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El imperio en Asia: La expedición al reino de Annam

 

Hubo en España, en su gobierno concretamente, a mediados del siglo XIX cabezas sensatas y competentes que libraron a los españoles de entonces, y a los posteriores según ha podido comprobarse con los hechos, de una ruina enquistada de continuo desgaste y coste en todos los ámbitos.

    Las siguientes líneas van a resumir unas interesantes páginas de la historia de España, en época isabelina, insertas en una gavilla de episodios inteligentes y acertados que, en los años que centran el siglo XIX, concedieron a España satisfacción y optimismo. Son los siguientes, citados de modo genérico: el éxito de la guerra del Pacífico; el feliz término de la participación española en la expedición multinacional a Méjico; el prohijamiento de la República Dominicana, a petición suya; y, por cerrar la lista con los acontecimientos de mayor relieve, la buena marcha de las operaciones emprendidas en el norte de África, la zona correspondiente al sector septentrional del hoy reino de Marruecos, antaño Protectorado.

    Entremos en materia.

 

Desde las islas Filipinas se emprendieron, en diferentes momentos de nuestra posesión, variadas iniciativas con relación al vasto continente asiático. La más antigua, probablemente, y empeñada la llevada a cabo sobre Camboya por Blas Ruiz de Fernán-González, partiendo de Manila en 1596, reinando Felipe II. Blas Ruiz quiso trasladar al suelo indochino el afán explorador y conquistador, amén del espíritu evangelizador, que sus coetáneos habían emprendido y demostraban en América y Oceanía, y que de igual modo san Francisco Javier había desplegado, en el estricto plano misional, en el Extremo Oriente.

    Nuevas iniciativas continuaron a la de Blas Ruiz en Camboya y, aliado de esta nación, en Siam. Algunas de ellas se dirigieron a Cochinchina, que era la región presidida por la ciudad de Saigón (mucho después capital de Vietnam del Sur), al sur de Camboya, en el mediodía de Indochina. Por ejemplo, la de seis frailes, escoltados por cincuenta soldados, que en 1645 desembarcaron en aquella costa procedentes de Filipinas. Desde el archipiélago filipino se entablaron numerosas negociaciones y no menos tratos con Camboya, también con el reino de Siam, con las plazas de Singapur, Hong Kong, Cantón y otras de la costa oriental de Asia.  

* * *

 

La metrópoli, España, observa, analiza y aprende. Francia aprieta el acelerador de su presencia, o deseo de ella, en Indochina. Pretenden obtener la colaboración española para las futuras empresas o, al menos, el no entorpecimiento del propósito; son personajes principales por parte francesa el embajador en Madrid, marqués de Turgot, y el ministro de asuntos exteriores conde Walewski, hijo natural de Napoleón y María Walewska. Por parte española destacan los embajadores en París, en distintos momentos, duque de Rivas, Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, y Alejandro Mon; y son ministros sucesivos de Estado Francisco Martínez de la Rosa y Saturnino Calderón Collantes; es capitán general de Filipinas Fernando de Norzagaray y Escudero. Y, para concluir, impera en Francia Napoleón III con Eugenia de Montijo al lado, o en su lugar.

    A lo largo de los siglos XVIII y XIX en el sureste de Asía fueron habituales los cambios dinásticos y las rebeliones para la ocupación del poder, algunas auspiciadas por los colonizadores europeos pero no todas, con la consiguiente inestabilidad en las relaciones comerciales y en el trato dispensado a enviados y misioneros. A partir de 1820, en la bulliciosa Indochina, los cristianos sufrieron aislamiento, persecución o castigo, lo que implicó a España en los asuntos de esos territorios.

    Sin desearlo ni preverlo, España tuvo que ver con los problemas que sacudían al continente asiático, y estuvo presente en los procesos fundacionales de la colonización francesa en Indochina, sin sacar un provecho tangible de esta situación. Valga el apunte, que bien señala el historiador y docente Pedro Voltes, que "la campaña inicial de la instalación de los franceses contó con una colaboración activa de nuestras tropas [tropas españolas], lo cual viene a demostrar por enésima vez la lúgubre verdad de que no hay lugar en el planeta donde no haya una tumba española.

