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Las tres vías místicas

 

Juan de Yepes y Álvarez, religioso y poeta español, nacido en Fontiveros, provincia de Ávila, el año 1542, estudió con los jesuitas, trabajó como camillero en el hospital de Medina del Campo, e ingresó a los diecinueve años como novicio en el colegio de los carmelitas con el nombre de fray Juan de Santo Matía. Prosiguió sus estudios en Salamanca y en 1567 fue ordenado sacerdote. Regresó entonces a Medina del Campo, donde conoció a santa Teresa de Jesús, quien acababa de fundar el primer convento reformado de la orden carmelita y que tanto le había de influir en el futuro.

San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús

Imagen de www.stj500.com

 

Juan de la Cruz se hallaba animado de los mismos deseos reformadores de la santa, y había conseguido el permiso de sus superiores para mantenerse en la vieja y austera devoción de su orden.; desde ese momento tomó el nombre de fray Juan de la Cruz y comenzó la reforma del Carmelo masculino. En 1572 fue elegido rector espiritual del convento de san José de Ávila, del que santa Teresa era abadesa, y fundó varios conventos reformados. Pero el afán reformista y de austera sobriedad, retomada la vieja ascética, suscitó enconada oposición, hasta el punto de su ingreso en prisión y allí soportar vejaciones de todo tipo. A los ocho meses consiguió evadirse y encontrar refugio en el monasterio de Almodóvar del Campo, con ayuda de Teresa.

    Con el reconocimiento por parte de Roma de la existencia de los Descalzos concluyeron las persecuciones; pero no las querellas intestinas. Su periplo andaluz, entre 1578 y 1585, conllevó fundaciones, enseñanzas y prestigio; aunque nada lo suficientemente poderoso para erradicar la fuerza de sus adversarios, quienes lograron destituirlo de todos sus cargos en 1591.

    Para entonces, una grave enfermedad mermaba su vigor, hasta que se lo llevó la muerte el 12 de diciembre de 1591 en Úbeda, provincia de Jaén.

    Fue beatificado en 1675  y en 1926 nombrado doctor de la Iglesia por el papa Pío XI.

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Su obra poética comprende dos vertientes: composiciones en las que utiliza el romance y otras formas típicas de la lírica tradicional castellana, que, a un tiempo, perfilan los complejos derroteros de la mística; y la de sus grandes poemas místicos, en los que la intensidad y delicadeza amorosa es tan viva que llega a cotas no alcanzadas por ninguna otra poesía amatoria.

    Los poemas místicos son: Noche obscura del alma, Cántico espiritual y Llama de amor viva.

    Estas tres composiciones mayores forman una estrecha unidad y son una suerte de tratado acerca de la ascensión en el camino místico. En Noche obscura del alma canta la huida que emprende el alma, en medio de la oscura noche, de la prisión de los sentidos en que se encuentra recluida (vía purgativa), y al fin, libre de ellos (vía iluminativa), procede a la unión con el Amado (vía unitiva). Dedica a la Noche obscura del alma dos comentarios en prosa para mejor interpretarse el poema: Subida del monte Carmelo y Noche obscura del alma.

    En el Cántico espiritual, escrito entre 1577 y 1584, la Esposa (el alma) sale en busca del Esposo (Cristo) en medio de un ambiente bucólico. La Esposa pregunta primero a las criaturas por el Esposo y clama por su presencia con las más encendidas y apasionadas expresiones amorosas. El Esposo aparece finalmente; entre ambos se establece un portentoso diálogo que culmina en la unió mística, en el momento en el que todo el lenguaje humano calla. A lo largo de todo el poema se distinguen las tres vías místicas.

    Llama de amor viva es el poema más acendradamente místico: faltan en él las huellas de la vía purgativa e iluminativa y se instala ya desde un comienzo en los deleites inefables de la unión. Es por ello también el más complejo, y requiere obligatoriamente de la lectura de los comentarios en prosa que el propio poeta compuso para aclarar algunas partes de su producción lírica.

    La obra poética de san Juan de la Cruz es de una profunda originalidad en la estructura musical de sus versos, en los que la metáfora clara, amplia, expresiva y a la vez tendiente a lo inefable se aúna a un tejido sonoro hecho de aliteraciones, efectos de acentuación y precisión eufónica.

San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz

Imagen de www.mercaba.org

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Glosa de Vivo sin vivir en mí

En mí yo no vivo ya,

y sin Dios vivir no puedo;

pues sin él y sin mí quedo,

este vivir ¿qué será?

Mil muertes se me hará

pues mi misma vida espero,

muriendo porque no muero.

 

Cierre de la Noche obscura del alma

Quédeme y olvídeme,

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

 

 

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