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Memoria recobrada (1931-1939) VI

 

Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. En esta entrega se publican sendas cartas, de José Ortega y Gasset y Francisco Franco Bahamonde, advirtiendo en diferentes momentos a las autoridades de la República de la equivocada y peligrosa deriva que tomaba; y  la revuelta anarquista y el asunto de Casas Viejas. 


¡No es esto, no es esto!

Carta de José Ortega y Gasset publicada en el diario Crisol, el 9 de septiembre de 1931.

"Desde que sobrevino el nuevo régimen no he escrito una sola palabra que no fuese para decir directa o indirectamente esto: ¡No falsifiquéis la República! ¡guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad...

    Con esta predicación no proponía yo a los republicanos ninguna virtud superflua y de ornamento. Es decir, que no se trata de dos Repúblicas igualmente posibles una, la auténtica española, otra, imaginaria y falsificada entre las cuales cupiese elegir. No: la República en España, o es la que triunfó, la auténtica, o no será. Así, sin duda ni remisión.

    ¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de ‘derecha', la de ‘izquierda'? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente ni en España ni fuera de España. (....) No es cuestión de ‘derecha' ni de ‘izquierda' la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el «radicalismo» es decir, el modo tajante de imponer un programa. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España compárese su historia con cualquier otra no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido.

    (... ) Pero en esta hora de nuestro destino acontece, además, que ni siquiera ha habido vencedores ni vencidos en sentido propio, por la sencilla razón de que no ha habido lucha, sino sólo conato de ella. Y es grotesco el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar la ejecutividad de sus propósitos en la revolución. Mientras no se destierre de discursos y artículos esa «revolución» de que tanto se reclaman y que, como los impuestos en Roma, ha comenzado por no existir, la República, no habrá recobrado su tono limpio, su son de buena ley. Nada más ridículo que querer cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado duros y largos esfuerzos. Son muy pocos los que, de verdad, han sufrido por ella, y la escasez de su número subraya la inasistencia de los demás. Una cosa es respetar y venerar la noble energía con que algunos prepararon una revolución y otra suponer que ésta se ha ejecutado. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Lo digo así, taxativamente, porque es ya excesiva la tardanza de muchas gentes en reconocer su error, y no es cosa de que sigan confundidos lo ciegos con los que ven claro. Se hace urgentísima una división de actitudes para que cada cual lleve sobre sus hombros la responsabilidad que le corresponde y no se le cargue la ajena.

    Las Cortes constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que ‘se aprovecha'. Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se «aprovechase» de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.

    Yo confío en que los partidos (...) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores.

    Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: ‘¡No es esto, no es esto!'

    La República es una cosa. El ‘radicalismo' es otra. Si no, al tiempo.

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El comunismo libertario. La utopía anarquista. Casas Viejas

En el mes de octubre de 1932 se había creado el Instituto de Reforma Agraria, más los créditos afectados eran mínimos y mínimo también el empuje reformista. Y, sin embargo, nadie desapasionado podía negar que el campo español necesitaba una sustancial reforma, bien planeada y potenciada económicamente.

    La utopía del anarquismo crecía en España, contagiándose en algunas regiones, Andalucía y Extremadura principalmente, a las masas socialistas. El sueño delirante pedía el triunfo inmediato de una libertad sin límites, una libertad que repudiaba "el comunismo de convento, de cuartel, el montón o el rebaño, como en Rusia".

    El mes de Agosto de 1932 registraría algunos hechos revolucionarios, que se recrudecerían en los meses sucesivos con incendios de templos, quema de cosechas, asaltos sangrientos y huelgas, singularmente violentas en noviembre y diciembre, destacando por su gravedad la de los mineros en Asturias orquestada por los socialistas afectos al Sindicato respectivo. El paro creaba más paro y el Gobierno, en particular el ministro de Trabajo, Largo Caballero, veía como no se acataban sus órdenes y directrices y como sus obreros de la UGT amenazaban con pasarse a otros sectores proletarios.