    El 21 de mayo de 1857 fueron detenidos por las autoridades locales diversos misioneros españoles que ejercían sus tareas en el Tonkin central, entre ellos el obispo don José María Díaz Sanjurjo, titular in pártibus de Platea y vicario apostólico de aquella región. Fue sentenciado a muerte por los mandarines gobernantes, de lo que recibió noticia el cónsul general de España en Macao, Nicasio Cañete y Moral. Dada la lógica demora de las comunicaciones entre la metrópoli y este lugar, Cañete pensó bien en enterar del caso al enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Francia en China, A. de Bourboulon, puesto que también había misioneros franceses en Tonkin. Cañete se las ingenió para acudir a la flota francesa amarrada en Castle Peak, base próxima a Hong Kong, y solicitar un navío de guerra que le fue concedido. Pero dado el curso fluvial a seguir, el fondo del navío era excesivo y hubo que fletar otro más pequeño y plano. La ayuda francesa resultó ágil y sincera, pero no se llegó a tiempo de impedir la ejecución del obispo, conocida por un despacho de embajada el 5 de diciembre de 1857. La gran diligencia del cónsul Cañete, ejemplo de eficacia en la lucha contra la distancia, el peor de los enemigos, que se atribuye con razón al imperio español, quedó patente y reconocida vía Martínez de la Rosa por la reina Isabel II.

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A todo eso, Francia iba a intervenir en la región para apaciguarla y, por supuesto, mantener el comercio y asentar su hegemonía. Y como la necesidad y el interés suman aliados, pidió a España se incorporara por motivos similares y accesorios.

    Cuenta el duque de Rivas, en resumen a la reina: "Por lo tanto [el emperador Napoleón III] deseaba alguna cooperación española, y que vería con gusto que dos mil o al menos mil quinientos hombres de la guarnición de Filipinas se unieran a la expedición francesa.. Yo, falto de antecedentes y sin poder prever lo que pueda ser conveniente en este negocio, respondí en términos generales, con lo que me encargó y me ha vuelto a encargar el emperador que lo participe a V.E., rogándole no retardara la resolución."

    Francisco Martínez de la Rosa contestó al duque de Rivas el 12 de diciembre aceptando la iniciativa francesa, con una aportación de mil doscientos soldados, la artillería correspondiente y el apoyo de uno o dos buques de vapor, pero que antes de proceder con el despliegue el gobierno español deseaba conocer la época y el destino de la operación y la participación real francesa. Recibidas las informaciones satisfactorias por parte francesa, los españoles cumplieron lo acordado; aunque, como en alguna que otra ocasión precedente, al cabo se careció de una comunicación continuada y se tuvo la sensación de andar de aquí para allá sin orden ni expectativa cierta.

    Tramitadas las oportunas quejas, el gobierno francés explicó que había sido preciso intervenir para sofocar la revuelta de los taiping en China, que amenazaba la paz de la región y los intereses de los países cristianos en esas latitudes establecidos. Un contingente anglo francés consiguió imponerse a los revolucionarios y el 28 de junio de 1858 se firmó la paz de Tien-tsin.

    Circunstancia la del imperio chino que favoreció el encono en la zona indochina. Los annamitas se envalentonaron contra los cristianos, persiguiendo en especial a los misioneros españoles y franceses. De resultas de estos acosos fue asesinado otro obispo, fray Melchor García San Pedro, sucesor de aquel que desencadenó el conflicto.

    El contingente militar francés estaba compuesto por catorce buques, con mil ochocientos tripulantes y mil trescientos soldados embarcados. Las tropas españolas, cuya vanguardia de quinientos efectivos fue embarcada en barcos franceses, estaban mandadas por el coronel de Infantería don Mariano de Oscáriz, siendo el teniente coronel don Luis Escaño el segundo jefe y como jefe de estado mayor el comandante de dicho servicio don Joaquín Dusmet. El 30 de agosto de 1858 la flota zarpó de Manila, a la que se incorporó poco después el aviso a vapor español Velasco, arrumbando hacia Annam con destino a la bahía de Turane en la actualidad denominada de Danang.

 

Desembarco de las tropas españolas y filipinas en la costa de Cochinchina.

