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Una lengua universal

 

Las lenguas, los idiomas, son instrumentos de comunicación y, valga el símil, puentes que unen a las personas, que amplían horizontes y facilitan los intercambios de toda clase. También, contemplado desde el reverso de la historia, las lenguas, los idiomas, sirven para distanciar a las personas, excluir horizontes o romper intercambios.

    Desde el episodio de la Torre de Babel a nuestros días, sean cuales fueren éstos, muestras de lo uno y de lo otro abundan por doquier; y si no hay que recorrer grandes distancias para comprobar los vínculos entre sociedades gracias a una lengua, un idioma, de uso común, generalizado, tampoco hay que viajar mucho ni lejos para topar con los obstáculos dimanantes de una lengua, un idioma, cuyo destino es separar.

    Claro que la lengua o el idioma no son responsables per se de lo que su capacidad, en boca e intención de los autores, permite y consigue.

    El español, que es una lengua, o idioma, universal, nació para unir personas y sentimientos y facilitar la prosperidad y el progreso en el mundo en torno.

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Grandes gestas españolas (a modo de ejemplo)

Peter Bakewell, Hispanoamérica: el imperio y sus consecuencias:

No cabe duda de que los cuatro viajes de Colón entre 1492 y 1504 fueron notables proezas de navegación y descubrimiento. Pero son aún más impresionantes las hazañas de exploración, conquista y colonización que protagonizaron los españoles gracias a que aquellos viajes abrieron el camino para penetrar en el continente americano.

    En 1540, transcurridos menos de cincuenta años desde que Colón zarpara por primera vez con rumbo oeste, importantes asentamientos españoles se alzaban desde Guadalajara, en la parte occidental de Méjico, hasta Santiago en el centro de Chile, lo cual representaba una distancia por tierra, en línea recta, de unos ocho mil kilómetros, casi diez veces la longitud del norte al sur de España y dos veces y media la de Europa, desde el cabo Norte al extremo meridional de Grecia.

 

Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas, año 1640:

Si en España hubiera sido menos pródiga la guerra y más económica la paz, se hubiera levantado con el dominio universal del mundo; pero con el descuido que engendra la grandeza ha dejado pasar a las demás naciones las riquezas que la hubieran hecho invencible.

 

Coronación de Alfonso VII, año 1135, texto recogido en la Primera Crónica de Castilla:

Este rey y señor lo era destos tres reynos: Castiella, León et Aragón, rey de las Españas le llamaban, et le aconsejaron que se llamase ‘emperador de España'.

 

Juan de Mena, Las Trescientas (a propósito del rey Juan II):

Será rey de reyes y rey de señores

sobrando e venciendo los títulos todos

e las fazañas de los reyes godos

e rica memoria de los sus mayores.

 

Alfonso Onceno, Poema de la batalla del Salado (relatando la participación de los reinos de España en la decisiva batalla):

E ricos omnes de gran guisa de Castilla la real,

infanzones de Galicia e cavaleiros de Portugal.

Lioneses, asturianos, gallegos e porto galenses

biscaynos, guipuzcoanos de la montaña e alaveses.

 

Garcilaso de la Vega, Segunda Égloga (en honor del emperador Carlos I):

Carlos César triunfante, le abrazaba

Cuando desembarcaba en Ratisbona

Allí por la corona del Imperio

Estaba el magisterio de la tierra.

 

Gutiérre de Cetina (versos a Carlos I):

Al siglo por venir serán testigos

del honor que dará perpetuamente

a Carlos Quinto máximo la fama.

 

Fernando de Herrera, Sonetos a Carlos I:

 

Temiendo tu valor, tu ardiente espada,

 sublime Carlo, el bárbaro africano,

 y el bravo horror del ímpetu otomano

 la altiva frente humilla quebrantada.

 

 Italia en propia sangre sepultada,

 el invencible, el áspero germano,

 y el osado francés con fuerte mano

 al yugo la cerviz trae inclinada.

 

 Alce España los arcos en memoria

 y en colosos a una y otra parte,

 despojos y coronas de vitoria,

 

 que ya en la tierra y mar no queda parte

 que no sea trofeo de tu gloria,

 ni le resta más honra al fiero Marte.

 

Añadiendo en otro soneto:

De España con voz alta y noble aliento

cantaré las victorias y los triunfos

y le daré su honor y gloria eterna.