    En la Navidad de 1932, el número de obreros parados en toda España rebasaba el medio millón, mientras la depresión económica hacía sentir sus efectos en un terreno hasta entonces inmune: la popular lotería de Navidad, que registró el mayor número de devoluciones en su reciente historia.

    El año 1933 comienza con la amenaza de un movimiento ácrata de carácter general. La revuelta estalla al atardecer del 8 de enero y en Madrid, Lérida y Barcelona se intenta asaltar los cuarteles, mientras que en otras localidades catalanas se producen choques violentos. Los desórdenes se correrán a Levante, Aragón, Asturias y Andalucía, encontrándose por todas partes depósitos de armas y explosivos.

    La huelga revolucionaria organizada por la FAI estalló en muchos lugares el 8 de enero de 1933, pero el jefe del Gobierno, Manuel Azaña, y el ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga, habían comunicado órdenes de represión muy enérgicas al director general de Seguridad, Arturo Menéndez y la rebelión anarquista fue sofocada con docenas de muertos y heridos entre los revoltosos y la fuerza pública.

    El día 11 de enero se proclama el comunismo libertario en la aldea-pedanía gaditana de Casas Viejas, perteneciente al municipio de Medina Sidonia, habitada por gentes míseras. Se aglutinaba, bajo una propaganda de odios, la desesperación y cólera de los braceros andaluces de vida miserable. Como es de rigor, los revolucionarios atacan a los guardias civiles locales, hiriendo a uno. Llegan en dos tandas más fuerzas de la Guardia Civil, doce números, y, además, de Asalto conjuntamente a las órdenes del teniente Gregorio Fernández Artal y se sofoca la sublevación, quedando insumisa, resistiendo a vida o muerte, una única vivienda, la de Curro Cruz, apodado Seisdedos. Un guardia de asalto se adelante y trata de parlamentar, siendo herido y arrastrado al interior de aquélla, donde queda prisionero. Durante la noche se incrementa la fuerza, entrando en Casas Viejas a las dos de la madrugada, completa, una compañía de Asalto, al mando del capitán Manuel Rojas. Nuevo parlamento sin resultado y al final el incendio de la choza con sus ocupantes dentro, resultando muertos el Seisdedos, Curro Cruz, y todo su clan salvo un nieto y una nieta que lograron escapar. Ya de día se detiene a todos los sospechosos del pueblo, siendo llevados ante los cadáveres calcinados entre los que figura el guardia de asalto que fue hecho prisionero. Hay noticias de que en los montes próximos se encuentran, al parecer esperando, hasta 400 ó 500 hombres armados y decidios a todo, y que se proyecta una marcha sobre Jerez de la Frontera. El nerviosismo y un gesto insólito de uno de los detenidos ocasiona el fusilamiento inmediato y a quemarropa, entre las ruinas, de catorce extremistas. Habían sido heridos cuatro guardias de asalto.

    El Gobierno reconoce un total de diecinueve revoltosos muertos, un guardia de asalto muerto y varios heridos entre la fuerza pública. Azaña justifica posteriormente la represión para impedir u levantamiento general de la región, pero no asume el dictado de las órdenes.

    Es el drama anarquista de Casas Viejas que traerá incalculables consecuencias para Azaña y su gabinete. La sentencia que se firma el 28 de mayo de 1934 y que pone fin a la causa correspondiente da por probada la orden verbal, venida de algún escalón del Gobierno, de que nos e hiciesen ni heridos ni prisioneros y que se matase a cuantos habían hecho fuego contra la fuerza pública.

* * *

Casas Viejas descubrió lo que muchos negaban o ignoraban. Para ocultarlo el Gobierno republicano-socialista trató de envolver el suceso en una espesa niebla de ambigüedad, pero en el Parlamento se vio atacado por la fuerte oposición de grupos y personalidades republicanas que pronunciaron algunos discursos demoledores.

