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Los tres ataques al fuerte de San Felipe

 

La base naval de Ferrol sufrió una incursión, con propósito de ataque y desembarco, por parte de la flota británica en 1800; dentro del marco de pugna bélica de los británicos contra posiciones francesas desde la firma del Tratado de San Ildefonso entre los gobiernos de Madrid y París, con el que Napoleón pretendía que España declarase la guerra a Portugal, aliado del Reino Unido.

 

Una poderosa escuadra concentrada en la bahía de Quiberon, en la amenazada costa francesa de la Bretaña, embarcando aproximadamente trece mil soldados, apareció frente a las costas gallegas de Cabo Prior, en la entrada de la Ría de Ferrol, el 25 de agosto de 1800. Los objetivos de esta armada eran los ataques sucesivos a los puertos de Vigo y Ferrol para destruir los buques allí surtos, además de los arsenales y las fortificaciones; y después de realizada la operación poner rumbo a la base de Gibraltar y disponer los barcos en tareas de vigilancia y bloqueo en el Mediterráneo y la zona del Estrecho.

    La ría ferrolana es un canal angosto, con anchura mínima de 260 metros, de dos millas de longitud, protegido por tres fuertes: San Martín y La Palma, en la orilla meridional, y San Felipe en la septentrional; en unión de numerosas baterías secundarias, siendo las principales: Viñas, Cariño, San Cristóbal y San Carlos. El efecto y la eficacia de la artillería otorgaban la condición de inexpugnable al paso marítimo. No obstante, sólo el fuerte de San Felipe estaba medianamente dotado para cumplir su función. El perímetro del arsenal estaba asimismo fortificado, igual que la villa de Ferrol, amurallada y con baluartes defensivos. Pero por el Valle de Doniños, donde en la playa y laguna homónima era accesible el desembarco, situado al norte del arsenal, y aún por encima en cuanto a latitud de este lugar, la Bahía de los Ríos ofrecía otro buen punto de desembarco para un contingente expedicionario que, a continuación, tomara las cumbres de Balón y Brión para descender sin obstáculo hacia la plaza y puerto de Ferrol.

 

El 7 de octubre de 1796, por el Tratado de San Ildefonso, se había declarado la guerra a la Gran Bretaña, ratificado en 1800. Pero no hubo la requerida diligencia para fortificar o artillar debidamente una base naval de la importancia de Ferrol.

    En la playa de Doniños sólo quedaba emplazada una batería de ocho cañones de veinticuatro libras y una mínima guarnición. Por lo que el lugar elegido por los británicos para el desembarco era propicio.

     Por parte española, y ante lo que se avecinaba, a las defensas terrestres fijas ya citadas se sumaba la fuerza naval consistente en los navíos Real Carlos y San Hermenegildo, ambos de tres puentes y ciento doce cañones, Argonauta, de ochenta cañones, y Monarca y San Agustín de setenta y cuatro piezas cada uno; más cuatro fragatas de treinta y cuatro cañones, un bergantín y una balandra. La escuadra se hallaba fondeada en la ensenada de La Graña, fácilmente batida por el enemigo desde los montes dominantes alrededor.

    En cuanto a las fuerzas a pie y en tierra, la zona ferrolana se cubría con siete batallones de la formación denominada campo volante de Ares.

 

Los atacantes británicos y su desembarco en Doniños

El contraalmirante Warren mandaba la escuadra británica compuesta por cinco navíos, cinco fragatas y otras ochenta y siete velas entre balandras, cañoneras de escolta y transportes. Al mando de las fuerzas terrestres que desembarcarían estaba el teniente general Sir James Pultney, constando de dieciséis batallones de infantería de línea y tres compañías de fusileros, ambas unidades de probada calidad en el combate; lo que daba un total aproximado de ocho mil hombres.

 

La mañana del día 25 de agosto de 1800 el vigía de Monteventoso avistaba la escuadra con rumbo Sur, a lo que no se concedió especial importancia por ser habituales en esa época los desplazamientos de las naves con pabellón británico en esa deriva. Pero al mediodía la escuadra viró en dirección a la playa de Doniños, lo que sí alarmó por ser claras las intenciones.

    La noticia llegó puntualmente al capitán general interino Don Francisco Melgarejo, conde de Donadio, quien para asegurarse del hecho y valorar la entidad de la amenaza envió al comandante general de la escuadra española, el cual lo verificó. Entonces, Melgarejo destacó al capitán de navío Ramón Topete y Fuentes con quinientos efectivos para que sumasen a la escasa tropa terrestre.