 

Calderón de la Barca, El sitio de Breda:

¿Sois español?

Sí. ¿En qué lo visteis?

Lo vi

en que sois tan arrogante,

no queréis ignorar nada,

todo a su brío lo fía

la española bizarría

con presunción confiada.

 

¡Breda por el Rey de España!

... y plegue al cielo que llegue

y serlo el mundo rendido

desde Levante a Poniente.

 

Hernando de Acuña, en homenaje a Carlos I:

Ya se acerca, señor, o ya es llegada

La Edad dichosa que promete el Cielo,

Una grey y un Pastor solo en el suelo...

Y anuncia al mundo para más consuelo

Un monarca, un Imperio y una Espada.

 

Lope de Vega, rememorando pasadas glorias y en homenaje al soldado español, a Felipe II y a Hernán Cortés:

Señor español:

Vos vais a la guerra,

la trompeta os llama,

la victoria os lleva,

las armas son honra,

gloria las empresas.

 

Me parece, Felipe, que a tus plantas

ves del Asia el dilatado imperio

y que al chino y al tártaro adelantas

 las fuertes armas de tu cetro ibero,

y que por tu valor las llaves santas

la sacra nave del piloto hesperio,

la religión católica se estima

desde el adusto al más helado clima.

 

Dio a España triunfo y palmas

en felicísimas guerras,

al Rey, infinitas tierras

y a Dios infinitas almas.

 

Calderón de la Barca, en homenaje al soldado español:

Estos son españoles. Ahora puedo

hablar encareciendo estos soldados,

todo lo sufren en cualquier asalto,

sólo no sufren que les hablen alto.

 

No se ha visto en todo el mundo

tanta nobleza compuesta,

convocada tanta gente

unida tanta nobleza,

pues puedo decir no hay

un soldado que no sea

por la sangre y por las armas

noble. ¿Qué más excelencia?

 

La milicia no es más que una

religión de hombres honrados.

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España creadora de una lengua universal

En 1977, Rafael Lapesa Melgar, erudito y maestro lingüista, alumbró otro magnífico estudio que publicó la Real Academia de la Historia junto a otros doctos y didácticos bajo el título España: reflexiones sobre el ser de España. En este trabajo sintetiza la historia y la razón de ser de la lengua que ha llegado a ser universal por mérito propio e impulso de españoles y extranjeros enamorados y deudos del español.

    Por su parte, tan excelente y pedagógica como la del citado, el historiador José Antonio Vaca de Osma (de quien han sido tomadas la mayoría de las referencias en verso y prosa de este artículo) ha publicado la obra El Imperio y la leyenda negra donde analiza, considera, desmiente y desmonta ese lastre heredado desde el XVI, renovado por intereses asimilables época tras época, enemigo tras enemigo, con el único afán de ocultar y, a ser posible, eliminar y, aún más, erradicar la verdadera historia de España y en ella su grandeza, logros, y legado. En el capítulo XVIII de esta obra, Vaca de Osma relata, en obligada síntesis, el itinerario de la lengua española dentro y fuera de nuestras cambiantes fronteras a lo largo de la historia y sus aparejados acontecimientos. Se titula el capítulo De San Millán de la Cogolla al mundo entero, y refiere lo siguiente, con algún añadido particular:

    Decían los clásicos que la lengua es la compañera del Imperio. Y llámese o no imperio al poderío territorial, político y militar de España durante más de siglo y medio, de lo que no cabe duda es de que la lengua castellana o española acompañó a ese modo de imperar: así se hablaba, así se dominaba. Lo más sorprendente era que esa gloria histórica compartida no se hizo por la fuerza ni por disposiciones jurídicas. El idioma nacional se fue imponiendo de un modo espontáneo, fácil, como un nexo espiritual por encima de las expresiones regionales o dialectales de los pueblos de la vieja Hispania romano-gótica.

    Uno de los idiomas peninsulares derivados del latín, el catalán, incluso en tiempo de los Reyes Católicos era una lengua oficial en el reino de Aragón con una rica literatura propia. Y sin embargo, fue cediendo la primacía en sus territorios al castellano. No hubo lucha ni rivalidad de lenguas, sino una coexistencia con utilización diversificada y con matices. Como dice el historiador catalán Montoliu (Manuel de Montoliu y de Togores), el castellano, con gran proyección exterior, pasó a ser la lengua de las altas esferas de la cultura y de la dirección política, y la lengua del país hasta entonces "pasó al interior del hogar y al tráfico popular en las calles y el pequeño comercio".

