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La incorporación de Navarra a la Corona de Castilla

 

El nombre de Fernando va emparejado al de Isabel, ambos son los Reyes Católicos, y ambos imprescindibles para conocer y sentir la Historia de España. De ellos dos fue el mérito rector de unir a España, forjando de la Nación un Estado, el más antiguo de Europa, y de iniciar el mayor imperio que ha conocido la humanidad.

    Sintetizada la figura y la obra de Isabel la Católica, mujer y reina, en artículo precedente, destacado su testamento, complete este artículo, en forzada síntesis, la figura y obra de Fernando el Católico, hombre de armas, conquistador y estadista, rescatando de su biografía el preámbulo y la conclusión, por así citar los extremos de su trayectoria, estudiada con ciencia y detalle por el historiador José María Moreno Echevarría en su libro biográfico Fernando el Católico.

 

Los Reyes Católicos isabel y Fernando.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

Imagen de www.vavel.com

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Fernando dirigió el timón del Estado al fallecer su esposa la reina Isabel, quien le postuló en vida y en herencia como rey de Castilla, y por ende de España, confiando en él, de igual manera, la educación y madurez para gobernar en el futuro de su nieto Carlos.

    En los doce años que Fernando el Católico tuvo que gobernar solo, de 1504 a 1516, dio las más concluyentes pruebas de su extraordinaria capacidad y también, pues antes ya había dado sobradas muestras de ello, cuando se reafirmó como excepcional estadista. En el gobierno interior del reino y en circunstancias difíciles, fue su labor tan perfecta que no echó de menos la falta de Isabel, mientras en el exterior, en ese plano internacional donde se gestaba el mayor imperio conocido, escalaba cimas insospechadas iniciando y patrocinando la moderna política europea de las grandes alianzas.

    En tan breve periodo de tiempo Fernando se convirtió en el árbitro de una Europa cuyo entramado político manejaba con insuperable habilidad; y también cimentó el imperio español norteafricano, dando ya entonces lecciones de geopolítica que, lamentablemente, no tuvieron la debida continuidad en sus sucesores más preocupados por otros territorios que estos vecinos.

 

En su actuación política Fernando jamás se dejó influenciar por consideraciones ni sentimientos personales.

    Los constantes éxitos que jalonaron su reinado se sustentan en su innegable superioridad como estadista sobre todos los políticos contemporáneos. En esa superioridad radica el secreto de sus constantes triunfos, pues en el terreno político se desenvolvía con absoluta confianza en sí mismo y en sus objetivos. Analizando objetivamente su actuación política, observando los adversos comienzos que le asediaron, comprobando los muchos e ingentes obstáculos que hubo de sortear o superar y, finalmente, contemplando la grandiosa obra realizada, se ha de admitir que su figura alcanza proporciones extraordinarias, convertida en la de un estadista genial y por desgracia para la España actual irrepetible. Como la figura de Isabel la Católica.

 

Fernando e Isabel, primero juntos, crearon un magnífico edificio que la historia inscribe como Imperio español; después él, como único protagonista, consiguió pasar del prólogo a los capítulos. El propio Fernando reclama en su testamento: "Esta heredad que yo labré con mis manos".

 

Fernando el Católico.

Fernando el Católico

Imagen de www.elcorreo.com

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El último gran acto político de Fernando es el de presidir las Cortes de Castilla en 1515.

    Está gravemente enfermo, pese a que su espíritu le impone seguir en la brecha y vivir, a su manera de siempre. Hallándose en Mejorada se agravan sus dolencias, pero su robusta naturaleza vuelve a imponerse y consigue restablecerse lo necesario para desempeñar su jefatura. Los asuntos de Europa se han conciliado, a su parecer, y eso le resta preocupaciones; ahora corresponde solucionar asuntos hispanos, los inherentes a la gran nación en marcha.

    Firme en su voluntad y resuelto, no obstante tiene que ser conducido en silla de manos por los caminos, las calles y las cámaras de palacio.

    Pero en cuanto siente que la mejoría llama a su cuerpo vuelve a la vida andariega y se dirige a Ventosilla a cazar ciervos. Camino de Burgos donde tendrá lugar el hecho relevante citado al comienzo de este epígrafe. Fernando viaja con su última esposa, Germana de Foix, celebrado el matrimonio por razones de Estado; ella, a quien Fernando acompaña hasta Aranda de Duero, va a presidir en solitario las Cortes de Calatayud. Cada uno a cumplir su encomienda. Fernando es esperado en Burgos para, con su presencia real, sancionar la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla.