    Para concluir las medidas urgentes, ordenó sacar la flota de La Graña y trasladarla a un fondeadero de mayor seguridad para los barcos y a la par una segunda línea defensiva en apoyo de la fuerza terrestre, las fortificaciones y la artillería de costa; medidas acertadas en su conjunto.

 

Francisco Javier de Melgarejo y de Rojas.

Francisco Javier de Melgarejo y de Rojas

Imagen de http://blogtodoavante.es - Museo Naval

 

Aproximadamente a las cuatro de la tarde fondeaba la escuadra británica cerca de las islas Gabeiras. Desde allí anularon el emplazamiento defensivo de Doniños y pusieron en fuga a la guarnición de la batería, procediendo de inmediato al desembarco. Caía la tarde cuando, dominada la playa, tomaron contacto los invasores con las unidades españolas en vanguardia en las alturas lindantes; eran los hombres de Topete, también desembarcados, y que fueron desalojados una hora después de iniciado el combate.

    El siguiente objetivo fue ocupar la población de La Graña para asegurar la cabeza de puente y una vía de acceso directa y rápida para hombres, pertrechos y municiones.

 

El despliegue español

El conde de Donadio estableció su puesto de mando en Balón, que representaba el centro geográfico del frente defensivo que había ideado para encajonar al enemigo en el valle.

    Amanecido el 26 atacaron los españoles las estribaciones septentrionales de Monteventoso y la amplitud del valle de Doniños en poder de la fuerza británica desembarcada en dos líneas de mil doscientos hombres y una reserva de seiscientos. Tras varias horas de batalla estacionada, la ventaja posicional británica obligó a los españoles a un repliegue sobre La Graña.

    Los británicos de Pultney dividieron en tres el contingente de ataque, quedando un tercio en las alturas conquistadas, otro en La Graña, que saquearon, y la tercera presta al asalto del fuerte de San Felipe por la gola (el frente de tierra, descendiendo la ladera).

    Pultney no disponía de ejército suficiente para asaltar la plaza ferrolana, bien amurallada, con tropas prevenidas y suministro de refuerzos, pero tampoco quería volver a la playa de Doniños y reembarcar una vez llegado tan lejos. Luego la alternativa era la de posesionarse de San Felipe e inhabilitar su capacidad artillera desde el interior.

 

Ataque al fuerte de San Felipe

A las diez de la mañana, cuatro mil efectivos con dos cañones ocuparon las alturas que dominaban el codiciado fuerte. Se cumplía la fase inicial del ataque.

    Dentro del fuerte resistía la guarnición de ochocientos efectivos y cuatro piezas de artillería de cuatro libras cada una enfiladas al frente de tierra, que era el elegido para el asalto por ser el más propicio.

    Los británicos descendieron la colina a la carga, momento que en sus filas penetraron las descargas de la fusilería del fuerte, el fuego bien dirigido de los cañones del fuerte de La Palma, al otro lado de la ría, y el no menos apreciable de las cañoneras sitas en ella; con lo que se consiguió rechazar el asalto a cierta distancia del revellín (obra exterior defensiva de la fortaleza).

    La segunda tentativa británica también fracasó, aunque llegó cerca de las murallas. Las bajas vistas eran numerosas.

    Y la tercera tentativa concluyó igual que las precedentes, pero con peor balance para los británicos que no pueden compensar con el fuego de sus soldados y el de dieciséis cañones de acompañamiento al surgido desde los puntos defensivos españoles a los que se ha sumado el de cuatro cañoneras llegadas desde Ares. Por tercera vez se produce la derrota de los británicos, que se retiran a las alturas de Brión.

 

La retirada

Pasadas veinticuatro horas de la presencia ofensiva de la flota y posterior desembarco, el contingente británico leva anclas, no sin antes saquear y quemar cuanto le fue posible, y abandonando material de guerra en las playas de Doniños y San Jorge.

    El balance de la frustrada invasión contabiliza alrededor de mil bajas entre muertos y heridos.

    El capitán general Melgarejo, conde de Donadio, prefirió no perseguir ni hostigar a los huidos británicos, que dirigieron su flota hacia Vigo pero no desembarcaron ni atacaron, conscientes de la alerta y predisposición de los defensores. Así que pusieron la proa a Gibraltar donde arribaron el 19 de septiembre con el urticante fracaso a bordo. 

 

 

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