    Así, el del radical-socialista Eduardo Ortega y Gasset, señalando que después de dos años "la República había dejado a los campesinos sin campo y a  los jornaleros sin jornal, en situación de hambre y desesperación." O el de Alejandro Lerroux señalando que el fracaso gubernamental había sido "económico, social y político", y como consecuencia de ello el Partido Radical se veía en el doloroso trance de anunciar la decisión inquebrantable de "acudir a todos los medios reglamentarios para imposibilitar la obra de Gobierno".

    Frente a los opositores, Azaña se mostró desdeñoso: "En Casas Viejas no ha ocurrido sino lo que tenía que ocurrir".

    Calmado momentáneamente el vendaval, la visita de una comisión de parlamentarios a la aldea trágica avivó el fuego de modo espectacular, con renovados ataques al Gobierno. "No es posible que la República siga con esta mancha encima" (Salvador Sediles, sindicalista); "Para mí, un pequeño espacio del banco azul está manchado de sangre" (José Algora, socialista); "Casas Viejas es un Annual político; es el fracaso del sistema" (general Manuel Fanjul); "Creo que hay algo peor que el que el régimen se pierda, y es que caiga enlodado, maldecido de la Historia, entre vergüenza y lágrimas de sangre" (Diego Martínez Barrio, radical, maestro en la iniciación masónica de Manuel Azaña). Y desde la literatura, con la obra de Ramón J. Sender Viaje a la aldea del crimen.

    El 16 de marzo podía darse por terminado el largo y violento debate. Azaña remarcó ese día que no había para el Gobierno "ni asomo de responsabilidad criminal" y que en lo tocante a la responsabilidad política se negaba a aceptar cualquier debate. Pero no bastaba con negarlo todo para borrar lo que ya era imborrable.

    El terrible y gubernamentalmente encubierto episodio de Casas Viejas, al sumarse al informe del Fiscal General de la República, que señalaba una espiral creciente de delitos y a las protestas de las asociaciones de empresarios revelando las listas de asesinatos, produjo el desprestigio de la República.

    La situación general haría escribir a Miguel de Unamuno: "Nos han tupido de rencores el lecho de la Patria".

(Boletín de Información CNT-FAI, número 193. Joaquín Arrarás, Historia de la Segunda República Española, tomo II, pp. 81 y ss., pp. 87 y ss. José María García Escudero, Historia política de las dos Españas, tomo II, pp. 1082 y ss. Josep Pla, Historia de la Segunda República Española, tomo II, pp. 188 y ss. Ricardo de la Cierva, Historia de la Guerra Civil Española, p.241 e Historia actualizada de la Segunda República y la Guerra de España (1931-1939), pp. 57 y 58. Manuel Azaña, Obras Completas, tomo IV, pp. 448 y ss. Luis Suárez Fernández, Franco, crónica de un tiempo, p. 210. Diario Ahora, Madrid, número de 28-IV-33.

    En el libro de Joaquín Arrarás, Historia de la Segunda República Española, figura el acta redactada por los cinco capitanes de asalto y la declaración del capitán Rojas, responsable directo de lo ocurrido en Casas Viejas).

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Casas Viejas y el Gobierno republicano-socialista en la memoria de Manuel Azaña

Por la mañana también, y antes de salir yo al despacho, había venido Casares [Santiago Casares Quiroga], que me contó la conclusión de la rebeldía en Casas Viejas, de Cádiz. Han hecho una carnicería, con bajas en los dos bandos. Página 134.

 

Leo al Consejo [de ministros] cartas poco tranquilizadoras sobre la situación de los campesinos en la provincia de Cáceres. Coinciden con lo que Casares ha dicho repetidas veces al Consejo. Domingo dice que ha enviado más ingenieros agrónomos a Cáceres para el laboreo forzoso de tierras y reparto de fincas. Tengo la impresión de que también por aquí va a fallar la actividad de su ministerio.

    Casares nos habla del orden público. Todo está ya tranquilo. Algunos periódicos empiezan a decir que el Gobierno se excede (¿) en la represión. El Socialista [periódico, uno de los órganos de comunicación del PSOE] trae un artículo, en el galimatías que usa Zugazagoitia, tomando posiciones sobre el particular. No piensan lo mismo sus ministros, en particular Prieto.