    El hecho merece un apunte. A lo largo de su historia, Navarra había estado más vinculada al reino de Aragón que al de Castilla, e incluso los navarros preferían la unión con los aragoneses. El que Fernando no incorporara Navarra a su propio reino, el de Aragón, responde a una determinación personal: no lo consideró conveniente. También en esta señalada ocasión dejó al margen consideraciones, prejuicios y sentimientos particulares para dejarse guiar únicamente por consideraciones políticas de interés nacional. Dos, principalmente, fueron las razones que le hicieron adoptar esta decisión. La primera, el temor de que incorporando Navarra a Aragón se extendiese por la primera el espíritu de libertad tan arraigado en el reino aragonés, donde los monarcas veían siempre coartada su autoridad por una oposición legal basada en los fueros del reino y en las libertades públicas. Los navarros, agitados por continuas turbulencias y desgarrados por sangrientas luchas de partidos, podrían ser mejor sujetados desde castilla que desde Aragón; los monarcas castellanos ejercían su potestad, gozando de más poder y autoridad que sus homólogos aragoneses. La segunda razón que influyó en Fernando fue de orden internacional. En caso de una guerra con Francia, Navarra sería mejor defendida desde Castilla que desde Aragón. Por lo tanto, políticamente era aconsejable su incorporación a Castilla y para Fernando esta razón de interés general eliminaba cualquier otra consideración de la índole que fuese. De ahí que el 15 de junio de 1515, mediante solemne declaración en las Cortes de Burgos, Navarra quedó incorporada al reino de Castilla.

 

Culminado un asunto de importancia, a Fernando le ocupa otro, también importante aunque habitual, que le obliga a desplazarse a su Aragón natal a resolver las dificultades surgidas en las Cortes de Calatayud a las que se ha hecho referencia en líneas anteriores. De nuevo los tradicionales choques entre la nobleza y la corona.

    No se trata de la rebeldía de nobles soberbios y poderosos cual sucede en castilla, con solución relativamente fácil. En Aragón el enfrentamiento con el poder real se produce en las Corte4s, donde la nobleza actúa de forma conjunta, como un todo, como un brazo ejecutor y legislativo, asumiendo, con más o menos argumento, las libertades del reino. Tras interminables discusiones, el avejentado y achacoso Fernando no puede convencer a las irreductibles Cortes aragonesas. Nadie varía de postura u opinión.

    Fernando regresa en octubre a Castilla, mientras su esposa Germana se dirige a Lérida para presidir las Cortes catalanas.

 

A todo eso, pues ni la historia ni el mundo se detienen a voluntad de cronistas o mandatarios, en Italia suceden episodios de gran trascendencia. Francisco I, rey de Francia, terminados sus preparativos pasa a Italia y los suizos se deciden a cortarle el paso. Los suizos confían en la llegada de las tropas españolas y pontificias al mando de Ramón de Cardona, hombre indeciso, poco seguro de sus propias fuerzas y aún menos de las ajenas, con lo que ni ataca al ejército veneciano de Bartolomé de Albiano ni busca la unión con sus aliados, suizos y pontificios; la inacción es su consigna.

    Los franceses se apoderan de Novara y entran en Milán al derrotar a los suizos en la batalla de Marignan, sin que Cardona haya hecho lo mínimo por impedir el desenlace. Ante la situación creada, Fernando ordena a Cardona que se retire a Nápoles y recomponga su ejército para la conquista dela isla de  Gerbes.

    Con esta victoria y la consiguiente ocupación de Milán, el panorama en la península italiana ha sufrido un cambio pernicioso para los intereses de España. El Papa se apresura a firmar la paz con Francia y, a la vez, se establece una alianza entre Francia, Venecia y el Papado. La estrella de Francisco I está en alza y Francia acaricia la idea de imponerse en Europa.

    El rey Fernando comprende que ha de tomar medidas de todo tipo para frenar esta probable expansión del vecino enemigo, por lo que intenta atraerse nuevamente al rey inglés Enrique VIII. Cuenta para ello con el apoyo del cardenal Wosley, ministro de Enrique, y al cabo firman un renovado acuerdo España e Inglaterra. Esta alianza es un dique a las ambiciones de Francisco, aunque Fernando, desde el abandono de la campaña de 1512, confía poco en la alianza con los ingleses. Tiene motivos para desconfiar.

    Tampoco la situación en África era satisfactoria. Horuc, el mayor de los hermanos Barbarroja, puso sitio en julio de 1515 a la ciudad de Bugía, defendida por Ramón Carroz. En agosto la sitiada población recibió el socorro del virrey de Mallorca, Miguel Guerrea; cosa que permitió aguantar hasta que en diciembre Barbarroja levantó el cerco.

 

En noviembre, "estando ya muy mal dispuesto", Fernando viaja a Plasencia, "por haber muy buenos vuelos de garzas", a tratar de aliviar sus cuitas y tribulaciones de gobierno cazando por Extremadura.