Desembarco de las tropas españolas y filipinas en la costa de Cochinchina.

Imagen de Museo Naval de Madrid y de ICHM

 

Avance hispano-francés por la Cochinchina.

Avance de la columna hispano-francesa por Cochinchina.

Imagen de Hemeroteca Municipal de Madrid y de ICHM

 

La batalla propiamente dicha dio inicio el día 1 de septiembre. La artillería de los buques acabó con la defensiva de los fuertes annamitas y la tropa de desembarco ocupó la playa de la bahía. Y ahí quedó todo en esa jornada de victoria.

    El jefe supremo de la operación, almirante Rigault de Genouilly, decidió cejar en la penetración, respondiendo esa actitud a razones políticas que no fueron ni comentadas ni contrastadas o compartidas con la autoridad española. Había que esperar y punto.

    Una espera que el día 13 del mismo mes contempló la llegada del resto de la fuerza expedicionaria española: mil hombres del Regimiento de Infantería de Fernando VII n. º 3, al mando del coronel don Bernardo Ruiz de Lanzarote con su segundo el teniente coronel don Carlos Palanca Gutiérrez. El día 18 se incorporaron a la flota cinco fragatas españolas de vela que portaban artillería, municiones y pertrechos.

    Los soldados españoles eran en su mayoría tagalos de Filipinas, magníficos combatientes que soportaban los rigores del clima y el medio harto mejor que los europeos. Dada esta condición asiática del contingente militar español, no es de extrañar que el peso de la campaña gravitara sobre éste a cada paso tierra adentro más.

 

Paso del río Sang-ra y conquista del puente por las tropas del coronel Palanca.

Paso del río Sang-ra y conquista del puente por las tropas del coronel Palanca.

Imagen de Hemeroteca Municipal de Madrid y de ICHM

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Desde Madrid, una vez enterado el gobierno nacional del asunto, su presidente el general Leopoldo O'Donnell mostraba su disconformidad y desagrado ante la actitud prepotente de Napoleón III y la repercusión de la misma en forma de presentes y futuros problemas.

    La primera medida gubernamental, circunscrita al ámbito diplomático y fechada en otoño de 1858, fue la de nombrar un nuevo embajador en París, don Alejandro Mon (quien seis años después presidiría el consejo de ministros). El 24 de noviembre el embajador Mon envió un despacho al ministro de Estado, Calderón Collantes, dando cuenta de su entrevista con el embajador francés Walewski, plagada de vaguedades, dudas nada fingidas y evasivas como escapatoria.

    Resume Pedro Voltes la nota del embajador español: "Me declaró el ministro que no sabía si a la Francia le convenía o no tener allí territorio; que si a ella le convenía y a nosotros también, lo tendríamos igualmente; que creía que lo más conveniente sería un tratado de comercio en el cual tendríamos nosotros las mismas ventajas que los franceses, y cualquiera que fuese el resultado, los españoles y franceses tendríamos iguales reparaciones, iguales intereses y seríamos igualmente tratados".

    No había concreción por parte francesa.

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El gobierno español inició una ronda de consultas con los representantes españoles más directamente implicados y afectados por su situación geográfica.

    El capitán general de Filipinas, Fernando de Norzagaray, remite una carta con fecha 25 de marzo de 1859 en la que expone, sin ambages, todas las carencias, desgracias y peligros que padecen y corren los españoles, y por ende la autoridad española en el vasto archipiélago. Destaca Pedro Voltes lo que Norzagaray detalla: "A la vista misma de la capital de Manila numerosas tribus de infieles que no reconocen nuestro dominio ejercen sus tropelías y actos antropófagos". Y concluye: "Si tanto, pues, nos queda que hacer en nuestras propias posesiones, ¿a qué llevar nuestras armas a establecerse sólidamente en el Tunkin [sic], para arrostrar las consecuencias de un éxito por lo menos dudoso?"

