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28 de octubre de 1538 en la República Dominicana

 

La integración cultural entre el Viejo Mundo, que representa España, y el Nuevo, que es el continente americano descubierto por el impulso español de abrir rutas a la evangelización y al comercio, es la última fase del proceso comunicador de ambas realidades aposentadas en cada una de las orillas del océano Atlántico, y luego, exploración y conquista adelante, el inmenso Pacífico.

 

La escuela primaria

Ya con los pioneros españoles que fueron estableciéndose en las Indias occidentales se fundamentó la transmisión de la cultura propia, posteriormente ampliada con la apertura sistematizada de colegios donde impartirla a los naturales, principalmente, y a los descendientes de los colonizadores a medida que su número crecía y lo demandaba; pese a que la mayoría de los niños españoles o de progenitor o progenitores españoles contaban a domicilio con preceptores.

    Destaca el historiador Borja Cardelús, experto conocedor de la huella hispana en América en todos los ámbitos, -en cuya obra Luces de la Cultura Hispana (Ed. Polifemo) se basa este artículo- que la educación de los nativos, tanto para niños como para adultos, con especial incidencia en la clase dirigente de éstos para que en el futuro la trasladaran a sus respectivas comunidades, resultó de un empeño de los religiosos desembarcados. La educación del pueblo llano tuvo lugar en el ámbito geográfico y social de los conventos, la genérica igual que antaño, y en primera instancia, la destinada a la difusión de la fe.

    La gestión de la escuela corría a cargo del párroco en las poblaciones indígenas creadas a propósito, siendo también seglares los maestros que cumplían los preceptos de saber leer y escribir, conocer las cuatro reglas aritméticas y ser cristiano viejo. Las clases enseñaban a sus alumnos lectura, escritura y doctrina religiosa; y en no pocas escuelas la educación alcanzaba a la música, las artes y los oficios.

    Destaca Borja Cardelús que: "Junto al sistema general hubo experimentos de gran interés, como el colegio de Santiago Tlatelolco, quizá el mejor intento de formación de la élite mexicana. Sus alumnos eran hijos de caciques y nobles indígenas, de los que los cien mayores, entre diez y doce años, estudiarían gramática y latín, y los cuatrocientos menores, doctrina, lecturas, escritura y música. Los franciscanos, rectores del colegio, conocieron un gran éxito inicial, pues el centro hizo de eficaz eslabón en la integración cultural de los niños indios".

    Tras una década de responsabilidad docente directa, los frailes la cedieron a los indígenas formados; aunque la prueba fracasó y una vez retomada la dirección académica el objetivo se amplió a la constitución de un clero autóctono. Tampoco acompañó el éxito a esta iniciativa debido a la disparidad de caracteres y comportamientos entre los naturales y los colonizadores. Pero la semilla estaba puesta e iba germinando.

 

La universidad

El colegio había sido orientado para la educación del indígena; en cambio, la universidad lo fue para el criollo, sin excluir a los indios nobles y los mestizos con capacidad para los estudios superiores, aun siendo minoritarios en las aulas.

    "La Universidad es el mayor bien y merced que a esta tierra se pudo hacer", dijo el virrey de Nueva España Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, protector de la Universidad de México.

    La decisiva aportación española a la cultura americana propició el germen intelectual de la futura independencia de los territorios americanos.

 

La primera universidad de América fue la de Santo Domingo, inaugurada el 28 de octubre de 1538, en la República Dominicana llamada isla de La Española, bautizada de Santo Tomás de Aquino, siguiendo el modelo de la fundada por el cardenal Cisneros en Alcalá de Henares (Universidad cisneriana).

    En 1551 le siguió la Universidad de San Marcos en Lima, virreinato de Perú, y dos años después, en 1553, se crearía la de México (con un discurso a cargo del humanista Cervantes de Salazar y presencia del virrey Velasco), ambas inspiradas en la de Salamanca. Aun en el siglo XVI se fundarían las universidades de Bogotá, actual capital de Colombia, y Quito, hoy la capital de Ecuador. En todas ellas se aprendía latín, gramática y retórica en las facultades de Teología, Derecho Canónico y Civil y, Medicina, Filosofía y Artes. En las universidades exclusivamente religiosas los estudios eran de Teología y Derecho Canónico.

 

La Universidad de Salamanca sirvió de modelo estatutario y de planes de estudio a las posteriormente prestigiosas de México y Lima; en éstas se concedían los grados de Bachiller, Licenciado y Doctor, otorgados por el canciller o maestresala, en una ceremonia solemne de raigambre medieval. Cabe señalar que la puntualidad, tan exigible a los alumnos como a los docentes, fue otra de las disciplinas enseñadas y aplicadas en la universidad; y que el profesor debía cumplir el protocolo académica de iniciar la clase con una exposición, a la que seguía la explicación de la materia propiamente dicha, y por último unos minutos de resumen y control de asistencia del alumnado finalizada la clase, el profesor quedaba a disposición de los alumnos que lo solicitaran en el lugar. Otro aspecto reseñable era la periódica confrontación de ideas y opiniones y conocimientos a modo de disputa dialéctica, determinante en los exámenes.

    "Los claustros eran los órganos colegiados del gobierno de la Universidad; el de catedráticos elegía a los diputados de la Universidad, comisionados para la administración de los fondos". Componían el claustro universitario el rector, los catedráticos, los funcionarios administrativos y los graduados; era el órgano más importante en el gobierno de la institución, mientras que el claustro pleno, compuesto por el de gobierno y el de consiliarios (consejeros, representantes), se reservaba para los asuntos de mayor trascendencia en la organización universitaria.

   En 1588 quedó plenamente equiparada la Universidad San Marcos de Lima con el funcionamiento orgánico de la de Salamanca.

    En 1595, la Universidad de México fue elevada al rango de Universidad Pontificia por el papa Clemente VII, categoría que sólo ostentaban las europeas de Salamanca, Oxford, París y Bolonia.

   Jesuitas y dominicos consiguieron ver reconocidos sus centros de estudio como universidades al poder otorgar grados a los alumnos; eran las instituciones docentes que regían ambas comunidades religiosas los antecedentes de los colegios mayores y las universidades privadas, donde acudían los criollos. En el siglo XVIII existían treinta y cinco de estos centros con prerrogativas universitarias, que influyeron decisivamente en el encumbramiento y la estrategia independentista de la clase criolla.

 

Los convictorios y los seminarios

Los convictorios eran colegios dependientes de la Universidad, donde se preparaba el acceso a ella de los alumnos con dos ciclos llamados minoristas: latín y filosofía, y mayoristas: jurisprudencia y teología,

    Los seminarios se regían por los dictados del Concilio de Trento, y a imagen y semejanza que en España, en ellos se formó el clero autóctono.  

 

 

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