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Benito Arias Montano

 

Humanista de trascendencia universal, erudito en el más amplio sentido del concepto, hombre del Renacimiento, consejero político y asesor real, sesudo comentarista, excelente poeta, docto naturalista y maestro de lenguas, Benito Arias Montano encarna al hombre completo entregado al conocimiento y a la recopilación de saberes y materias, a la divulgación en los ámbitos correspondientes y a la enseñanza.

 

Benito Arias Montano.

Benito Arias Montano

Imagen de www.angelalmazan.com

 

Movido por un insaciable apetito de aprendizaje, a los quince años ya poseía notables conocimientos de Astronomía y despunta en Física. A los diecinueve, iniciada su andadura por el mundo, cursa Artes y profundiza en la Física antes de investirse universitario y avanzar en el discurso natural y en la Retórica al tiempo que se manifiesta beligerante contra toda clase de predicación vacua y alabanza de la estúpida fantasía.

    En 1560 ingresa en la Orden de Santiago; y en 1562 Martín de Ayala, obispo de Segovia, lo elige para que en calidad de teólogo lo acompañe al Concilio de Trento donde, desde 1545, acudían los más reputados del mundo en la materia. Como experto, se le pidió dictamen sobre el tema de la eucaristía en niños y adultos y el tema del matrimonio con inclusión de las causas legítimas del divorcio y sus efectos; exposiciones que basó en los textos de la Sagrada Escritura.  Arias Montano cuenta 35 años entonces.

 

La siguiente etapa pública de Benito Arias Montano concurre con el servicio personal y directo de Felipe II. En 1566, el rey lo nombra su capellán, y dos años después le pide que se responsabilice de un proyecto muy caro para el monarca: la edición de la Biblia quinquelingüe; una edición que habrá de realizarse en la ciudad de Amberes y en la imprenta del célebre Plantino. Para satisfacer tal encargo, Arias Montano localizará su residencia en Flandes desde 1568 hasta 1575, con sólo una ausencia motivada por el viaje a Roma para recabar del Papa la aprobación de la Biblia Políglota.

 

De nuevo en España, tras un breve periplo que le ha conducido por territorios del centro de Europa, donde ve, constata y por supuesto aprende. Alejado del bullicio cortesano por voluntad, tiene que abandonarlo en 1576 por petición expresa del monarca que le encomienda labores políticas del más alto nivel. Pleno de sigilo y sin dar cuenta a nadie que no sea el rey o un enviado especial y perfectamente acreditado del mismo, tendrá que averiguar e informar de los asuntos que el rey Sebastián de Portugal pergeña para llevar a cabo; de los que destaca un proyecto de expedición a Marruecos.

    Cumplida la misión, visita Madrid y una vez presentado su informe sobre las actividades en Portugal, Felipe II le distingue con otra obligación que le habrá de resultar especialmente grata. Ha de organizar la Real Biblioteca del monasterio de El Escorial, que el propio Arias Montano había contribuido a concebir y dotar con los numerosos libros y manuscritos enviados desde Flandes. Son diez meses de intensa tarea que culmina con la catalogación y división de los fondos en sesenta y cuatro disciplinas o materias.

    Desde entonces y hasta 1592, fecha de su última estancia en El Escorial, su vida combina la reflexión, la obediencia eclesiástica, la docencia desde sus escritos, los encargos reales de alta política y, de tanto en tanto, sumando cuatro ocasiones, recala en El Escorial para dirigir la catalogación y ordenación de los nuevos libros adquiridos; además de impartir enseñanzas de griego y hebreo a los monjes que con él colaboran.  

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La Biblia Políglota

Benito Arias Montano fue un extraordinario conocedor de la Biblia y un portentoso lingüista. Todo su saber, que era mucho y variado, lo puso de manifiesto en la Biblia Políglota o Biblia Regis de Amberes, que dirigió de principio a fin, a su modo y concreta intención, con el permiso real, y que se califica entonces de obra cumbre y obra más admirable que vieron los siglos.

    Tardó poco, lo que magnifica su esfuerzo. En poco más de tres años, los que van de mayo de 1568, cuando se instala en Flandes, a finales de 1571, ha mandado imprimir y encuadernar los ocho volúmenes en cinco alfabetos diferentes.

