, un segundo, dominado por comunistas y jóvenes socialistas. El periodista de izquierda José Canel, describe en su libro Octubre rojo en Asturias como el nuevo comité "no presidió más que la anarquía y la represalia. Ante la noticia de que habían llegado las tropas se recrudecieron los saqueos y la indisciplina. [...] Bajo el ruido de los disparos se oían las canciones de los borrachos, más tristes en la noche del Oviedo en ruinas. [...] La dinamita se utilizaba sin objetivo concreto, por simple afán de destruir. La revolución había enloquecido y se lanzaba vertiginosamente hacia el caos. El comité era cada vez más desobedecido, y pronto abandonó la partida, después de intentar alistar en masa a la población en un Ejército Rojo".

    Llegaron las noticias a Madrid con toda urgencia: Oviedo, liberada, carecía de agua, de luz y de alimentos. La universidad había sido volada. La Cámara Santa profanada e incendiada. Francisco Franco, al estilo militar, recomendó entonces medidas inmediatas encaminadas a paliar las carestías, una de las cuales fue el inmediato envío desde Galicia de un rebaño de vacas para alimento de la población. Tuvo, además, que intervenir personalmente para mediar entre el teniente coronel Juan Yagüe y el general López Ochoa, que se profesaban recíproca antipatía y sostenían criterios opuestos respecto al trato que había que dar a los revolucionarios. López Ochoa, masón, intentaba ahora suavizar en lo posible los efectos de su victoria, mientras que Yagüe era partidario de las represalias. Franco dio apoyo a López Ochoa, porque era superior en grado, aunque no ocultó su estima por la eficacia que Yagüe diera a las operaciones.

    La actitud del general López Ochoa, tendente a la benevolencia con alguno de los cabecillas alzado ideológicamente afines no evitó que fuese asesinado en Madrid, en el verano de 1936, por aquellos que pretendió defender, con detalles de escalofriante crueldad mientras la Masonería repudiaba su persona y su memoria. Franco no simpatizaba con la ideología masónica de López Ochoa, y tampoco con el desempeño de su misión militar: "La marcha de López Ochoa (una vez en territorio asturiano) era lenta y con excesivas paradas; parecía no querer llegar. La tragedia del masón. Su pacto con Belarmino (Tomás), al que dejó marchar. (La tragedia del masón enfrentado a sus correligionarios). Si no se obra como se obró, hubiese triunfado la revolución", dejó escrito.

    El 12 de octubre el "Ejército Rojo", como así mismas se denominaban las milicias revolucionarias, comenzó a dispersarse. En la última etapa de aquella sangrienta guerra local, los comunistas, poco importantes al principio, aparecieron galvanizando la resistencia a fin de aparecer en el futuro como dirigentes principales y forzar las represalias. La aventura terminó el 18 de octubre, cuando López Ochoa aceptaba la capitulación ofrecida por Belarmino Tomás en nombre del comité revolucionario. En todo momento quedó bien claro que la revolución de octubre había sido hecha en nombre y bajo la dirección del Partido Socialista (PSOE), aunque en ciertos lugares y en ciertos episodios se registrase también la vigorosa participación de anarquistas y comunistas. Octubre es una fecha mítica en el marxismo internacional: la de la revolución soviética, que por entonces parecía el modelo excelso. Los ideales de quienes impulsaron el movimiento se dirigían a establecer en España una República de corte soviético.

    El día 14 Francisco Largo Caballero era detenido en su casa, donde se había refugiado después de dar por fracasado el intento. Había llegado allí atravesando los numerosos controles policiales y militares, oculto en una ambulancia, pero algún vecino había sospechado y denunciado al dirigente político socialista. Dada la infiltración socialista dentro de la Policía, al llamar a su puerta y comunicarle la detención le concedieron tiempo suficiente para proceder a la destrucción de documentos y pruebas comprometedores.

    En Asturias las tropas progresaban en todas las direcciones. El 16, a poco de su derrota definitiva, el Comité provincial revolucionario lanzaba un manifiesto donde volvía a incidir en algunos de los aspectos fundamentales de la sublevación: "¡Obreros: en pie de guerra! ¡Se juega la última carta! Nosotros organizamos sobre la marcha el Ejército Rojo. Lo repetimos: En pie de guerra. ¡Hermanos!, el mundo nos observa. España, la España productora, confía su redención a nuestros triunfos. ¡Qué Asturias sea un baluarte inexpugnable! Y si su Bastilla fuera tan asediada, sepamos, antes que entregarla al enemigo, confundir a éste entre escombros, no dejando piedra sobre piedra. Rusia, la patria del proletariado, nos ayudará a construir sobre las cenizas de lo podrido el sólido edificio marxista que nos cobije para siempre. Adelante la revolución. ¡Viva la dictadura del proletariado!"