    Llegado el turno de opinar al cónsul español en Macao, Cañete mandó su informe el 20 de abril. Pedro Voltes lo sintetiza como sigue: Cañete, hombre sagaz y gran conocedor del área indochina propugna que se estableciese comercio español con Cochinchina, se pidiesen reparaciones por los gastos de guerra y las amplias destrucciones perpetradas por los annamitas a costa de los establecimientos católicos y se dedicase especial interés en poner pie comercialmente en Saigón. Apostilla el cónsul sus razonamientos y reseñas en franca coincidencia con Norzagaray. "En caso de adquirir la España uno a más puertos en Cochinchina, esta adquisición no nos proporciones ventajas, antes sí perjuicios reales y verdaderos".

    Indica Pedro Voltes que toda la correspondencia al respecto fue publicada en el Diario de Sesiones de Cortes. Senado.

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Impacientes y ansiosos, los franco-españoles decidieron atacar Saigón. El 2 de febrero de 1859, el almirante Rigault de Genouilly y el coronel español Ruiz de Lanzarote partieron de Turane con ocho barcos y ochocientos hombres de tropa, la mitad españoles con mando directo del teniente coronel Palanca (el cual acabaría dirigiendo toda la campaña). Tras quince días de navegación fluvial, río arriba, y de asedio de la ciudadela de Saigón, el objetivo quedaba satisfecho: el ejército franco-español tomaba la capital junto a una gran requisa de armas y pertrechos.

 

Asalto y toma de la ciudadela de Saigón, 17 de febrero de 1859.

Asalto y toma de la Ciudadela de Saigón el 17 de febrero de 1859.

Imagen de www.larazon.es

 

Asalto y toma de la ciudadela de Saigón, 17 de febrero de 1859.

Imagen de www.eldiario.com.uy

 

No obstante la relativa facilidad de la conquista, grupos de acoso establecidos en los arrabales, sobre todo el de Cholon, hostigaron desde entonces hasta el punto de hacer peligrar la campaña. Además de la influencia decisiva de las enfermedades. El gobierno francés pidió al español que enviara refuerzos, pero sin todavía dar cuenta fehaciente y sincera de sus intenciones en esas latitudes; por lo que España congeló el envío de más apoyo y recursos.

 

Fernando de Norzagaray y Escudero.

Fernando de Norzagaray y Escudero

Imagen de www.frame.es

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Transcurrían los meses, avanzada ya la primavera, y la situación no empeoró tanto como para desistir del empeño a causa del aliento que, para unos y otros contendiendo, supuso el anuncio de una conversación de paz. La corte de Hué, capital de Annam, insinuaba querer llegar a un acuerdo para finalizar las hostilidades.

    El gobierno español facultó al coronel Ruiz de Lanzarote para que negociara sobre la base de tres criterios: a España no le interesaba adquirir territorios en aquella zona, España reclamaba que sus misioneros pudieran ejercitar su labor con libertad y garantías, y España recibiría las mismas ventajas comerciales que pudieran darse a Francia.

    Las negociaciones se prolongaban, y la tensión entre los supuestos aliados, España y Francia, también. Los españoles estaban molestos por el trato desconsiderado de los franceses, que seguían mudos respecto a sus verdaderas intenciones en Cochinchina. Al tiempo, el polvorín chino mostraba que el principal foco de preocupación para los occidentales era ese, China, y no los inmensos territorios aledaños donde se jugaban otro tipo de partidas diplomáticas, expansionistas y comerciales.

    El segundo jefe de la fuerza expedicionaria española, teniente coronel Palanca Gutiérrez, ascendido al empleo de coronel, viajó a Madrid en septiembre de 1859 a rendir cuentas de las evidencias y las realidades, de lo tangible y de lo accesorio. Dos meses pasó en la capital de España asesorando al ministro de Estado y a las demás autoridades implicadas en el lejano conflicto; a su vez se enteró de que los franceses exigían la posesión exclusiva de Saigón. El coronel Palanca recibió el mando del cuerpo expedicionario de Annam y poderes para llegado el caso negociar la paz.

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De vuelta a Saigón el 10 de mayo de 1860, encontró un cuadro lamentable: quedaban sólo unos doscientos soldados españoles abandonados a su suerte por las autoridades de Filipinas. Cabe decir que esta dejadez intencionada venía precedida del rechazo a la aventura en el continente y a la reprobación de que la misma fuera encomendada a grados militares de poco relieve.