    Fernando de los Ríos me dice que lo ocurrido en Casas Viejas es muy necesario, dada la situación del campo andaluz y los antecedentes anarquistas de la provincia de Cádiz. Por su parte, Largo Caballero declara que mientras dura la refriega, el rigor es inexcusable. Página 136.

 

Resulta, según he sabido hoy, que al Consejo del otro día se le daba gran importancia política, porque los ‘enterados' suponían que iba a surgir la crisis. Decían que no todos los ministros estaban de acuerdo con el empleo de la fuerza para sofocar lo de Casas Viejas, y hasta apuntaban una discrepancia con los socialistas. La gente ve visiones.

    Hoy me ha contado Luis Bello que un redactor de Luz, íntimo de don José Ortega, le ha acosado a preguntas, que partían también de aquel supuesto. Página 137.

 

Comida en casa de Margarita Xirgu. Después la llevo a La Quinta. En el camino se pone a nevar furiosamente. En La Quinta, despejada ya la tarde, hace un frío duro; con viento. Vuelvo al ministerio. Esplá me trae el informe reservado hecho por el teniente coronel Romeu sobre lo de Casas Viejas. Negras noticias. Esplá cree que en el informe hay animosidad del guardia civil contra los guardias de asalto. Acordamos enviar al juez los partes que tenemos, y los discursos pronunciados e el Congreso por los diputados de oposición, como base de nuevas investigaciones. Página 180.

 

Por la tarde debate sobre lo de Casas Viejas. Arremetida del grupo extremista (¿) que se ha entretenido en pasear cadáveres por el salón de sesiones. Alianza de Rodrigo Soriano y el general Fanjul; de republicanos que se llaman revolucionarios y de monárquicos.

    Exhiben una larga serie de horrores, y a cada uno que cuentan, Maura [Miguel] hace grandes aspavientos de asombro y de indignación. La pretensión de estos buenos señores es que el Gobierno autorizó los excesos cometidos en Casas Viejas, y que en 1.º de febrero, cuando se habló de ello en las Cortes, yo los conocía, y engañé al Gobierno y a la mayoría.

    La sesión ha sido un espectáculo repugnante. Vorazmente se han arrojado sobre la sangre, la han revuelto, nos han querido manchar con ella. Los radicales, sobre todo, han mostrado una saña terrible. A mí, ha concluido por levantárseme el estómago, descubriendo la podredumbre que hay bajo esta maniobra, y me he marchado del salón, porque no podía más. En los pasillos, en un corro de amigos, he desfogado mi indignación, y estaban muy sorprendidos de verme por primera vez enfadado. Yo no tengo obligación de aguantar, por ningún motivo, que se me acuse en las Cortes de engañar a mis compañeros y a los diputados. Esto no tengo obligación de aguantarlo. La conversación ha contribuido a calmarme. Es odioso tener que estar aguantando impasible en el banco azul los hipócritas clamores de unas gentes que sólo buscan la caza del Gobierno o hacer daño a la República. Si fuesen desinteresados y justos se contentarían con cooperar al restablecimiento de la verdad; y después, castigar al que haya faltado. Pero no es eso lo que les importa.

    Mi primer discurso ha producido buena impresión, y parece que ha convencido a las gentes de la buena fe del Gobierno. Martínez Barrio [Diego] ha cometido la perfidia de argumentar de este modo: ‘El Presidente del Consejo dijo en 1.º de febrero que en Casas Viejas había ocurrido lo que tenía que ocurrir; se demuestra que se ha fusilado a unos prisioneros; luego al Presidente le parece normal esta atrocidad'. (Esta conclusión quedaba sobreentendida, aunque casi patente). He replicado sobreponiéndome a mi asco y al dolor de vernos injuriados de tal modo. No desconozco que el relato de los sucesos nos deprime, y que la depresión nos perjudica.Página 186.

