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Francisco Hernández

 

Al médico toledano Francisco Hernández le cabe el honor de dirigir la primera gran investigación científica sobre la naturaleza en el continente americano; y a España la honra de protagonizar con sus propios medios humanos y materiales tal hazaña en el año 1570.

    Los siglos XV y XVI proyectan un gran impulso a las ciencias, siendo las principales la náutica y la cartografía, por razones obvias, junto a las ramas de la física que competen a la construcción y a la estrategia militar. Las en el presente denominadas ciencias naturales avanzaban despacio a causa de la falta de clasificaciones exhaustivas y veraces, aspecto básico al que se dedicó plenamente Francisco Hernández, organizando géneros, especies y familias de la ubérrima naturaleza americana, sistematizado su minucioso trabajo de campo como el primer estudio científico moderno.

 

Francisco Hernández, que llegó a ser médico de cámara de Felipe II, había nacido en la localidad toledana de Puebla de Montalbán en 1514. Bachiller en artes y filosofía a la temprana edad de quince años, estudió a cabo Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares.

    Hombre consagrado al estudio, ejerce su actividad médica en Toledo y Sevilla, ciudad ésta donde conoce la obra de su colega Nicolás Monardes, pionero en dar cuenta pública de las propiedades y beneficios sanadores de los productos naturales que venían del Nuevo Mundo; los españoles están descubriendo los secretos de la medicina natural amerindia, sus plantas y fórmulas.

    En 1960 se traslada al Monasterio de Guadalupe para, con ayuda de los frailes Jerónimos, practicar la cirugía y, en otro orden de cosas, organizar el notable jardín botánico. La escuela médica de Guadalupe era la antesala en la formación de los grandes médicos del reino, lo que se llamaba el Protomedicato, indica el historiador José Javier Esparza. Es en Guadalupe donde alcanza el grado de magíster, y pronto, en 1567, es nombrado médico de cámara del rey Felipe II.

 

Es la iniciativa del rey quien propone al doctor Hernández, que viaje a Nueva España para estudiar in situ su naturaleza: flora, fauna, recursos minerales, cursos de agua, orografía y asentamientos. El territorio comprendido por el virreinato era inmenso, extremadas sus fronteras en México y en las islas Filipinas. Justo antes de la partida, el año 1570, Felipe II nombra a Francisco Hernández Protomédico de todas las Indias con la encomienda de recopilar en un plazo de cinco años toda la vida natural de las Indias Occidentales; a su disposición pone como asistente su propio hijo Juan, un técnico, un cosmógrafo y un amplio equipo con médicos, boticarios, herborizadores, dibujantes y amanuenses.

 

La expedición científica

Inmerso en su tarea, recoge muestras y material botánico que estudia y clasifica, siempre destacando las plantas medicinales, objeto de prioridad.

    Los cinco años se convertirán en ocho de ejemplo perfecto y pionero de ciencia experimental. Su método consiste en un sistema de fichas normalizadas sobre cada elemento animal, vegetal y mineral aportado por los colaboradores y científicos a su cargo, sometido a estudio que forma un cuestionario descriptivo de textos ilustrados con dibujos. Cuando la enfermedad le impidió seguir viajando, intensificó su tarea de clasificar las especies que le llegaban; y también a probar sobre sí mismo, aun con riesgo de su vida, aquellas supuestamente medicinales para explicar sus efectos en pro y en contra de la salud.

    El resultado de tan ingente labor práctica fueron 22 volúmenes escritos en latín, que se convirtieron en la enciclopedia natural más importante del mundo. En ellos detalla tres mil especies vegetales, introduce plantas exóticas como el cacao, el maíz, el tomate, la papaya, el peyote, el chili, y también plantas originarias de Filipinas y de zonas del océano Índico, como la canela o el clavo; registra más de cuatrocientos animales de la fauna mejicana y treinta y cinco minerales utilizados en medicina. Por la amplitud de sus informaciones y por lo avanzado de su método, Francisco Hernández se convertirá en la principal referencia de los naturalistas europeos hasta bien entrado el siglo XVIII.

 

En 1615 apareció en México la primera edición de Quatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas.

    Regresó a España con la salud quebrantada, pero indemne su propósito de aprendizaje y análisis que se prolongó hasta su fallecimiento en 1587.

    Otros estudiosos españoles de la época, reseñados por el citado José Javier Esparza, encumbraron a la ciencia española en los siglos XVI y XVII y aportaron a la ciencia universal valiosas documentaciones a partir de sus experiencias en diversos campos: Cristóbal de Acosta, médico burgalés, viajó por África y Asia y publicó en 1578 su Tratado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales, y un volumen sobre Remedios específicos de la India Oriental y de la América. El jesuita José de Acosta, natural de medina del Campo, recorrió México y Perú entre 1571 y 1587 estudiando gentes y plantas, animales y tierras, y lo contó en Historia natural y moral de las Indias. Benito Arias Montano acumuló las mejores investigaciones de su tiempo en una Historia natural que circuló intensamente por Europa. El jienense Bernabé Cobo, jesuita, recorrió durante más de treinta años México, las Antillas y Perú, y en 1653 publicó su Historia del Nuevo Mundo.

 

 

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