    Como era bien conocida la enfermedad del rey Fernando, y se temía su muerte de un momento a otro, en Flandes los consejeros del príncipe Carlos (nieto de los Reyes Católicos), que ya había alcanzado la mayoría de edad, en previsión de que el testamento de Fernando manifestase sorpresas desagradables, se apresuraron a enviar a Castilla con plenos poderes a Adriano de Utrech, preceptor del príncipe Carlos, para tratar con el rey de España las cuestiones relativas a la sucesión.

    El acuerdo que concertaron las partes consistió en que el rey Fernando conservaría el gobierno de Castilla hasta su muerte y el príncipe Carlos le sucedería, al producirse el óbito, en todos sus reinos y dominios. En este acuerdo Fernando puso especial interés en asegurar el porvenir del infante Don Fernando, hermano de Carlos, que era su nieto preferido, ya que, criado en España, lo consideraba más español que al austriaco y flamenco Carlos. Austria y Flandes, y no le faltaban muchas y poderosas razones para ello, le inspiraban a Fernando, español hasta la médula, escasa simpatía.

 

La intensa vida del rey Fernando llega a su fin.

    De Plasencia, "don harto trabajo y fatiga" va a Zaraicejo, pero no para detenerse. No quiere reposo, no quiere permanecer varado en el lugar que sea; su enorme vitalidad reclama constante movimiento. Sabe que el tiempo se acaba pero sus obligaciones persisten, y al menos a las más perentorias ha de darles una solución duradera.

    Aunque ha dictado dos testamentos, camino de Madrigalejo, cuidado en una casa rústica llamada de Santa María, dicta el que será definitivo. Convierte a su hija Doña Juana en heredera universal, y dada la incapacidad de ésta, pasa el legado a su nieto primogénito, el príncipe Carlos. Hasta la llegada del príncipe Carlos a España nombra regente o gobernador de Castilla al cardenal Cisneros, y de Aragón a su hijo natural, Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza. También escribe una última carta a su nieto Carlos, en la que señala: "Ha placido a nuestro Señor de ponernos en tales términos, que habemos de proveer más como hombre muerto que vivo".

    Desde Lérida, donde presidía las Cortes de Cataluña, llega presurosa Germana de Foix. En una humilde estancia de la modesta vivienda citada, inserta en el duro paisaje extremeño, Fernando agoniza. Relata Ricardo del Arco en su obra Fernando el Católico: "Con su hábito de Dominico, demacrado, libre ya de la hinchazón hidrópica, las manos en cruz y la mirada en lo alto, entrega su alma a Dios, entre tres y cuatro de la madrugada del miércoles 23 de enero de 1516. Le faltaba mes y medio para cumplir 64 años".

    Pidió ser enterrado en la Capilla Real de Granada junto a su amada esposa la reina Isabel I.

 

Los Reyes Católicos Isabel y Fernando.

Los Reyes Católicos

Imagen de www.armas-de-hispania.com

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La muerte del rey Fernando el Católico consternó al pueblo castellano. Sin embargo, no fue un sentimiento compartido, inicialmente, por la nobleza. Relata Jerónimo Zurita en su obra Vida del rey Don Hernando el Católico: "Los más de los Grandes de Castilla mostraron tanto contentamiento y alegría de su fallecimiento que daban gracias a Nuestro Señor, afirmando que les había librado de una muy dura sujeción y servidumbre, pues temían más su benignidad y clemencia que el rigor de la Reyna Católica. Pero cuando el respeto de lo propio y particular se fue olvidando, fueron reconociendo que habían perdido aquellos reinos el más excelente Gobernador que tuvieron jamás".

    Puede que el más grande estadista que ha tenido España. El que virtualmente de la nada, con un reino de Aragón extenuado y consumido por diez años de guerra civil y una Castilla en descomposición a causa del caos y la anarquía en las que estaba sumida, creó la obra magna que la historia universal conoce con el nombre de Imperio español. Y lo hizo merced a un trabajo paciente y meticuloso, ese inmarcesible empeño con el que se forjan las grandes gestas y los grandes imperios.

    Fernando el Católico cimentó una obra concienzuda y sólida, en definitiva duradera. Suya y de Isabel fue la génesis del imperio, al que proporcionaron, cada uno en su momento y desde el absoluto convencimiento, una base firme; de tal suerte que pese a la ineptitud o desidia de los sucesores, el imperio creció y floreció de uno a otro confín.

    Fue la de ambos, pero en este artículo singularizándola en Fernando, una obra paciente, minuciosa, trabajada a diario, sin desmayo, sin que pudiera la desazón cundir en el ánimo. A ella dedicó toda su vida en unas tierras ingratas y sembradas de envidia. Por eso el rey Fernando, presintiendo que un día hasta sus compatriotas pretenderían despojarle de la gloria de haber transformado su pobre herencia en el imperio que legó a sus sucesores, en vida la reclama con esta frase: "Esta heredad que yo labré con mis manos".