 

Casi todos estos señores [diputados del partido Radical-Socialista], cuando hice el discurso de Santander proponiendo la Federación de izquierdas, aparentaron disgustarse, alegando que la Federación podía ser el camino de la ruptura con los socialistas, de los cuales se creen hermanos entrañables; e hicieron todo lo posible porque la Federación fracasara; y casi lo han conseguido. Pero ahora, estos que ponían el veto a los radicales y se apegaban a los socialistas, censuran mi discurso del Frontón, y entablan negociaciones con los propios radicales. Tal hace el señor Gordón, que pretende presidir un Gobierno. Le secundan Valera y Feced, directores generales, como Gordón, en el ministerio que rige (¿) Domingo. Parece ser que el desgaste causado al Gobierno por los debates sobre lo de Casas Viejas, les brinda la ocasión de consumar sus planes. Páginas 188 y 189.

 

En el Consejo de hoy hemos examinado otra vez la situación. Les digo que yo no puedo ir a una batalla sintiéndome vencido de antemano. Estoy pronto a resistir, si el Gobierno quiere, y no me marcharé ni por lo de Casas Viejas ni por la obstrucción. Página 191.

 

Continúan las averiguaciones sobre el acta suscrita por unos capitanes de guardias de asalto. Anoche, a las once, tuve aquí a los dos Menéndez. El director de Seguridad me confirma que el acta existía y que la suscriben cinco capitanes. Me dijo que se proponía hacerse con el original y quemarlo. Se lo prohibí.  ‘No haga usted tal disparate. Esa acta comenzaría a ser temible en cuanto la hiciera usted desaparecer.' Lo ordeno que llame a los firmantes y los interrogue, recogiendo sus declaraciones por escrito, y les pida el documento, para unirlo a las diligencias. Que llame también a declarar a todos los jefes y a los demás oficiales del cuerpo que estén en Madrid, y que de todo ello haga un expediente y me lo traiga.

    También anoche, después de irse Menéndez, vino Saravia, ya tarde, y me contó que el capitán Rojas, cuñado suyo, que es quien mandaba en Casas Viejas, ha ido a decirle que unos capitanes le habían invitado a suscribir el acta y él se había negado. Saravia, discretamente, me insinuó que Rojas se quejaba de que habían querido sobornarle. Esto me produjo alarma, que recaía sobre otra anterior. Hace dos o tres días le dije yo a Saravia que esperaba que el capitán Rojas no perdería la cabeza y tendría serenidad bastante para exculparse, si no tiene culpa, o para sufrir las consecuencias, si la tiene. Saravia me dijo que encontraba a su cuñado absolutamente tranquilo, que negaba siempre lo que se viene diciendo respecto de los fusilamientos de prisioneros, y que estaba pronto (Rojas) a demostrarlo así, y a comparecer ante quien fuese necesario. En esta conversación le pregunté dónde estaba Rojas, y me respondió que en Sevilla, adonde había ido enviado por Menéndez para hablar con el teniente Artal, otro de los que estuvieron en Casas Viejas, que se hallaba muy decaído. Al ver a Menéndez le dije: ‘¿Dónde está Rojas?'. ‘No sé; ha salido de Madrid para asuntos particulares.'

    ¿Pero usted no sabe dónde puede estar? ¿No le encargué a usted que no le perdiera de vista?

    Creo que debe estar en Sevilla -repuso.

    Inmediatamente telefonea usted al gobernador para que busque a Rojas y tome el tren esta misma noche, y si el tren ha salido que le ponga en un automóvil.

    Cuando Menéndez vino a darme cuenta de sus primeras averiguaciones sobre el acta de los capitanes, me dijo además que Rojas ya estaba en camino de Madrid, y que la orden de regreso le había alcanzado en el tren. Esta aparente ignorancia de Menéndez respecto al viaje de Rojas a Sevilla me extrañó mucho, y la extrañeza creció hasta la sospecha cuando Saravia me dijo veladamente lo del intento de soborno de que se quejaba su cuñado.