    Sin embargo, el ímpetu revolucionario, ya muy decaído desde el día 10, se venía abajo. El día 18, el jefe insurreccional del momento, Belarmino Tomás, negociaba la rendición ante el general López Ochoa. Los dos eran masones por lo que hubo un entendimiento que no gustó nada a Juan Yagüe, jefe de las tropas procedentes de África. Tomás y López Ochoa acordaban que los valles mineros serían ocupados, pero no irían en vanguardia los legionarios. La tensión entre Yagüe y López Ochoa llegó a un paso de la agresión. Finalmente se impuso López Ochoa, que, además, permitió la huida de los dirigentes. Pese a lo pactado, únicamente fueron entregadas 4.100 armas, una pequeña parte de las que obraban en poder de los revolucionarios, y casi nada del dinero robado de los bancos. Los últimos llamamientos socialistas no hablaban de rendición, sino de "un simple alto el fuego", "un alto en el camino, un paréntesis". No mostraban el menor arrepentimiento por su ataque a un gobierno democrático, sino el sentimiento de que la próxima vez triunfarían.

 

Epílogo a la revolución: valoraciones, consecuencias y política

El escritor y cronista político Josep Pla, que como la mayoría ignoraba las instrucciones secretas para la guerra civil de octubre, extraía la siguiente conclusión: "No ha de creerse que los sucesos de Asturias han sido la consecuencia de una llamarada momentánea. No creo que en la historia de las revoluciones fracasadas de Europa haya habido un precedente tan enorme como Oviedo. Es la política la que ha hecho posible esta hecatombe. Los hechos de Asturias son el final implacable de un proceso comenzado tres años antes, como la noche del 6 de octubre en Barcelona es el final de un proceso inaugurado con la entrada del señor Macià en la política catalana".

    Las operaciones en las cuencas mineras se prolongaron hasta el día 19 de octubre, pero numerosos mineros bien armados (pertrechados con aquellas armas que no fueron entregadas al Ejército ni requisadas por López Ochoa) se echaron al monte y durante un tiempo vivieron en actitud de rebeldía. El balance de bajas en Asturias, en uno y otro bando, fue el siguiente: 855 paisanos muertos y 1.449 heridos entre los que perecieron en el frente de batalla y los asesinados en la retaguardia por los revolucionarios; 219 muertos y 622 heridos entre militares y fuerzas del orden público; y 33 sacerdotes y religiosos asesinados. Resultaron destrozados 63 edificios públicos, 58 iglesias, 26 fábricas, 59 puentes y 730 inmuebles particulares; además, las izquierdas habían realizado destrozos en 66 puntos del ferrocarril y 31 de las carreteras. De este modo concluía en Asturias el primer asalto de la guerra civil. Joaquín Maurín Juliá, procedente del anarquismo pero entonces metido en el BOC (Bloque Obrero y Campesino) y finalmente cofundador del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), lo anunciaba sin tapujos: "En octubre, prólogo luminoso de la segunda revolución, acababa la primera revolución y empezaba la segunda".

    La represión ejercida por el bando revolucionario se cifra en unos 200 muertos en total, de ellos 33 sacerdotes y religiosos. El gobierno nombró jefe de la represión gubernamental en Asturias al comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval, quien ejerció una intensa actividad policial en toda la Comandancia asturiana, con descubrimientos de numerosos escondrijos de armas y municiones y detención de cientos de implicados, con un balance de 22 muertos en su gestión. Doval, nombrado delegado especial del Gobierno el 2 de noviembre de 1934, sería destituido a propuesta de Gil Robles, que había recibido quejas serias del Gobernador Civil de Oviedo. Los agentes de Doval, miembros de la Guardia Civil, actuaban con gran dureza; estaban bajo la presión de las crueldades que sus compañeros, guardias civiles y de asalto, habían tenido que sufrir y no eran, por tanto, medios adecuados para la represión. Aparte de explosivos y armas cortas se recogieron 89.354 fusiles, 49 cañones, 711 ametralladoras y 149 fusiles ametralladores.