    Un total de 500 efectivos defendían la plaza de Saigón. Dado el cerco y acoso a que era sometida la guarnición, el mando francés pidió a los españoles colaboración para ensanchar la zona de seguridad, ampliando de manera efectiva los límites de la plaza y por ende la garantía en el comercio. Los españoles no regatearon nuevamente esfuerzos y a la bayoneta, con el arrojo y el temple característicos de nuestros soldados, tomaron la estratégica pagoda de Clocheton, asegurando la defensa de Saigón.

    Refiere Pedro Voltes que los annamitas se repusieron del golpe y el 4 de julio emprendieron una contraofensiva enérgica. Cuatro oficiales y cien infantes españoles, mandados por el capitán don Ignacio Fernández, defendieron valerosamente la codiciada pagoda y cargando al arma blanca contraatacaron consiguiendo la victoria y dejar el campo sembrado de cadáveres annamitas. El coronel Palanca y sus soldados pasaron el resto del verano en un tira y afloja de penosas y esforzadas acciones, en medio de las insalubres marismas y en una guerra que, en el fondo, no iba con ellos y en la que tan sólo el deber patriótico era razón para no desfallecer.

    Apaciguado el foco rebelde en China, los franceses destinaron en febrero de 1861 unos cuatro mil hombres a Saigón, confirmando que la intención francés era la de quedarse en suelo annamita. Pese al incremento de tropa, aumentando la desproporción de efectivos de una y otra nación, los soldados españoles eran requeridos en todas las acciones ya que eran los nuestros más estimados que cualquiera, con una adaptación al ambiente y un espíritu de combate superior y demostrado.

    La tercera parte de la tropa española, incluido el coronel Palanca, resultó con heridas de diversa consideración.

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Conscientes los dirigentes de Annam que la posición de Francia y España era disímil, y de que España no mostraba un interés de conquista en ese lugar, imprimieron una morosa marcha a las negociaciones de paz; por eso a comienzos de 1862 aún no se registraba ningún avance entre las partes digno de mención.

    Lo patente y manifiesto era que el coronel Palanca y sus cada vez más escasos efectivos seguían dando la cara y la sangre, aguantando el tipo y la conquista, y, contra viento, marea y política, dando lustre y peso al nombre de España; por si en adelante se pretendía desde la metrópoli alguna incursión en la vastedad del continente asiático en propio beneficio.

    Estos versos, escritos con pluma culta y sensible, remitió Carlos Palanca Gutiérrez a un periódico de Madrid en febrero de 1861, con el título Mis propósitos:

Un año ya que de la patria mía

el suelo abandoné por vez tercera,

soñando con poder a mi bandera

inmortales laureles enlazar;

riesgos buscando, los revueltos mares

crucé veloz con exaltada mente,

ardió la guerra en el extremo Oriente

y allí fui por España a pelear.

Uno tras otro en incesante lucha

alzarse vi, cortando mi camino,

tanto obstáculo vil, que en mi destino

hubo un momento amargo en que dudé;

pero dióme el deber toda su fuerza,

y al pensar que en el mundo hay una historia,

ella, exclamé, quilatará la gloria

del que todo lo arrostra con su fe.

 

 

Carlos Palanca Gutiérrez.

Carlos Palanca Gutiérrez

Imagen de www.elcorreodepozuelo.com

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Por fin hubo una confirmación de los propósitos de paz en la corte de Hué, con su rey Tu-Duc al frente. Conocido en España el documento que acreditaba el inicio de las conversaciones, el gobierno remitió en el verano de 1862 diversas misivas con instrucciones al coronel Palanca: se debía velar por los derechos de España. Pero el enorme desfase entre envíos y recepciones (un mal endémico en nuestra colonial, incrementado en Filipinas) provocó que mientras en Madrid se hacían cábalas sobre los acuerdos., éstos ya eran un hecho.

    El tratado de paz fue firmado el 5 de junio de 1862 por el coronel Palanca, el almirante francés Luis Bonard y los plenipotenciarios annamitas. En el acuerdo se estipulaba el otorgamiento de libertad religiosa en el reino de Annam, la apertura de sus puertos al comercio español, la residencia de un diplomático español en Hué y la indemnización por los daños causados a los intereses españoles.