    Igualmente anoche llamé al gobernador de Cádiz insistiendo en que buscase el rastro de las órdenes que se hubieran circulado entre Madrid y Cádiz y entre Cádiz y Casas Viejas el 11 y el 12 de enero. El gobernador (que tuvo en Casas Viejas un emisario, no sé si delegado u observador, el 11 y el 12 de enero, y que no ha dicho esta boca es mía) me contestó que todas las órdenes se dieron por teléfono, y que acaso alguna haya ido por el telégrafo, de la cual buscara los antecedentes.Páginas 193 y 194.

 

Hoy, después de comer, he hablado con el gobernador de Cádiz. Me ha dictado el texto del recado telegráfico pasado de Cádiz (a Casas Viejas) digo a Medina. No tiene nada de reprensible.

    Cortes. Paz en el salón de sesiones. Hervor en los pasillos. Lo del acta ha trascendido. Dicen que el original lo tiene Guerra del Río, y que se lo ha dado a leer a varios diputados. Unos temen, otros esperan un gran escándalo. El caso tiene todos los requisitos para que esta politiquería gárrula se encrespe y aún se asuste: militares en danza, documentos secretos, amenazas... Les he leído a Largo y a Prieto lo que resulta de la información, que deja reducido a nada el valor del acta, como prueba contra el Gobierno, y descubre su verdadero valor de artería política.

    En esto llegó Galarza. Se han reunido otra vez los radicales-socialistas. Dice Galarza que hay una fuerte reacción contra Gordón Ordás. Gordón quiere unirse a los radicales, y que se forme un Gobierno, ¡presidido por él!, con todos los grupos republicanos y los socialistas. Dice por ahí Gordón, y ha salido en algún periódico, que yo soy un político ‘frívolo y audaz'. He cometido una falta en eso de Casas Viejas, y es preciso imponerme una sanción; pero no tan fuerte como para recluirme en mi casa, y se me consentirá seguir siendo el ministro de la Guerra. Por su parte, otro diputado radical-socialista, Ballester, que fue romanonista, afirma que su partido no está para engordar a ningún personaje. Página 195.

 

En vista del giro que toma lo del acta y de las informaciones raras que me llegan, he resuelto llamar al capitán Rojas, que mandaba las fuerzas en Casas Viejas, e interrogarle personalmente. Este caso es peligroso, por el modo de ser de tales gentes y por la malicia general; cualquiera puede adivinar lo que son capaces de suponer acerca de esta entrevista si se divulgase. Rojas ha venido esta noche a las once. Le he recibido en mi despacho. No le había visto nunca. Su aspecto no predispone a favor suyo; la hechura de la cabeza no delata al hombre inteligente. Yo tengo la copia de la declaración, o más bien informe, dado por Rojas al director general sobre los hechos de Casas Viejas; en su escrito, Rojas niega que recibiese órdenes monstruosas y niega también que se fusilase a nadie. Tengo asimismo la información practicada por lo del acta, que me ha traído Menéndez, aunque no terminada, pero en la cual consta la declaración de Rojas, diciendo que supo lo del acta por referencias, y que estando acuartelado en Pontejos, no recibió ninguna orden especial. Si algo me llamaba la atención, dado el papel que había desempeñado este hombre, era la extrema concisión de su testimonio.