    Los deseos de plena unificación nacional favorecieron que el castellano extendiera su uso a todas las regiones. El gallego Juan Rodríguez del Padrón (1390-1450) escribía en castellano; lo hacían los navarros y aragoneses como Hugo de Urriés (s. XV) y Pedro Manuel de Urrea (1485-1524), y los catalanes como Juan Boscán, Guillem de Torraella, Romeu Llull o Gaspar Tornellas y como el rosellonés Pedro Moner y los valencianos Narcís Vinyoles o Comendador Escrivá (en los mismos siglos). Para más abundamiento, la ciudad de Lérida fue un importante centro de edición en castellano, y también, al cabo, la ciudad de Barcelona se convirtió en modelo editorial con su actividad impresora.

    En vasco no era cuestión, pues muy pocos de los habitantes del país hablaban el idioma vascón, resto prehistórico, verdadera joya filológica encerrada en las montañas pirenaicas del Oeste y sin expresión escrita.

    Una prueba de la lógica utilización del castellano la da el valenciano Viñoles (o Vinyoles), que en 1510 escribe que "osó alargar la mano para poner sus escritos en esta pura, limpia, elegante y graciosa lengua castellana, latina, sonante y elegantísima". Y en 1511, de una imprenta valenciana salía el Cancionero General de Hernando del castillo con casi doscientas obras de poetas de las más diversas regiones españolas, pero todas en la misma lengua castellana.

José Antonio Vaca de Osma.

José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera

Imagen de www.fnff.es

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Hay pruebas documentales sobradas de que a los habitantes de la Península Ibérica, descendientes de los celtíberos, de los hispano-romanos y de los visigodos, desde el siglo XI se les llamaba españoles; y en tiempos de Carlomagno, los hispanos.

    El término es de uso común hacia 1200 y aparece como patrón de los "españoles" San Millán de la Cogolla en las famosas Glosas Emilianenses, y español es el protagonista de la Vida de Santo Domingo de Silos. Alfonso X el Sabio en su Primera Crónica General llama españoles a todos los habitantes primitivos de la Península. Es ya el gentilicio común a todos sin distinción de regiones. Gracias a Marcelino Menéndez Pidal sabemos que el idioma que empezó a extenderse entre aquellas gentes era el "rusticus sermo" o "vulgale elloquium", desprendido del latín con ciertas variantes según las zonas, del Atlántico al Mediterráneo y del Norte al Sur.

    Por aquel entonces, Castilla, junto a León, era el reino más extenso, más poblado y más rico de la Península, que había llegado en la Reconquista desde el Finisterre al estrecho de Gibraltar. Era lógico que después de la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, su "rusticus sermo" se impusiera a todos como "nostra lingua". La hegemonía castellana, expone Rafael Lapesa, era también psicológica y cultural, el centro de la poesía épica y con el prestigio de sus reyes y de sus Cortes, expresados en Román paladino.

    La palabra romance era común para todas las lenguas y dialectos derivados del latín, riojanismos, leonés, portugalense, variantes hacia el Sur, con mezcla de castellanismos y en general dominado por éstos.

    Fue Alfonso X el Sabio quien convirtió el castellano en lengua de cultura, una cultura enciclopédica, vehículo de todos los saberes. Predominio castellano que no impidió al Rey Sabio dar el gran relieve lírico que merecía la dulce variante latina del gallego en sus Cantigas.

    Ya en el siglo XV, el Compromiso de Caspe (del 29 de marzo al 28 de junio de 1412) preparó el camino para la unificación lingüística de España que la Casa de Trastámara hizo realidad en sus dos vertientes: la castellana y la aragonesa. Los grandes escritores de la época, como el infante don Juan Manuel, el marqués de Santillana, Jorge Manrique o el marqués de Villena,  utilizaron el castellano.

    La consagración final del idioma la llevó a cabo Elio Antonio de Nebrija con su Gramática castellana, de 1492, y lo mismo procuró en su Vocabulario. A partir de entonces, coincidiendo con el fin de la Reconquista y el Descubrimiento de América, la lengua castellana adquirió dimensión universal.

