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Memoria recobrada (1931-1939) XIV

 

Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega recoge un breve testimonio escrito de Manuel Azaña Díaz y otro de Indalecio Prieto Tuero, ambos de interés por el análisis menospreciativo del caos y la derrota sufridos desde las elecciones de 1936 hasta abril de 1939 en la variable zona republicana sometida a las directrices emanadas de la Unión Soviética a través del instrumento político que fue el Frente Popular.

 

Entre 1937 y 1938, el presidente de la República Manuel Azaña, reflexionó por escrito, en un a modo de diálogo teatralizado, con personajes reales pero de identidad encubierta, sobre la deriva de la II República española, especialmente a partir de la formación para las elecciones generales de 1936 del Frente Popular, y la guerra civil en curso. La obra resultante, titulada La velada en Benicarló: diálogo de la guerra de España, publicada el año 1939 una vez finalizada la contienda en las ciudades de París y Buenos Aires, expone la memoria selectiva y el pensamiento de su autor trazado desde la característica y nunca renunciada apreciación despectiva de casi todos cuantos le rodeaban en las tareas ejecutivas y legislativas, además de la inquina a los mandos militares y el encono hacia los rivales políticos; y, en general, del mundo en torno.

    Manuel Azaña, personaje controvertido como tantos en la historia, era reo de muchas más fobias que filias, y a lo largo de su vida pública padeció de un miedo constante a lo que pudiera escapar de su control, personas y cosas, dichos y hechos, apenas mitigado por su envanecimiento intelectual.

    Desprecio, rechazo y fatuidad son sustantivos congruentes con su acción de gobierno y con su actitud personal, aflorada a la mínima ocasión. Viéndose en la cumbre no se adivinó en el abismo, pero lo sintió y lo vivió; entonces, como suele pasar, ya era tarde para poner en práctica su demanda de paz, piedad y perdón; lo que no le impidió formularla sin acabar de sincerarse con su propia e indelegable responsabilidad ante los españoles en el discurso pronunciado el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona.

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Dos fragmentos de La velada en Benicarló escogidos a propósito de la situación de caos y derrota en la zona republicana gobernada por el Frente Popular

Habla un tal Pastrana, identidad ficticia de Indalecio Prieto:

Las ambiciones, divergencias, rivalidades, conflictos e indisciplina que tenían atascado al Frente Popular, lejos de suspenderse durante la guerra [a partir del 18 de julio de 1936], se han centuplicado. Todo el mundo ha creído que merced a la guerra obtendría por acción directa lo que no hubiera obtenido normalmente de los gobiernos.

    La granada se ha roto en mil pedazos, precisamente por donde estaban marcadas las fisuras. El caso de Cataluña es uno más en el panorama general. Así, la rebelión militar produjo, quedándose el Estado inerme, el alzamiento y el desorden de que ustedes hablan; efecto fácil de prever y que había sido previsto y advertido. Si la rebelión militar hubiese durado ocho días, los resultados de su vencimiento habrían sido exclusivamente políticos, la República se habría afianzado. Las obras sociales que inevitablemente habían de cumplirse las hubiera hecho el Estado.

    La rebelión, al tomar la forma crónica de guerra civil, ha dado tiempo y aliento para el embate proletario, en todas sus formas, en las que son justas y razonables y en las que son desatinadas y perniciosas. Un fenómeno análogo se dibuja ya localmente en el capo de la República y por iguales principios de mecánica social: a la Generalidad, insubordinada contra el Gobierno, se le insubordinan las sindicales, la tienen sumergida y obediente. Al borde se forma una reacción: hay barruntos de revuelta entre las fuerzas de orden público contra los sindicatos; esta vez, con la simpatía general de las gentes pacíficas.

 

Habla un tal Garcés, identidad ficticia del propio Manuel Azaña:

¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna.

    La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía. Una de las cosas más miserables de estos sucesos ha sido la disociación general, el asalto al Estado, y la disputa por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región, regiones contra el Estado. El cabilismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma, con tanta fuerza que, durante muchos meses, no los ha dejado tener miedo de los rebeldes y se han empleado en saciar ansias reprimidas. Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía más a mano, si representaba o prometía algún valor, económico o político o simplemente de ostentación y aparato. Las patrullas que abren un piso y se llevan los muebles no son de distinta calaña que los secuestradores de empresas o incautadores de teatros y cines o usurpadores de funciones del Estado. Apetito rapaz, guarnecido a veces de la irritante petulancia de creerse en posesión de mejores luces, de mayor pericia, o de méritos hasta ahora desconocidos. Cada cual ha querido llevarse la mayor parte del queso, de un queso que tiene entre sus dientes el zorro enemigo.

    Cuando empezó la guerra, cada ciudad, cada provincia, quiso hacer su guerra particular. Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la gran Cataluña. Vasconia quería conquistar Navarra, Oviedo, León; Málaga y Almería quisieron conquistar Granada; Valencia, Teruel; Cartagena, Córdoba. Y así otros. Los Diputados iban al Ministerio de la Guerra a pedir un avión para su distrito, "que estaba muy abandonado", como antes pedían una estafeta o una escuela. ¡Y, a veces, se lo daban! En el fondo, provincialismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en ciertos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición. La Generalidad [de Cataluña] se ha alzado con todo El improvisado Gobierno vaso hace política internacional. En Valencia, comistrajos y enjuagues de todos conocidos, partearon un gobiernito. En Aragón surge otro, y en Santander, con Ministro de Asuntos Exteriores y todo...