    Los cuatro primeros tomos de la Biblia Políglota contienen el Antiguo Testamento: el tomo I, el Pentateuco en hebreo, caldeo, griego y latín; el tomo II, los libros de Josué, Jueces, Ruth, Reyes y Paralipómenos; el tomo III, Esdras, Tobías, Judit, Esther, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico; y el tomo IV, Profetas y Macabeos. El tomo V contiene el Nuevo Testamento en griego, en latín, texto de la Vulgata, y en siríaco, este último texto trasladado también a caracteres hebreos vocalizados y traducido al latín por Guido Fabricius. Los tomos VI, VII y VIII, últimos de la obra, conforman los instrumentos y complementos del saber expuesto: diccionario y gramática griegos, diccionario y gramática siríacos, diccionario sirio-arameo, diccionario hebreo, etc. El último tomo, además, incluye dieciocho tratados de contenido filológico y arqueológico, once de los cuales son de Arias Montano, y tratan sobre medidas, vestidos y ornamentos sagrados, geografía bíblica y demás relacionado.

    Arias Montano basó la elaboración de la Biblia Políglota en "la verdad hebraica", denominación de san Jerónimo para el estudio del texto original a partir del rigor filológico, único modo de "restaurar la palabra pura de la Biblia para poder predicar a Cristo desde las fuentes originales"; en contraposición al dogma interpretativo que representaba la Vulgata, versión de la Biblia venerada ciegamente que Arias Montano o Fray Luis de León cuestionaron y criticaron.

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La Biblia Políglota no fue la única tarea a la que dedicó tiempo y capacidad ese periodo en Flandes. Sobrado de facultades y propósito didáctico, compuso las siguientes obras: Humanae Salutis Monumenta, Divinarum nuptiarum conventa et acta y Speculum Vitae Iesu. Al cabo, dio en preparar ediciones de las obras de Fray Luis de Granada; en supervisar la edición de los libros litúrgicos publicados en Flandes y destinados a España, seis o siete mil breviarios y cuatro mil misales cada tres meses según el acuerdo de Felipe II con el impresor y grabador Plantino; en adquirir libros y manuscritos para la biblioteca de El Escorial; y en despachar astrolabios, mapas y tapices para sus amigos españoles. Mantuvo correspondencia fluida con personalidades varias, como los citados reyes Felipe II y Sebastián de Portugal; los gobernadores de Flandes, Luis de Requesens o Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba; embajadores como Juan de Silva, Guzmán de Silva, Juan de Zúñiga; políticos con influencia en la Corte como Juan de Albornoz y Gabriel de Zayas; los Papas Pío V y Gregorio XIII; cardenales y obispos, como Sirleto, Pacheco, Delfino, Osorio, Martín de Ayala; con Universidades, desde Alcalá a Lovaina; y con los más prestigiosos hombres de ciencias y de letras de la época, con los que intercambiaba cartas incesantemente. Y se consumó como consejero del rey Felipe II para la mejor gobernación de Flandes, pues fue persona estimada por los naturales de aquellos pagos del Imperio que a él advertían "Como a persona desapasionada y callada se atreven los de la tierra en conversación y secreto, y en público, a declarar delante de mí sus conceptos, sus imaginaciones y sospechas; lo cual hacen con pocos de nuestra nación"; lo que trasladó al rey con una apostilla que ayudara a comprenderlos y tratarlos para mejor servicio a España "Con la gente de la tierra el mostrarse afable y blando en cuanto al trato y conversación entiendo sería de gran importancia para tan buen propósito y efecto".

    Otras obras de carácter bíblico a considerar son: Comentaria in duodecim Prophetas, de 157l; Elucidationes in IV Evangelia et in Acta Apostolorum, de 1575; De Optimo Imperio sive in librum Iosue Commentarium, de 1583; y Elucidationes in omnia Apostolorum scripta, de 1588.

 

Las dotes políglotas de Arias Montano son extraordinarias e incuestionables, afirmando él que conoce diez idiomas, es decir, que los lee, los habla y los escribe a la perfección, mientras que estudiosos de su vida y obra extienden esa facultad a doce: hebreo, caldeo, griego, latín, siríaco, árabe, alemán, francés, flamenco, toscano, portugués y castellano; e incluso trece, "Y todas las sabía y entendía como si en estas naciones se hubiera criado".

    Con tales mimbres como medio de expresión, la versatilidad de su ciencia, no menos asombrosa y palpable: medicina, cirugía, ciencias naturales, matemáticas, geografía, arqueología, numismática y derecho, queda impresa para la historia del conocimiento.

    Así mismo, su producción literaria, en lengua castellana pero sobre todo en latín, manifiesta la maestría y determinación inherentes en todos sus escritos con independencia de la materia tratada. 

 

 

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