    España cobró cuarenta millones de reales en agosto de 1863, la mitad de la compensación económica entregada, y no reivindicó territorio alguno, cual se había comprometido en los preliminares de la negociación. Y en ese momento fue desasiéndose de la alianza expedicionaria con Francia, primero en la futura Indochina y luego, aunque a la par, en Méjico; estaba clara la voluntad por desvincularnos de las empresas francesa y por moderar y reducir nuestros propios empeños en el exterior, como el de Santo Domingo y el de Marruecos.

 

Placa conmemorativa en Saigón.

Imagen de www.grandesbatallas.es

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La obra Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando. Infantería, glosario documental a cargo de José Luis Isabel Sánchez para el Ministerio de Defensa, informa que  la expedición a Cochinchina es un hecho de armas por el que se concedieron Cruces Laureadas de San Fernando: el 15 de septiembre de 1859 contraídos méritos por la toma de las trincheras y fuertes del centro ocupado por los enemigos en las líneas de Mi Thi a Don-nay; y el 29 de junio de 1860 contraídos méritos por la toma de la pagoda de los Campaniles (o Des Clochetons).

    Y en cuanto a esta campaña asiática, la citada obra de referencia sintetiza que en 1858 el comandante Carlos Palanca Gutiérrez es nombrado segundo jefe de las fuerzas españolas expedicionarias a Cochinchina. Estaba destinado en Filipinas, con el empleo de segundo comandante, sirviendo en los Regimientos de la Reina, España y Princesa, para posteriormente, dadas sus condiciones de inteligencia, valor, actividad y celo, asumir el mando de las Comandancias Generales de las provincias de La Laguna, Tayabas y Batangas. Embarcó en Manila el 3 de septiembre con rumbo a Cochinchina.

    En febrero de 1859 asciende a teniente coronel en recompensa a su destacada actuación en la toma de Saigón.

    A comienzos de 1860 es llamado a Madrid. En la capital de España se le concede el mando de las fuerzas expedicionarias y además se le nombra ministro plenipotenciario para representar a España en las futuras negociaciones de paz con el Imperio Annamita, regresando a Saigón en el mes de mayo.

    En febrero de 1861 resulta herido de bala en una pierna durante las operaciones para la ocupación del fuerte Ki-hóa, viéndose obligado a ceder el mando del contingente español. Recuperado al cabo de dos meses interviene en la ocupación de la ciudad de Myt-hó.

    Debido a la falta de ayuda que presta el Gobierno español en tan delicada y ardua misión, en el mes de mayo dimite de su mando y cargos, renuncia que reitera hasta serle aceptada en agosto, aunque de nada le valió al ordenársele permanecer en su puesto mientras llegaba un relevo que se hacía esperar. Y que no llegó.

    Tras la conquista de la ciudad de Bien-hóa en diciembre de 1861, en marzo del año siguiente toma parte en la de la ciudad de Vinh-Luong, sufriendo nueva herida. Es recompensado con el ascenso a coronel por méritos de guerra.

    En junio se firma el Tratado de Paz con el Imperio Annamita, a pesar del cual no cesaron los combates.

    Esta vez con refuerzos, en febrero de 1863 interviene en la toma de la ciudadela de Go-Cong, acción que pone fin a la campaña.

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Por Real orden de 21 de mayo de 1859, comunicada por el emperador Napoleón III al Capitán General de Filipinas, Fernando Norzagaray y Escudero, se concede al coronel Carlos Palanca Gutiérrez la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, en recompensa a los servicios prestados en la expedición a Cochinchina; además, le demostró su afecto regalándole un bastón de mando y unos gemelos de oro.

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Antes de la experiencia militar en Cochinchina, Carlos Palanca Gutiérrez había sido distinguido en 1848 con dos Cruces de San Fernando de 1.º clase, sencillas, por su heroico comportamiento durante la Segunda Guerra Carlista en Cataluña; y también era Comendador de la Orden de Isabel la Católica.

    Militar, historiador y literato, entre sus obras literarias figuran: Manual de voces de mando para maniobras de Infantería, de 1854; Reseña histórica de la expedición a Cochinchina, de 1869, escrita ya como Mariscal de Campo; y Tratado sobre colonias militares, de 1874.

 

 

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