    Merece el mayor reconocimiento y la sincera admiración de los españoles, excluidos los habituales partidarios de la envidia, la mentira y la confabulación, siempre medrando en el suelo patrio; siempre apoyados en voceros e insidias que persiguen una compensación en dinero, títulos o prebendas.

    Muchos han sido los elogios en el pasado e inmenso el olvido reciente, como en tantas cosas que engrandecen y honran la memoria de España; es una tendencia infame pero rentable, plagada de falsedades pero infiltrada en cualquier ámbito público. Quedan atrás las alabanzas y los laureles, como atrás ha quedado aquel imperio magnífico y variopinto. Atrás y lejos, no obstante presentes y vigentes para los españoles agradecidos y orgullosos de tan eximios ancestros.

    Valgan las palabras del insigne Baltasar Gracián, con su cortante y lacónico estilo, como homenaje a Fernando el Católico, a quien esculpe con frase lapidaria: "Antepongo un rey a los pasados; propongo uno a los venideros". No se puede decir nada mejor de un soberano, de un gobernante, de un estadista forjador de imperio: superior a sus predecesores y modelo para los sucesores. Más breve aún esta sentencia del mismo autor en su obra El político Don Fernando el Católico: "Oráculo mayor de la razón de estado". Acompañada ésta por coetáneas como Política y razón de Estado del Rey Católico Don Fernando, de Diego Saavedra Fajardo, o Perfecta razón de Estado, deducida de los hechos del Señor Rey Don Fernando el Católico, de Juan Blázquez de Mayoralgo.

 

Fernando el Católico.

Fernando el Católico

Imagen de www.patrimoniumhispalense.com

 

Convicción arraigada al punto que de ella participaron esos sucesores a los que no ofuscaba el poder ni la gloria que los rodeaba. Felipe II, sirva como ejemplo, cundo pasaba por delante de un retrato del rey Fernando y de la reina Isabel los saludaba quitándose el sombrero a la par que justificaba su gesto con sentida veneración: "A ellos se lo debemos todo".

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Fernando II de Aragón nació en la villa de Sos del Rey Católico el 10 de marzo de 1452, fue rey de Sicilia de 1468 a 1516, de Castilla como Fernando V de 1474 a 1504, de Aragón entre 1479 y 1516 y de Nápoles como Fernando III de 1504 a 1516. Además de regente de la corona de Castilla entre 1507 y 1516. Apodado el rey Católico, igual que a Isabel I de Castilla se le apodó la reina Católica.

 

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

Alonso de Mena: Retablo-relicario de los Reyes Católicos, s. XVII. Capilla Real de Granada.

 

Compendio de frases en honor de Fernando el Católico pronunciadas por insignes personajes:

Fue era de políticos, y Fernando el catedrático de Prima.

Cada uno de los dos [Fernando e Isabel] era para hacer un Siglo de Oro y un reinado felicísimo, cuanto más entrambos juntos.

Antepongo un rey a los pasados; propongo uno a los venideros.

Oráculo mayor de la razón de estado.

Baltasar Gracián

 

Fernando conducía a los castellanos a empresas y empeños de acción exterior para que cubriesen el celo de su independencia patria.

Fernando fue el más perspicaz y penetrante de los hombres.

Este rey ha llegado a esta grandeza sabiendo "dare di se molta spettazione, e fu sempre animoso datore de principii".

Nicolás Maquiavelo

 

Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes en que todos los príncipes de España deben mirarse.

Padre Juan de Mariana

 

Fernando era todo equilibrio y prudencia, dotado de todas las cualidades morales y físicas necesarias para un dominador de hombres.

El rey Fernando es sin duda el más grande político que ha producido España.

Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya

 

Cualquiera que con él hablase le amaba y le deseaba servir.

                                                                                                    Hernando del Pulgar

 

Cuando la tradicional política de Castilla logró conquistar para sus fines el espíritu claro, penetrante, de Fernando el Católico, todo se hizo posible.

José Ortega y Gasset

 

El joven príncipe fue siempre el mozo más claro de aquellos tiempos.

Arzobispo Alfonso Carrillo

 

Fernando e Isabel fueron las luminarias.      

Salvador de Madariaga

 

El Rey Católico tuvo una clarividente visión supranacional.

José María Doussinague

 

Desde sus años mozos fue el más ilustre de nuestros monarcas.

Jaime Vicens Vives

 

 

A él y a ellos [Fernando e Isabel] se lo debemos todo.

Felipe II

 

Estandarte de los Reyes Católicos.

Imagen de Antonio Luis Martín Gómez y Ediciones Almena

 

 

Artículos complementarios

    Semblanza de la reina Isabel la Católica y su testamento

    Las capitulaciones de Santa Fe

    Fin de la guerra de Granada

    El Gran Capitán

 

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