    Se formaron consejos de guerra contra los rebeldes en Asturias y Cataluña. En Barcelona se dictaron algunas penas de muerte de las que no se ejecutó ninguna por aplicación del indulto. También fueron condenados a muerte e indultados el diputado socialista Ramón González Peña y otros responsables principales de la revolución asturiana; sólo se ejecutó la sentencia de fusilamiento contra cuatro personajes secundarios, entre ellos un sargento por deserción. Sufrieron pena de cárcel numerosos revolucionarios en toda España, sobre todo en Asturias y el gobierno de la Generalidad en pleno.

    Los sucesos de Asturias, especialmente, fueron muy sangrientos a pesar de su corta duración. Los revolucionarios causaron muchas víctimas, obedeciendo a las consignas recibidas. La represión gubernamental fue, después, poco acertada, abundante en vacilaciones, excesivamente amplia en cuanto al número de detenidos y contradictoria en relación con los castigos. En toda España ingresaron en prisión unas quince mil personas por su participación en el alzamiento armado; la conspiración guerra civilista se hallaba muy ramificada, pero durante los meses siguientes fueron saliendo en libertad la mayor parte de los detenidos. Sin embargo, el mayor coste del alzamiento protagonizado por los nacionalistas-separatistas catalanes, el PSOE (socialistas), la CNT (anarquistas) y, en menor medida, el PCE (comunistas), fue político. Con su desencadenamiento, las izquierdas habían dejado de manifiesto que la república parlamentaria carecía de sentido para ellas, que no estaban dispuestas a aceptar el veredicto de las urnas si les resultaba adverso, que su objetivo era la implantación de la dictadura del proletariado -una meta no tan claramente abrazada por los nacionalistas catalanes, que optaban por el secesionismo- y que, llegado el caso, no dudarían unos y otros en volver a recurrir a la violencia armada para lograr sus objetivos.

    El republicano Salvador de Madariaga, en su obra España, pp. 434-435, levantó acta de lo que acababa de suceder con aquella revolución frustrada: "El alzamiento de 1934 es imperdonable. La decisión presidencial de llamar al poder a la CEDA era inatacable, inevitable y hasta debida desde hace ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era, a la vez, hipócrita y falso. Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936".

    A partir de la sublevación socialista-secesionista catalana de 1934 quedó trágicamente de manifiesto que las izquierdas no respetarían la legalidad republicana y se acrecentó el miedo de las derechas a un nuevo estallido revolucionario que acabara con el sistema parlamentario y, exterminando a sectores enteros de la población, desencadenara una revolución cruenta a remedo de la soviética en Rusia. Los sucesos de octubre fueron el antecedente y desencadenante de la cercana guerra civil. Durante el alzamiento revolucionario-secesionista, las Fuerzas Armadas y las de Orden Público permanecieron, salvo contadas excepciones, fieles al Gobierno, y la mayoría de la población española no deseaba embarcarse en el proyecto soviético; por eso la revolución no se precipitó hacia una guerra civil formal. En julio de 1936 las Fuerzas Armadas y las de Orden Público actuaron profundamente divididas y la población española también, abierta e irreconciliablemente enfrentada; por eso se planteó el conflicto como guerra civil prolongada.

    Por su parte, el gran preparador logístico de la revolución de Asturias, el socialista Indalecio Prieto, declararía solemnemente en 1942 (Discursos en América, confesiones y rectificaciones, ed. Tollocán, Méjico, 1944): "Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en el movimiento revolucionario de octubre. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de  responsabilidad en la génesis de aquel movimiento; pero la tengo plena en su preparación y desarrollo".

    El inconcluso conflicto de octubre condicionó y determinó la política española los siguientes 21 meses, hasta julio de 1936, bandera de combate para unos y espectro aterrador para otros, sin lugar a la reconciliación o al pragmático olvido. A lo largo del año 1935 estallaron varios procesos bélicos de reducida dimensión, pero suficientes para anular cualquier intento serio de pacificación. Entre esos procesos destaca la hegemonía del sector revolucionario de Largo Caballero en el PSOE, que el grupo de Indalecio Prieto no logró contrarrestar. El único sector legalista y pacífico del PSOE era el encabezado por Julián Besteiro, quedando laminado por las otras dos facciones de mayor peso y beligerancia en el seno de esta formación política.

    El fracaso del intento llevó a los políticos de izquierda, y posteriormente a los historiadores afectos, a maquillar los hechos, a mutilarlos o a procurar su olvido. La propaganda próxima a los sucesos, en especial durante la campaña electoral de 1936 y, luego, bajo el predominio del Frente Popular, contribuyó con exageraciones, medias verdades, mentiras manifiestas y absoluta exculpación de los responsables de la revuelta, a aumentar el desconcierto y el odio.