    ¡Pues si es en el Ejército! Nadie quería rehacerlo, excepto unas cuantas personas, que no fueron oídas. Cada partido, cada provincia, cada sindical, ha querido tener su ejército. En las columnas de combatientes, los batallones de un grupo no congeniaban con los de otro, se hacían daño, se arrebataban los víveres, las municiones... Tenían tan poco conocimiento que cuando se habló de organizar un ejército lo rechazaron, porque sería "el ejército de la contrarrevolución". ¡Ya se repartían la piel del oso! Cruel destino: los mismos piden ahora a gritos un ejército. Cada cual ha pensado en su salvación propia sin considerar la obra común.

    Preferencias políticas y de afecto estuvieron mermando los recursos de Madrid para volcarlos sobre Oviedo, cuando el engreimiento de los aficionados les hacía decir, y tal vez creer, que Oviedo caía en cuarenta y ocho horas. En [la provincia de] Valencia [sede gubernamental de la República durante periodos de la guerra], todos los pueblos armados montaban grandes guardias, entorpecían el tránsito, consumían paellas, pero los hombres con fusil no iban al frente cuando estaba a quinientos kilómetros. Se reservaban para defender su tierra. Los catalanes, en Aragón, han hecho estragos. Peticiones de Aragón han llegado al Gobierno para que se lleve de allí las columnas catalanas. He oído decir, a uno de los improvisados representantes aragoneses, que no estaba dispuesto a consentir que Aragón fuese "presa de guerra". Una imposición de la Escuadra determinó el abandono de la loca empresa sobre Mallorca [para entonces ya abortada por los lugareños civiles y militares], abandono que no había podido conseguirse con órdenes ni razones.

    En los talleres, incluso en los de guerra, predomina el espíritu sindical. Prieto [Indalecio Prieto, líder socialista del PSOE, uno de los artífices de la implantación del Frente Popular promovido por la Unión Soviética, ministro de Marina y Defensa en los sucesivos gobiernos frentepopulistas hasta desaparecer del escenario español con un importante botín] ha hecho público que, mientras en Madrid no había aviones de caza, los obreros del taller de reparación de los Alcázares [aeródromo de Los Alcázares en la provincia de Murcia] se negaban a prolongar la jornada y a trabajar los domingos. En Cartagena, después de los bombardeos, los obreros abandonan el trabajo y la ciudad en hora temprana para esquivar el peligro. Después del cañoneo sobre Elizalde [fábrica de motores de aviación en Barcelona], en Barcelona, no quieren trabajar de noche. Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno cuando se fue de Madrid [los anarquistas detuvieron en Tarancón, provincia de Cuenca, a la comitiva ministerial que huía de Madrid, y les conminaron a volver aunque sin éxito]. Les molestaba su presencia [la del Gobierno huido de Madrid en Valencia capital] porque temían que atrajese los bombardeos. Hasta entonces no habían sentido la guerra [noviembre de 1936]. Reciben mal a los refugiados porque consumen víveres. No piensan que están en pie gracias a Madrid. En fin, un lazo de unión a todos, resultado de la lucha por la causa común, no ha podido establecerse.

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Discurre amargamente y se queja el todavía Presidente de la República, figura institucional sin poder ejecutivo tangible y apenas valor político más allá del símbolo conservado para la captación de la voluntad popular, que omite, con su habitual desprecio hacia la realidad adversa a su criterio, que su periplo viajero de estilo busca de refugio lejos del peligro que entrañaba Madrid fue largo y notorio; y cuando por fin salió de España, el cinco de febrero de 1939, algo que deseaba por muchos distintos motivos, se negó a regresar, renunciando de facto a ejercer como presidente de la República; labor que venía desempeñando desde tiempo atrás, también de facto, el socialista entregado a los comunistas Juan Negrín López.

 

Indalecio Prieto profetizó a Manuel Azaña cuando el Ejército Nacional culminaba la toma de la provincia de Vizcaya, con su capital Bilbao, ciudad de adopción del ovetense prócer socialista, en la primavera de 1937 lo siguiente: "No hay más que aguantar hasta que esto se haga cachos, o hasta que nos demos de trastazos unos con otros [los integrantes del Frente Popular, a esas alturas dominado por los agentes soviéticos con la misión de subordinar la política, la sociedad y el ejército al mandato de Stalin a través del PCE como partido hegemónico, primero, y al cabo único], que es como yo siempre he creído que concluiría esto".

    Sabiendo el desenlace, según predice, al que contribuyó, cual demuestra en su caso y en el de Azaña las respectivas trayectorias, se entiende las prisas por acopiar bienes ajenos en gran cantidad para sostener un exilio lo más confortable y resguardado posible. Cabe citar, al hilo de lo mencionado para Azaña, que en tierra extranjera Prieto confesó su activa participación en la revolución de octubre de 1934, como organizador y factótum, y por los acontecimientos políticos y bélicos posteriores ofreció públicamente por escrito su disculpa y asunción de responsabilidades (en sus obras biográficas Convulsiones de España y Palabras al viento, editadas en México por la editorial Oasis entre 1967 y 1969).