 

Coincidentes las fechas, se produjo la emigración forzosa de los judíos sefarditas, con interesantes consecuencias lingüísticas. Expulsados de España, los sefarditas vagaron por el norte de África, Portugal, Holanda y países del oriente de Europa, diseminando la semilla de la cultura española con su idioma al frente. Hoy continúan vigentes muchas de estas comunidades expresándose en su peculiar idioma español en zonas de los Balcanes, del Magreb y en Israel.

    La otra emigración, grande y trascendental, llevó la lengua castellana a las Indias Occidentales y, andando las exploraciones, hasta Extremo Oriente, a través del Atlántico y del Pacífico. Fue una emigración voluntaria que portaba consigo toda una tradición secular y una inmensa cultura. Nombres hispanos se afincaron en el Nuevo Mundo y en Asia, que en buena medida el primero se convierte en una Nueva Europa dependiente de la Corona de Castilla.

    El emperador Carlos I de España y V de Alemania llamaba al castellano "mi lengua española", la que prefería para hablar con Dios. Ya desde antes de Carlos I se prefería en el extranjero utilizar la expresión lengua española a lengua castellana: era el término que unificaba culturalmente hacia el exterior toda la Monarquía de los Reyes Católicos y de los Austria; era el término nacional y actualizado; así aparecía en las gramáticas y diccionarios de los países occidentales. Juan de Valdés en su Diario de la lengua, año 1535, subraya que "la lengua castellana se habla por toda castilla, en el reino  de Aragón, en el de Murcia, en toda Andalucía, en Galicia, Asturias y Navarra, y esto aún entre gente vulgar, porque entre gente noble tanto bien se habla en todo el resto de España".

    Rafael Lapesa escribe lo siguiente al respecto:

En el siglo XVI la expectación de toda Europa estuvo pendiente de la irrupción española. Fue una aleccionadora muestra de dignidad y de hombría que no sólo ganaba tierras sino que actuó sobre las costumbres, el concepto del honor, la literatura y el lenguaje de toda Europa. En Italia la influencia hispánica, irradiada desde Nápoles y Milán, tuvo extraordinaria intensidad. El valor caballeresco, la sutileza del ingenio, la agilidad en el trato y la majestuosa gravedad de los españoles, encarnaban el arquetipo social del Renacimiento, la perfecta cortesanía. Ceremonias y fiestas españolas arraigaban en las fastuosas cortes italianas. En Francia, a través de una constante infiltración a lo largo del siglo XVI, el reinado de Luis XIII y la minoridad de Luis XIV señalaban el momento de más profunda hispanización.

    Surgen como influyentes en Europa, y sobre todo en Francia, los nombres de Guevara, Montemayor, Lope de Vega, Huarte de San Juan, Saavedra Fajardo, Gracián, Cervantes, el Lazarillo, los grandes místicos Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Y como influidos: Corneille, La Rochefoucauld, Lesage, Molière, Scarron. Al mismo tiempo que las imprentas de Venecia, Milán, Bruselas, Amberes, París y Lyon, publicaban sin parar obras en español. Y aún más a partir del descubrimiento de América, las obras de Hernán Cortés, Ercilla, fray Bartolomé de las Casas, los cronistas Fernández de Oviedo, López de Gómara, Bernal Díaz del Castillo. Una literatura única que no tiene ningún otro país de Ultramar. Y poco después grandes autores de la propia América, siempre en español, el Inca Garcilaso, sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón, Pedro de Oña, Poma de Ayala.

Rafael Lapesa Melgar.

Rafael Lapesa Melgar

Imagen de www.cervantes.es

 

Aquella lengua que nos llegó del latín, el "rusticus sermo" de nuestra Edad Media y que durante cientos de años fue ensalzada como la lengua del Imperio, adquirió carácter oficial, académico, para todas las Españas con la fundación de la Real Academia Española de 1713. Tanto la Real Academia como su Diccionario de Autoridades, su Ortografía y su Gramática, tenían por misión su famoso lema "limpiar, fijar y dar esplendor al idioma". Misión que tuvo y tiene muy importante proyección en las fraternas Academias de la Lengua Española en Hispanoamérica, Estados Unidos de Norteamérica y Brasil.

 

 

Artículos complementarios

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