    Basado en tales antecedentes, le pregunté primero el origen del acta y su participación en ella. Me dijo: que él había prometido hacerse responsable de todo lo ocurrido en Casas Viejas, y dado su palabra de honor, y que cuando le piden un favor y lo promete, sacrifica hasta la cabeza, si es preciso.  Que fue a Sevilla hace unos días, por encargo de Menéndez, para hablar con el teniente Artal, que estaba muy decaído; que en el tren, de regreso, un  agente de policía le preguntó quién era y se cercioró de su identidad (probablemente, esto se debió a mi orden de hacer regresar inmediatamente a Rojas); que en la estación de Madrid le esperaba el secretario del director general, que le llevó a un café, y allí le exhortó a ser hombre y le insinuó la conveniencia de que hiciese un viaje y hasta le habló de dinero; que esta gestión del secretario de Menéndez le indignó mucho, y le hizo cambiar de actitud; que no sabe cómo sus compañeros, los capitanes de Madrid, se enteraron de que él estaba dispuesto a hacerse responsable de todo, y fueron a decirle que no lo consentían, que no hiciese el tonto, y que por favorecer a otros no debía manchar el honor del cuerpo; que él se negó al punto a secundarlos; le dijeron también que habían consultado el caso con Lerroux, y les había aconsejado que pusieran sus manifestaciones por escrito; que por esta razón los cinco capitanes suscribieron el documento en que declaran haber recibido de sus jefes la orden de no hacer heridos ni prisioneros; que suscrita el acta, siguió negándose a firmarla; pero que lo intentado por el secretario del director, y el haber pretendido en la dirección que contradijese terminantemente en la información practicada los asertos de los cinco capitanes, le han decidido a cambiar de conducta; que ha resuelto ‘irse con los capitanes', es decir, declarar que, en efecto, hubo la orden de no hacer heridos ni prisioneros. Página 195.

(Manuel Azaña, Diarios 1932-1933).

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Alternativa entre la revolución del Frente Popular o el restablecimiento del orden con ayuda del Ejército

Carta del Capitán General de Canarias, Francisco Franco Bahamonde, al Presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga, fechada el 23 de junio de 1936.

Extracto en 10 párrafos:

Es tan grave el estado de inquietud que, en el ánimo de la oficialidad, parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tiene la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales.

    Las recientes disposiciones, que reintegran al Ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos, antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de 1917 no se había alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del Ejército.

    Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares, con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento a toda la colectividad militar; todo esto, excelentísimo señor, pone aparentemente de manifiesto la información deficiente que acaso en este aspecto debe llegar a V.E., o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pueden tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar.

    No desearía que esta carta pudiera menoscabar el buen nombre que poseen quienes en el orden militar le informan o aconsejan, que pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilidad de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas permiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y son algunas veces contrarias a los intereses patrios presentando al Ejército bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad.

    Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes en su mayoría de historial brillante y de elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos así como aquellos de más distinción y confianza a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes.

    No se sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y a cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados, con Dictadura y Monarquía. Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la Patria quienes disfrazan la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndolas aparecer como símbolos de conspiración y desafecto.

    De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del Ejército en el año 1917 surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las Juntas Militares están hechas. Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales UME y UMRA, son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no se acude a evitarlo, cosa que considero fácil con medidas de consideración, ecuanimidad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectiva de 1917, motivado en gran parte por el favoritismo y arbitrariedad en la cuestión de destinos, fue producido en condiciones semejantes, aunque en peor grado que las que hoy se sienten en los Cuerpos de Ejército.

    No le oculto a V.E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectiva en los momentos presentes en que se unen las inquietudes profesionales con aquellas otras de todo buen español ante los graves problemas de la Patria. Apartado muchas millas de la Península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público.

    Conocedor de la disciplina, a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegurarle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares que cualquier medida de violencia no justificada, produce efectos contraproducentes en la masa general de las colectividades al sentirse a merced de actuaciones anónimas y de calumniosas delaciones.

    Considero un deber hacer llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V.E. puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de cuerpo que, exentos de pasiones políticas, viven en contacto y se preocupan de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados. 

    Santiago Casares Quiroga dejó sin respuesta la carta.  Consideraba a Francisco Franco Bahamonde como un enemigo y, tras los tormentosos escarceos con Largo Caballero, líder socialista vinculado a la Komintern, había decidido no oponerse a la progresión revolucionaria del socialismo.

(Luis Suárez Fernández, Franco, crónica de un tiempo, pp. 304 y 305. Ricardo de la Cierva y Hoces, Francisco Franco, tomo I, p. 430).

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