    Describe la planificación propagandística el historiador Ricardo de la Cierva en su obra Socialismo, pp.120-121: "Durante los seis últimos días revolucionarios, mientras los líderes socialistas, con el dinero que habían tomado en los bancos, huían al monte, trataban de esconderse o emigraban, los comunistas se situaron en primer plano. Ni después del 12 de octubre de 1934, fecha inicial de la desbandada socialista, ni después del 5 de marzo de 1939, fecha inicial de la revuelta comunista con la que terminó la guerra civil, hubo propósitos auténticamente numantinos por parte del comunismo en España. Los propósitos fueron mucho más sencillos y mucho más inteligentes: dejar montada una cabeza de puente propagandística, apoderarse de una revolución cuando se hundía políticamente, pero históricamente comenzaba a convertirse en mito, y agrupándose bajo la nueva bandera raptada conseguir al fin el sueño nunca abandonado de frente único por la base y esperar, lo que no parecía nada improbable, a convertirse en vanguardia y en grueso del próximo ejército rojo en cuanto el eterno retorno del péndulo español lo permitiese".

    La maniobra propagandística estaba prevista desde el primer momento, pues, como consta en sus propios testimonios, los jefes socialistas habían acordado, en caso de derrota, negar cualquier responsabilidad, atribuyendo el movimiento a una protesta espontánea "del pueblo" por el acceso de la CEDA al gobierno. La defensa de la Esquerra Republicana de Catalunya, ERC, ante el Tribunal de Garantías Constitucionales, negando las evidencias con descaro absoluto, resulta un documento desbordante de patetismo. También en Barcelona habrían sido las masas "espontáneamente" las causantes del desorden, y el gobierno autónomo el que había buscado "una salida" a la situación. Había ocurrido exactamente al revés. El PSOE y la ERC habían intentado llevar las masas a la guerra civil, y la inmensa mayoría de la gente prefirió mantenerse en la legalidad. Por esa actitud de la población, ante todo, fracasó el movimiento.

    Pero esa misma propaganda que la izquierda, ducha en tales menesteres, comenzó a desplegar muy pronto, una vez comprobado que la represión sobre ella era más teórica que práctica, a extremo condescendiente para quienes pretendieron abocar a España a una tiranía de corte soviético, sin proceder a la ilegalización de las formaciones políticas implicadas, permitía intuir y deducir que llegada de nuevo al poder los revolucionarios serían considerados rectos y los que a ellos se opusieron, obedeciendo a las leyes, podían ser acusados y condenados; en otras palabras: la inversión de los conceptos y las actitudes convirtiendo al asesino que fuera votado por sus conciudadanos en vencedor y persona dotada de razón e inmunidad.

    Puede decirse que entonces, en 1934, comenzó la guerra civil, y no sólo porque sus autores la hubiesen querido e intentado, con éxito en Asturias durante dos semanas, sino porque después no cambiaron de orientación. El espíritu de la insurrección de octubre permaneció inalterado. Besteiro había acusado a los otros dirigentes socialistas de "envenenar a los trabajadores" con una propaganda falsa y cargada de odio. Ahora esa propaganda alcanzaba las cimas más altas, y lograba cambiar el ambiente popular: si algo había demostrado la intentona de guerra civil es que las masas no estaban lo bastante radicalizadas para seguir los llamamientos de los jefes izquierdistas, pero los infundios sobre la represión crearon un clima de agravio y rencor que se manifestaría con auténtica furia en 1936. También quedó plenamente claro el carácter legalista de la CEDA. De haber sido un partido fascista, como gustaba de insistir la izquierda, habría aprovechado el alzamiento izquierdista para replicar con un contragolpe desde el poder que acabase de una vez por todas con la República. La derecha defendió entonces, en nombre de las libertades, una Constitución que no le gustaba y que pensaba reformar siguiendo los pasos legales. También suele quedar semioculto este hecho crucial y demostrativo en una historiografía tremendamente deformada por los prejuicios -y necesidades imperativas- de la progresía. Por supuesto, la conducta estrictamente legal de la CEDA no le sirvió de nada ante sus enemigos, los cuales siguieron motejándola de "fascista" con redoblada cólera. La documentación disponible es ampliamente conocida y difundida.

    Para el historiador Claudio Sánchez Albornoz Mi testamento histórico-político, p. 44, "la revolución de octubre, lo he dicho y lo he escrito muchas veces, acabó con la República".